Abel Sánchez - Una Historia de Pasión Miguel de Unamuno

 Título:    Abel Sánchez - Una Historia de Pasión

Autor:    Miguel de Unamuno  

Categoria:    Literatura

Idioma:    Espanhol


Abel Sánchez - Una Historia de Pasión Miguel de Unamuno


Miguel de Unamuno
ABEL SÁNCHEZ
UNA HISTORIA DE PASIÓN
Al morir Joaquín Monegro encontróse entre sus papeles
una especie de Memoria de la sombría pasión que le
hubo devorado en vida. Entremézclanse en este relato
fragmentos tomados de esa confesión ––así la rotuló––,
y que vienen a ser al modo de comentario que se
hacía Joaquín a sí mismo de su propia dolencia.
Esos fragmentos van entrecomillados. La Confesión
iba dirigida a su hija:
PRÓLOGO A ESTA SEGUNDA EDICIÓN
Al corregir las pruebas de esta segunda edición de mi Abel Sánchez: Una historia de pasión -acaso
estaría mejor: historia de una pasión- y corregirlas aquí, en el destierro fronterizo, a la vista pero fuera de
mi dolorosa España, he sentido revivir en mí todas las congojas patrióticas de que quise librarme al escribir
esta historia congojosa. Historia que no había querido volver a leer.
La primera edición de esta novela no tuvo en un principio, dentro de España, buen suceso. Perjudicóle,
sin duda, una lóbrega y tétrica portada alegórica que me empeñé en dibujar y colorear yo mismo; pero
perjudicóle acaso más la tétrica lobreguez del relato mismo. El público no gusta que se llegue con el
escalpelo a hediondas simas del alma humana y que se haga saltar pus.
Sin embargo, esta novela, traducida al italiano, al alemán y al holandés, obtuvo muy buen suceso en los
países en que se piensa y siente en estas lenguas. Y empezó a tenerlo en los de nuestra lengua española.
Sobre todo después que el joven crítico José A. Balseiro en el tomo II de El vigía le dedicó un agudo
ensayo. De tal modo que se ha hecho precisa esta segunda edición.
Un joven norteamericano que prepara una tesis de doctorado sobre mi obra literaria me escribía hace
poco preguntándome si saqué esta historia del Caín de lord Byron, y tuve que contestarle que yo no he
sacado mis ficciones novelescas -o nivolescas- de libros, sino de la vida social que siento y sufro -y gozoen tomo mío y de mi propia vida. Todos los personajes que crea un autor, si los crea con vida; todas las
criaturas de un poeta, aun las más contradictorias entre sí -y contradictorias en sí misma~, son hijas
naturales y legítimas de su autor -¡feliz si autor de sus siglos!-, son partes de él.
Al final de su vida atormentada, cuando se iba a morir, decía mi pobre Joaquín Monegro: «¿Por qué nací
en tierra de odios? En tierra en que el precepto parece ser: “Odia a tu prójimo como a ti mismo.” Porque he
vivido odiándome; porque aquí todos vivimos odiándonos. Pero... traed al niño.» y al volver a oírle a mi
Joaquín esas palabras, por segunda vez y al cabo de los años -¡Y qué años!- que separan estas dos
ediciones, he sentido todo el horror de la calentura de la lepra nacional española, y me he dicho: «Pero...
traed al niño.» Porque aquí, en esta mi nativa tierra vasca -francesa o española es igual- a la que he vuelto
de largo asiento después de treinta y cuatro años que salí de ella, estoy reviviendo mi niñez. No hace tres
meses escribía aquí:
Si pudiera recogerme del camino
y hacerme uno de entre tantos como he sido;
si pudiera al cabo darte, Señor mío,
el que en mí pusiste cuando yo era niño...!
Pero ¡qué trágica mi experiencia de la vida española! Salvador de Madariaga, comparando ingleses,
franceses y españoles, dice que en el reparto de los vicios capitales de que todos padecemos, al inglés le
tocó más hipocresía que a los otros dos, al francés más avaricia y al español más envidia. Y esta terrible
envidia, phthonos de los griegos, pueblo democrático y más bien demagógico, como el español, ha sido el
fermento de la vida social española. Lo supo acaso mejor que nadie Quevedo; lo supo fray Luis de León.
Acaso la soberbia de Felipe II no fue más que envidia. «La envidia nació en Cataluña», me decía una vez
Cambó en la plaza Mayor de Salamanca. ¿Por qué no en España? Toda esa apestosa enemiga de los
neutros, de los hombres de sus casas, contra los políticos, ¿qué es sino envidia? ¿De dónde nació la vieja
Inquisición, hoy rediviva?
Y al fin la envidia que yo traté de mostrar en el alma de mi Joaquín Monegro es una envidia trágica, una
envidia que se defiende, una envidia que podría llamarse angélica; pero, ¿y esa otra envidia hipócrita,
solapada, abyecta, que está devorando a lo más indefenso del alma de nuestro pueblo?, ¿esa envidia
colectiva?, ¿la envidia del auditorio que va al teatro a aplaudir las burlas a lo que es más exquisito o más
profundo?
En estos años que separan las dos ediciones de esta mi historia de una pasión trágica -la más trágica
acaso-, he sentido enconarse la lepra nacional y en estos cerca de cinco años que he tenido que vivir fuera
de mi España he sentido cómo la vieja envidia tradicional -y tradicionalista- española, la castiza, la que 
agrió las gracias de Quevedo y las de Larra, ha llegado a constituir una especie de partidillo político,
aunque, como todo lo vergonzante e hipócrita, desmedrado; he visto a la envidia constituir juntas
defensivas, la he visto revolverse contra toda natural superioridad. y ahora, al releer, por primera vez, mi
Abel Sánchez para corregir las pruebas de esta su segunda -y espero que no última - edición, he sentido la
grandeza de la pasión de mi Joaquín Monegro y cuán superior es, moralmente, a todos los Abeles. No es
Caín lo malo; lo malo son los cainitas. y los abelitas.
Mas como no quiero hurgar en viejas tristezas, en tristezas de viejo régimen -no más tristes que las del
llamado nuevo- termino este prólogo escrito en el destierro, pero a la vista de mi España, diciendo con mi
pobre Joaquín Monegro: «¡Pero... traed al niño!»
MIGUEL DE UNAMUNO.
En Hendaya. el 14 de julio de 1928. 

Otros
  1. Eneida Publius Virgilius Maro
  2. Oliver Twist Charles Dickens
  3. Bodas de Sangre Federico Garcia Lorca
Una Historia de Pasión	Miguel de Unamuno



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