Coloquio de los Perros Miguel de Cervantes | Libros buenos para leer

 Título:    Coloquio de los Perros

Autor:    Miguel de Cervantes   

Categoria:    Literatura

Idioma:    Español

Coloquio de los Perros Miguel de Cervantes




Miguel de Cervantes Saavedra
NOVELA
COLOQUIO DE LOS PERROS

Fragmento

NOVELA Y COLOQUIO QUE PASÓ ENTRE CIPIÓN Y BERGANZA,
PERROS DEL HOSPITAL DE LA RESURECCIÓN,
QUE EST&AACUTE EN LA CIUDAD DE VALLADOLID,
FUERA DE LA PUERTA DEL CAMPO,
A QUIEN COMÚNMENTE LLAMAN
"LOS PERROS DE MAHUDE"

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CIPIÓN.-Berganza amigo, dejemos esta noche el Hospital en guarda de la confianza y
retirémonos a esta soledad y entre estas esteras, donde podremos gozar sin ser sentidos desta
no vista merced que el cielo en un mismo punto a los dos nos ha hecho.
BERGANZA.-Cipión hermano, óyote hablar y sé que te hablo, y no puedo creerlo, por
parecerme que el hablar nosotros pasa de los términos de naturaleza.
CIPIÓN.-Así es la verdad, Berganza; y viene a ser mayor este milagro en que no solamente
hablamos, sino en que hablamos con discurso, como si fuéramos capaces de razón, estando
tan sin ella que la diferencia que hay del animal bruto al hombre es ser el hombre animal
racional, y el bruto, irracional.
BERGANZA.-Todo lo que dices, Cipión, entiendo, y el decirlo tú y entenderlo yo me causa
nueva admiración y nueva maravilla. Bien es verdad que, en el discurso de mi vida, diversas y
muchas veces he oído decir grandes prerrogativas nuestras: tanto, que parece que algunos
han querido sentir que tenemos un natural distinto, tan vivo y tan agudo en muchas cosas,
que da indicios y señales de faltar poco para mostrar que tenemos un no sé qué de
entendimiento capaz de discurso.
CIPIÓN.-Lo que yo he oído alabar y encarecer es nuestra mucha memoria, el
agradecimiento y gran fidelidad nuestra; tanto, que nos suelen pintar por símbolo de la
amistad; y así, habrás visto (si has mirado en ello) que en las sepulturas de alabastro, donde
suelen estar las figuras de los que allí están enterrados, cuando son marido y mujer, ponen
entre los dos, a los pies, una figura de perro, en señal que se guardaron en la vidad amistad y
fidelidad inviolable.
BERGANZA.-Bien sé que ha habido perros tan agradecidos que se han arrojado con los
cuerpos difuntos de sus amos en la misma sepultura. Otros han estado sobre las sepulturas 
donde estaban enterrados sus señores sin apartarse dellas, sin comer, hasta que se les acababa
la vida. Sé también que, después del elefante, el perro tiene el primer lugar de parecer que
tiene entendimiento; luego, el caballo, y el último, la jimia.
CIPIÓN.-Ansí es, pero bien confesarás que ni has visto ni oído decir jamás que haya
hablado ningún elefante, perro, caballo o mona; por donde me doy a entender que este
nuestro hablar tan de improviso cae debajo del número de aquellas cosas que llaman
portentos, las cuales, cuando se muestran y parecen, tiene averiguado la experiencia que
alguna calamidad grande amenaza a las gentes.
BERGANZA.-Desa manera, no haré yo mucho en tener por señal portentosa lo que oí decir
los días pasados a un estudiante, pasando por Alcalá de Henares.
CIPIÓN.-¿Qué le oíste decir?
BERGANZA.-Que de cinco mil estudiantes que cursaban aquel año en la Universidad, los
dos mil oían Medicina.
CIPIÓN.-Pues, ¿qué vienes a inferir deso?
BERGANZA.-Infiero, o que estos dos mil médicos han de tener enfermos que curar (que
sería harta plaga y mala ventura), o ellos se han de morir de hambre.
[CIPIÓN].-Pero, sea lo que fuere, nosotros hablamos, sea portento o no; que lo que el cielo
tiene ordenado que suceda, no hay diligencia ni sabiduría humana que lo pueda prevenir; y
así, no hay para qué ponernos a disputar nosotros cómo o por qué hablamos; mejor será que
este buen día, o buena noche, la metamos en nuestra casa; y, pues la tenemos tan buena en
estas esteras y no sabemos cuánto durará esta nuestra ventura, sepamos aprovecharnos della
y hablemos toda esta noche, sin dar lugar al sueño que nos impida este gusto, de mí por
largos tiempos deseado.
BERGANZA.-Y aun de mí, que desde que tuve fuerzas para roer un hueso tuve deseo de
hablar, para decir cosas que depositaba en la memoria; y allí, de antiguas y muchas, o se
enmohecían o se me olvidaban. Empero, ahora, que tan sin pensarlo me veo enriquecido
deste divino don de la habla, pienso gozarle y aprovecharme dél lo más que pudiere,
dándome priesa a decir todo aquello que se me acordare, aunque sea atropellada y
confusamente, porque no sé cuándo me volverán a pedir este bien, que por prestado tengo.
CIPIÓN.-Sea ésta la manera, Berganza amigo: que esta noche me cuentes tu vida y los
trances por donde has venido al punto en que ahora te hallas, y si mañana en la noche
estuviéremos con habla, yo te contaré la mía; porque mejor será gastar el tiempo en contar
las propias que en procurar saber las ajenas vidas.
BERGANZA.-Siempre, Cipión, te he tenido por discreto y por amigo; y ahora más que
nunca, pues como amigo quieres decirme tus sucesos y saber los míos, y como discreto has
repartido el tiempo donde podamos manifestallos. Pero advierte primero si nos oye alguno.
CIPIÓN.-Ninguno, a lo que creo, puesto que aquí cerca está un soldado tomando sudores;
pero en esta sazón más estará para dormir que para ponerse a escuchar a nadie.
BERGANZA.-Pues si puedo hablar con ese seguro, escucha; y si te cansare lo que te fuere
diciendo, o me reprehende o manda que calle.
CIPIÓN.-Habla hasta que amanezca, o hasta que seamos sentidos; que yo te escucharé de
muy buena gana, sin impedirte sino cuando viere ser necesario.
BERGANZA.-«Paréceme que la primera vez que vi el sol fue en Sevilla y en su Matadero,
que está fuera de la Puerta de la Carne; por donde imaginara (si no fuera por lo que después
te diré) que mis padres debieron de ser alanos de aquellos que crían los ministros de aquella
confusión, a quien llaman jiferos. El primero que conocí por amo fue uno llamado Nicolás el
Romo, mozo robusto, doblado y colérico, como lo son todos aquellos que ejercitan la jifería.
Este tal Nicolás me enseñaba a mí y a otros cachorros a que, en compañía de alanos viejos,
arremetiésemos a los toros y les hiciésemos presa de las orejas. Con mucha facilidad salí un
águila en esto.»
CIPIÓN.-No me maravillo, Berganza; que, como el hacer mal viene de natural cosecha,
fácilmente se aprende el hacerle.
BERGANZA.-¿Qué te diría, Cipión hermano, de lo que vi en aquel Matadero y de las cosas
exorbitantes que en él pasan? Primero, has de presuponer que todos cuantos en él trabajan,
desde el menor hasta el mayor, es gente ancha de conciencia, desalmada, sin temer al Rey ni
a su justicia; los más, amancebados; son aves de rapiña carniceras: mantiénense ellos y sus
amigas de lo que hurtan. Todas las mañanas que son días de carne, antes que amanezca,
están en el Matadero gran cantidad de mujercillas y muchachos, todos con talegas, que,
viniendo vacías, vuelven llenas de pedazos de carne, y las criadas con criadillas y lomos
medio enteros. No hay res alguna que se mate de quien no lleve esta gente diezmos y
primicias de lo más sabroso y bien parado. Y, como en Sevilla no hay obligado de la carne,
cada uno puede traer la que quisiere; y la que primero se mata, o es la mejor, o la de más baja
postura, y con este concierto hay siempre mucha abundancia. Los dueños se encomiendan a
esta buena gente que he dicho, no para que no les hurten (que esto es imposible), sino para
que se moderen en las tajadas y socaliñas que hacen en las reses muertas, que las escamondan
y podan como si fuesen sauces o parras. Pero ninguna cosa me admiraba más ni me parecía
peor que el ver que estos jiferos con la misma facilidad matan a un hombre que a una vaca;
por quítame allá esa paja, a dos por tres meten un cuchillo de cachas amarillas por la barriga
de una persona, como si acocotasen un toro. Por maravilla se pasa día sin pendencias y sin
heridas, y a veces sin muertes; todos se pican de valientes, y aun tienen sus puntas de
rufianes; no hay ninguno que no tenga su ángel de guarda en la plaza de San Francisco,
granjeado con lomos y lenguas de vaca. Finalmente, oí decir a un hombre discreto que tres
cosas tenía el Rey por ganar en Sevilla: la calle de la Caza, la Costanilla y el Matadero.
CIPIÓN.-Si en contar las condiciones de los amos que has tenido y las faltas de sus oficios
te has de estar, amigo Berganza, tanto como esta vez, menester será pedir al cielo nos
conceda la habla siquiera por un año, y aun temo que, al paso que llevas, no llegarás a la
mitad de tu historia. Y quiérote advertir de una cosa, de la cual verás la experiencia cuando te 
cuente los sucesos de mi vida; y es que los cuentos unos encierran y tienen la gracia en ellos
mismos, otros en el modo de contarlos (quiero decir que algunos hay que, aunque se cuenten
sin preámbulos y ornamentos de palabras, dan contento); otros hay que es menester vestirlos
de palabras, y con demostraciones del rostro y de las manos, y con mudar la voz, se hacen
algo de nonada, y de flojos y desmayados se vuelven agudos y gustosos; y no se te olvide este
advertimiento, para aprovecharte dél en lo que te queda por decir.
BERGANZA.-Yo lo haré así, si pudiere y si me da lugar la grande tentación que tengo de
hablar; aunque me parece que con grandísima dificultad me podré ir a la mano.
CIPIÓN.-Vete a la lengua, que en ella consisten los mayores daños de la humana vida.
BERGANZA.-«Digo, pues, que mi amo me enseñó a llevar una espuerta en la boca y a
defenderla de quien quitármela quisiese. Enseñóme también la casa de su amiga, y con esto
se escusó la venida de su criada al Matadero, porque yo le llevaba las madrugadas lo que él
había hurtado las noches. Y un día que, entre dos luces, iba yo diligente a llevarle la porción,
oí que me llamaban por mi nombre desde una ventana; alcé los ojos y vi una moza hermosa
en estremo; detúveme un poco, y ella bajó a la puerta de la calle, y me tornó a llamar.
Lleguéme a ella, como si fuera a ver lo que me quería, que no fue otra cosa que quitarme lo
que llevaba en la cesta y ponerme en su lugar un chapín viejo. Entonces dije entre mí: ''La
carne se ha ido a la carne''. Díjome la moza, en habiéndome quitado la carne: ''Andad
[G]avilán, o como os llamáis, y decid a Nicolás el Romo, vuestro amo, que no se fíe de
animales, y que del lobo un pelo, y ése de la espuerta''. Bien pudiera yo volver a quitar lo que
me quitó, pero no quise, por no poner mi boca jifera y sucia en aquellas manos limpias y
blancas.»
CIPIÓN.-Hiciste muy bien, por ser prerrogativa de la hermosura que siempre se le tenga
respecto.
BERGANZA.-«Así lo hice yo; y así, me volví a mi amo sin la porción y con el chapín.
Parecióle que volví presto, vio el chapín, imaginó la burla, sacó uno de cachas y tiróme una
puñalada que, a no desviarme, nunca tú oyeras ahora este cuento, ni aun otros muchos que
pienso contarte. Puse pies en polvorosa, y, tomando el camino en las manos y en los pies,
por detrás de San Bernardo, me fui por aquellos campos de Dios adonde la fortuna quisiese
llevarme.
»Aquella noche dormí al cielo abierto, y otro día me deparó la suerte un hato o rebaño de
ovejas y carneros. Así como le vi, creí que había hallado en él el centro de mi reposo,
pareciéndome ser propio y natural oficio de los perros guardar ganado, que es obra donde se
encierra una virtud grande, como es amparar y defender de los poderosos y soberbios los
humildes y los que poco pueden. Apenas me hubo visto uno de tres pastores que el ganado
guardaban, cuando diciendo ''¡To, to!'' me llamó; y yo, que otra cosa no deseaba, me llegué a
él bajando la cabeza y meneando la cola. Trújome la mano por el lomo, abrióme la boca,
escupióme en ella, miróme las presas, conoció mi edad, y dijo a otros pastores que yo tenía
todas las señales de ser perro de casta. Llegó a este instante el señor del ganado sobre una
yegua rucia a la jineta, con lanza y adarga: que más parecía atajador de la costa que señor de
ganado. Preguntó el pastor: ''¿Qué perro es éste, que tiene señales de ser bueno?'' ''Bien lo 
puede vuesa merced creer -respondió el pastor-, que yo le he cotejado bien y no hay señal en
él que no muestre y prometa que ha de ser un gran perro. Agora se llegó aquí y no sé cúyo
sea, aunque sé que no es de los rebaños de la redonda''. ''Pues así es -respondió el señor-,
ponle luego el collar de Leoncillo, el perro que se murió, y denle la ración que a los demás, y
acaríciale, porque tome cariño al hato y se quede en él''. En diciendo esto, se fue; y el pastor
me puso luego al cuello unas carlancas llenas de puntas de acero, habiéndome dado primero
en un dornajo gran cantidad de sopas en leche. Y, asimismo, me puso nombre, y me llamó
Barcino.
»Vime harto y contento con el segundo amo y con el nuevo oficio; mostréme solícito y
diligente en la guarda del rebaño, sin apartarme dél sino las siestas, que me iba a pasarlas o ya
a la sombra de algún árbol, o de algún ribazo o peña, o a la de alguna mata, a la margen de
algún arroyo de los muchos que por allí corrían. Y estas horas de mi sosiego no las pasaba
ociosas, porque en ellas ocupaba la memoria en acordarme de muchas cosas, especialmente
en la vida que había tenido en el Matadero, y en la que tenía mi amo y todos los como él, que
están sujetos a cumplir los gustos impertinentes de sus amigas.»
¡Oh, qué de cosas te pudiera decir ahora de las que aprendí en la escuela de aquella jifera
dama de mi amo! Pero habrélas de callar, porque no me tengas por largo y por murmurador.
CIPIÓN.-Por haber oído decir que dijo un gran poeta de los antiguos que era difícil cosa el
no escribir sátiras, consentiré que murmures un poco de luz y no de sangre; quiero decir que
señales y no hieras ni des mate a ninguno en cosa señalada: que no es buena la murmuración,
aunque haga reír a muchos, si mata a uno; y si puedes agradar sin ella, te tendré por muy
discreto.
BERGANZA.-Yo tomaré tu consejo, y esperaré con gran deseo que llegue el tiempo en que
me cuentes tus sucesos; que de quien tan bien sabe conocer y enmendar los defetos que
tengo en contar los míos, bien se puede esperar que contará los suyos de manera que
enseñen y deleiten a un mismo punto.
«Pero, anudando el roto hilo de mi cuento, digo que en aquel silencio y soledad de mis
siestas, entre otras cosas, consideraba que no debía de ser verdad lo que había oído contar de
la vida de los pastores; a lo menos, de aquellos que la dama de mi amo leía en unos libros
cuando yo iba a su casa, que todos trataban de pastores y pastoras, diciendo que se les pasaba
toda la vida cantando y tañendo con gaitas, zampoñas, rabeles y chirumbelas, y con otros
instrumentos extraordinarios. Deteníame a oírla leer, y leía cómo el pastor de Anfriso
cantaba estremada y divinamente, alabando a la sin par Belisarda, sin haber en todos los
montes de Arcadia árbol en cuyo tronco no se hubiese sentado a cantar, desde que salía el
sol en los brazos de la Aurora hasta que se ponía en los de Tetis; y aun después de haber
tendido la negra noche por la faz de la tierra sus negras y escuras alas, él no cesaba de sus
bien cantadas y mejor lloradas quejas. No se le quedaba entre renglones el pastor Elicio, más
enamorado que atrevido, de quien decía que, sin atender a sus amores ni a su ganado, se
entraba en los cuidados ajenos. Decía también que el gran pastor de Fílida, único pintor de
un retrato, había sido más confiado que dichoso. De los desmayos de Sireno y
arrepentimiento de Diana decía que daba gracias a Dios y a la sabia Felicia, que con su agua
encantada deshizo aquella máquina de enredos y aclaró aquel laberinto de dificultades. 
Acordábame de otros muchos libros que deste jaez la había oído leer, pero no eran dignos de
traerlos a la memoria.»
CIPIÓN.-Aprovechándote vas, Berganza, de mi aviso: murmura, pica y pasa, y sea tu
intención limpia, aunque la lengua no lo parezca.
BERGANZA.-En estas materias nunca tropieza la lengua si no cae primero la intención;
pero si acaso por descuido o por malicia murmurare, responderé a quien me reprehendiere lo
que respondió Mauleón, poeta tonto y académico de burla de la Academia de los Imitadores,
a uno que le preguntó que qué quería decir Deum de Deo; y respondió que "dé donde diere".
CIPIÓN.-Esa fue respuesta de un simple; pero tú, si eres discreto o lo quieres ser, nunca has
de decir cosa de que debas dar disculpa. Di adelante.
BERGANZA.-«Digo que todos los pensamientos que he dicho, y muchos más, me causaron
ver los diferentes tratos y ejercicios que mis pastores, y todos los demás de aquella marina,
tenían de aquellos que había oído leer que tenían los pastores de los libros; porque si los
míos cantaban, no eran canciones acordadas y bien compuestas, sino un "Cata el lobo dó va,
Juanica" y otras cosas semejantes; y esto no al son de chirumbelas, rabeles o gaitas, sino al
que hacía el dar un cayado con otro o al de algunas tejuelas puestas entre los dedos; y no con
voces delicadas, sonoras y admirables, sino con voces roncas, que, solas o juntas, parecía, no
que cantaban, sino que gritaban o gruñían. Lo más del día se les pasaba espulgándose o
remendando sus abarcas; ni entre ellos se nombraban Amarilis, Fílidas, Galateas y Dianas, ni
había Lisardos, Lausos, Jacintos ni Riselos; todos eran Antones, Domingos, Pablos o
Llorentes; por donde vine a entender lo que pienso que deben de creer todos: que todos
aquellos libros son cosas soñadas y bien escritas para entretenimiento de los ociosos, y no
verdad alguna; que, a serlo, entre mis pastores hubiera a[l]guna reliquia de aquella felicísima
vida, y de aquellos amenos prados, espaciosas selvas, sagrados montes, hermosos jardines,
arroyos claros y cristalinas fuentes, y de aquellos tan honestos cuanto bien declarados
requiebros, y de aquel desmayarse aquí el pastor, allí la pastora, acullá resonar la zampoña del
uno, acá el caramillo del otro.»
CIPIÓN.-Basta, Berganza; vuelve a tu senda y camina.
BERGANZA.-Agradézcotelo, Cipión amigo; porque si no me avisaras, de manera se me iba
calentando la boca, que no parara hasta pintarte un libro entero destos que me tenían
engañado; pero tiempo vendrá en que lo diga todo con mejores razones y con mejor
discurso que ahora.
CIPIÓN.-Mírate a los pies y desharás la rueda, Berganza; quiero decir que mires que eres un
animal que carece de razón, y si ahora muestras tener alguna, ya hemos averiguado entre los
dos ser cosa sobrenatural y jamás vista.
BERGANZA.-Eso fuera ansí si yo estuviera en mi primera ignorancia; mas ahora que me ha
venido a la memoria lo que te había de haber dicho al principio de nuestra plática, no sólo no
me maravillo de lo que hablo, pero espántome de lo que dejo de hablar.
CIPIÓN.-Pues ¿ahora no puedes decir lo que ahora se te acuerda?
BERGANZA.-Es una cierta historia que me pasó con una grande hechicera, discípula de la
Camacha de Montilla.
CIPIÓN.-Digo que me la cuentes antes que pases más adelante en el cuento de tu vida.
BERGANZA.- Eso no haré yo, por cierto, hasta su tiempo: ten paciencia y escucha por su
orden mis sucesos, que así te darán más gusto, si ya no te fatiga querer saber los medios
antes de los principios.
CIPIÓN.-Sé breve, y cuenta lo que quisieres y como quisieres.
BERGANZA.-«Digo, pues, que yo me hallaba bien con el oficio de guardar ganado, por
parecerme que comía el pan de mi sudor y trabajo, y que la ociosidad, raíz y madre de todos
los vicios, no tenía que ver conmigo, a causa que si los días holgaba, las noches no dormía,
dándonos asaltos a menudo y tocándonos a arma los lobos; y, apenas me habían dicho los
pastores ''¡al lobo, Barcino!'', cuando acudía, primero que los otros perros, a la parte que me
señalaban que estaba el lobo: corría los valles, escudriñaba los montes, desentrañaba las
selvas, saltaba barrancos, cruzaba caminos, y a la mañana volvía al hato, sin haber hallado
lobo ni rastro dél, anhelando, cansado, hecho pedazos y los pies abiertos de los garranchos; y
hallaba en el hato, o ya una oveja muerta, o un carnero degollado y medio comido del lobo.
Desesperábame de ver de cuán poco servía mi mucho cuidado y diligencia. Venía el señor
del ganado; salían los pastores a recebirle con las pieles de la res muerta; culpaba a los
pastores por negligentes, y mandaba castigar a los perros por perezosos: llovían sobre
nosotros palos, y sobre ellos reprehensiones; y así, viéndome un día castigado sin culpa, y
que mi cuidado, ligereza y braveza no eran de provecho para coger el lobo, determiné de
mudar estilo, no desviándome a buscarle, como tenía de costumbre, lejos del rebaño, sino
estarme junto a él; que, pues el lobo allí venía, allí sería más cierta la presa.
»Cada semana nos tocaban a rebato, y en una escurísima noche tuve yo vista para ver los
lobos, de quien era imposible que el ganado se guardase. Agachéme detrás de una mata,
pasaron los perros, mis compañeros, adelante, y desde allí oteé, y vi que dos pastores asieron
de un carnero de los mejores del aprisco, y le mataron de manera que verdaderamente
pareció a la mañana que había sido su verdugo el lobo. Pasméme, quedé suspenso cuando vi
que los pastores eran los lobos y que despedazaban el ganado los mismos que le habían de
guardar. Al punto, hacían saber a su amo la presa del lobo, dábanle el pellejo y parte de la
carne, y comíanse ellos lo más y lo mejor. Volvía a reñirles el señor, y volvía también el
castigo de los perros. No había lobos, menguaba el rebaño; quisiera yo descubrillo,
hallábame mudo. Todo lo cual me traía lleno de admirac ión y de congoja. ''¡Válame Dios! -
decía entre mí-, ¿quién podrá remediar esta maldad? ¿Quién será poderoso a dar a entender
que la defensa ofende, que las centinelas duermen, que la confianza roba y el que os guarda
os mata?''»
CIPIÓN.-Y decías muy bien, Berganza, porque no hay mayor ni más sotil ladrón que el
doméstico, y así, mueren muchos más de los confiados que de los recatados; pero el daño 
está en que es imposible que puedan pasar bien las gentes en el mundo si no se fía y se
confía. Mas quédese aquí esto, que no quiero que parezcamos predicadores. Pasa adelante.
BERGANZA.-«Paso adelante, y digo que determiné dejar aquel oficio, aunque parecía tan
bueno, y escoger otro donde por hacerle bien, ya que no fuese remunerado, no fuese
castigado. Volvíme a Sevilla, y entré a servir a un mercader muy rico.»
CIPIÓN.-¿Qué modo tenías para entrar con amo? Porque, según lo que se usa, con gran
dificultad el día de hoy halla un hombre de bien señor a quien servir. Muy diferentes son los
señores de la tierra del Señor del cielo: aquéllos, para recebir un criado, primero le espulgan
el linaje, examinan la habilidad, le marcan la apostura, y aun quieren saber los vestidos que
tiene; pero, para entrar a servir a Dios, el más pobre es más rico; el más humilde, de mejor
linaje; y, con sólo que se disponga con limpieza de corazón a querer servirle, luego le manda
poner en el libro de sus gajes, señalándoselos tan aventajados que, de muchos y de grandes,
apenas pueden caber en su deseo.
BERGANZA.-Todo eso es predicar, Cipión amigo.
CIPIÓN.-Así me lo parece a mí, y así, callo.
BERGANZA.-A lo que me preguntaste del orden que tenía para entrar con amo, digo que
ya tú sabes que la humildad es la basa y fundamento de todas virtudes, y que sin ella no hay
alguna que lo sea. Ella allana inconvenientes, vence dificultades, y es un medio que siempre a
gloriosos fines nos conduce; de los enemigos hace amigos, templa la cólera de los airados y
menoscaba la arrogancia de los soberbios; es madre de la modestia y hermana de la
templanza; en fin, con ella no pueden atravesar triunfo que les sea de provecho los vicios,
porque en su blandura y mansedumbre se embotan y despuntan las flechas de los pecados.
«Désta, pues, me aprovechaba yo cuando quería entrar a servir en alguna casa, habiendo
primero considerado y mirado muy bien ser casa que pudiese mantener y donde pudiese
entrar un perro grande. Luego arrimábame a la puerta, y cuando, a mi parecer, entraba algún
forastero, le ladraba, y cuando venía el señor bajaba la cabeza y, moviendo la cola, me iba a
él, y con la lengua le limpiaba los zapatos. Si me echaban a palos, sufríalos, y con la misma
mansedumbre volvía a hacer halagos al que me apaleaba, que ninguno segundaba, viendo mi
porfía y mi noble término. Desta manera, a dos porfías me quedaba en casa: servía bien,
queríanme luego bien, y nadie me despidió, si no era que yo me despidiese, o, por mejor
decir, me fuese; y tal vez hallé amo que éste fuera el día que yo estuviera en su casa, si la
contraria suerte no me hubiera perseguido.»
CIPIÓN.-De la misma manera que has contado entraba yo con los amos que tuve, y parece
que nos leímos los pensamientos.
BERGANZA.-Como en esas cosas nos hemos encontrado, si no me engaño, y yo te las diré
a su tiempo, como tengo prometido; y ahora escucha lo que me sucedió después que dejé el
ganado en poder de aquellos perdidos. 
«Volvíme a Sevilla, como dije, que es amparo de pobres y refugio de desechados, que en su
grandeza no sólo caben los pequeños, pero no se echan de ver los grandes. Arriméme a la
puerta de una gran casa de un mercader, hice mis acostumbradas diligencias, y a pocos lances
me quedé en ella. Recibiéronme para tenerme atado detrás de la puerta de día y suelto de
noche; servía con gran cuidado y diligencia; ladraba a los forasteros y gruñía a los que no
eran muy conocidos; no dormía de noche, visitando los corrales, subiendo a los terrados,
hecho universal centinela de la mía y de las casas ajenas. Agradóse tanto mi amo de mi buen
servicio, que mandó que me tratasen bien y me diesen ración de pan y los huesos que se
levantasen o arrojasen de su mesa, con las sobras de la cocina, a lo que yo me mostraba
agradecido, dando infinitos saltos cuando veía a mi amo, especialmente cuando venía de
fuera; que eran tantas las muestras de regocijo que daba y tantos los saltos, que mi amo
ordenó que me desatasen y me dejasen andar suelto de día y de noche. Como me vi suelto,
corrí a él, rodeéle todo, sin osar llegarle con las manos, acordándome de la fábula de Isopo,
cuando aquel asno, tan asno que quiso hacer a su señor las mismas caricias que le hacía una
perrilla regalada suya, que le granjearon ser molido a palos. Parecióme que en esta fábula se
nos dio a entender que las gracias y donaires de algunos no están bien en otros.»
Apode el truhán, juegue de manos y voltee el histrión, rebuzne el pícaro, imite el canto de los
pájaros y los diversos gestos y acciones de los animales y los hombres el hombre bajo que se
hubiere dado a ello, y no lo quiera hacer el hombre principal, a quien ninguna habilidad
déstas le puede dar crédito ni nombre honroso.
CIPIÓN.-Basta; adelante, Berganza, que ya estás entendido.
BERGANZA.-¡Ojalá que como tú me entiendes me entendiesen aquellos por quien lo digo;
que no sé qué tengo de buen natural, que me pesa infinito cuando veo que un caballero se
hace chocarrero y se precia que sabe jugar los cubiletes y las agallas, y que no hay quien
como él sepa bailar la chacona! Un caballero conozco yo que se alababa que, a ruegos de un
sacristán, había cortado de papel treinta y dos florones para poner en un monumento sobre
paños negros, y destas cortaduras hizo tanto caudal, que así llevaba a sus amigos a verlas
como si los llevara a ver las banderas y despojos de enemigos que sobre la sepultura de sus
padres y abuelos estaban puestas.
«Este mercader, pues, tenía dos hijos, el uno de doce y el otro de hasta catorce años, los
cuales estudiaban gramática en el estudio de la Compañía de Jesús; iban con autoridad, con
ayo y con pajes, que les llevaban los libros y aquel que llaman vademécum. El verlos ir con
tanto aparato, en sillas si hacía sol, en coche si llovía, me hizo considerar y reparar en la
mucha llaneza con que su padre iba a la Lonja a negociar sus negocios, porque no llevaba
otro criado que un negro, y algunas veces se desmandaba a ir en un machuelo aun no bien
aderezado.»
CIPIÓN.-Has de saber, Berganza, que es costumbre y condición de los mercaderes de
Sevilla, y aun de las otras ciudades, mostrar su autoridad y riqueza, no en sus personas, sino
en las de sus hijos; porque los mercaderes son mayores en su sombra que en sí mismos. Y,
como ellos por maravilla atienden a otra cosa que a sus tratos y contratos, trátanse
modestamente; y, como la ambición y la riqueza muere por manifestarse, revienta por sus
hijos, y así los tratan y autorizan como si fuesen hijos de algún príncipe; y algunos hay que les 
procuran títulos, y ponerles en el pecho la marca que tanto distingue la gente principal de la
plebeya.
BERGANZA.-Ambición es, pero ambición generosa, la de aquel que pretende me jorar su
estado sin perjuicio de tercero.
CIPIÓN.-Pocas o ninguna vez se cumple con la ambición que no sea con daño de tercero.
BERGANZA.-Ya hemos dicho que no hemos de murmurar.
CIPIÓN.-Sí, que yo no murmuro de nadie.
BERGANZA.-Ahora acabo de confirma r por verdad lo que muchas veces he oído decir.
Acaba un maldiciente murmurador de echar a perder diez linajes y de caluniar veinte buenos,
y si alguno le reprehende por lo que ha dicho, responde que él no ha dicho nada, y que si ha
dicho algo, no lo ha dicho por tanto, y que si pensara que alguno se había de agraviar, no lo
dijera. A la fe, Cipión, mucho ha de saber, y muy sobre los estribos ha de andar el que
quisiere sustentar dos horas de conversación sin tocar los límites de la murmuración; porque
yo veo en mí que, con ser un animal, como soy, a cuatro razones que digo, me acuden
palabras a la lengua como mosquitos al vino, y todas maliciosas y murmurantes; por lo cual
vuelvo a decir lo que otra vez he dicho: que el hacer y decir mal lo heredamos de nuestros
primeros padres y lo mamamos en la leche. Vese claro en que, apenas ha sacado el niño el
brazo de las fajas, cuando levanta la mano con muestras de querer vengarse de quien, a su
parecer, le ofende; y casi la primera palabra articulada que habla es llamar puta a su ama o a
su madre.
CIPIÓN.-Así es verdad, y yo confieso mi yerro y quiero que me le perdones, pues te he
perdonado tantos. Echemos pelillos a la mar, como dicen los muchachos, y no murmuremos
de aquí adelante; y sigue tu cuento, que le dejaste en la autoridad con que los hijos del
mercader tu amo iban al estudio de la Compañía de Jesús.
BERGANZA.-A Él me encomiendo en todo acontecimiento; y, aunque el dejar de
murmurar lo tengo por dificultoso, pienso usar de un remedio que oí decir que usaba un
gran jurador, el cual, arrepentido de su mala costumbre, cada vez que después de su
arrepentimiento juraba, se daba un pellizco en el brazo, o besaba la tierra, en pena de su
culpa; pero, con todo esto, juraba. Así yo, cada vez que fuere contra el precepto que me has
dado de que no murmure y contra la intención que tengo de no murmurar, me morderé el
pico de la lengua de modo que me duela y me acuerde de mi culpa para no volver a ella.
CIPIÓN.-Tal es ese remedio, que si usas dél espero que te has de morder tantas veces que
has de quedar sin lengua, y así, quedarás imposibilitado de murmurar.
BERGANZA.-A lo menos, yo haré de mi parte mis diligencias, y supla las faltas el cielo.
«Y así, digo que los hijos de mi amo se dejaron un día un cartapacio en el patio, donde yo a
la sazón estaba; y, como estaba enseñado a llevar la esportilla del jifero mi amo, así del
vademécum y fuime tras ellos, con intención de no soltalle hasta el estudio. Sucedióme todo 
como lo deseaba: que mis amos, que me vieron venir con el vademécum en la boca, asido
sotilmente de las cintas, mandaron a un paje me le quitase; mas yo no lo consentí ni le solté
hasta que entré en el aula con él, cosa que causó risa a todos los estudiantes. Lleguéme al
mayor de mis amos, y, a mi parecer, con mucha crianza se le puse en las manos, y quedéme
sentado en cuclillas a la puerta del aula, mirando de hito en hito al maestro que en la cátedra
leía. No sé qué tiene la virtud, que, con alcanzárseme a mí tan poco o nada della, luego recibí
gusto de ver el amor, el término, la solicitud y la industria con que aquellos benditos padres y
maestros enseñaban a aquellos niños, enderezando las tiernas varas de su juventud, porque
no torciesen ni tomasen mal siniestro en el camino de la virtud, que juntamente con las letras
les mostraban. Consideraba cómo los reñían con suavidad, los castigaban con misericordia,
los animaban con ejemplos, los incitaban con premios y los sobrellevaban con cordura; y,
finalmente, cómo les pintaban la fealdad y horror de los vicios y les dibujaban la hermosura
de las virtudes, para que, aborrecidos ellos y amadas ellas, consiguiesen el fin para que fueron
criados.»
CIPIÓN.-Muy bien dices, Berganza; porque yo he oído decir desa bendita gente que para
repúblicos del mundo no los hay tan prudentes en todo él, y para guiadores y adalides del
camino del cielo, pocos les llegan. Son espejos donde se mira la honestidad, la católica
dotrina, la singular prudencia, y, finalmente, la humildad profunda, basa sobre quien se
levanta todo el edificio de la bienaventuranza.
BERGANZA.-Todo es así como lo dices.
«Y, siguiendo mi historia, digo que mis amos gustaron de que les llevase siempre el
vademécum, lo que hice de muy buena voluntad; con lo cual tenía una vida de rey, y aun mejor,
porque era descansada, a causa que los estudiantes dieron en burlarse conmigo, y
domestiquéme con ellos de tal manera, que me metían la mano en la boca y los más
chiquillos subían sobre mí. Arrojaban los bonetes o sombreros, y yo se los volvía a la mano
limpiamente y con muestras de grande regocijo. Dieron en darme de comer cuanto ellos
podían, y gustaban de ver que, cuando me daban nueces o avellanas, las partía como mona,
dejando las cáscaras y comiendo lo tierno. Tal hubo que, por hacer prueba de mi habilidad,
me trujo en un pañuelo gran cantidad de ensalada, la cual comí como si fuera persona. Era
tiempo de invierno, cuando campean en Sevilla los molletes y mantequillas, de quien era tan
bien servido, que más de dos Antonios se empeñaron o vendieron para que yo almorzase.
Finalmente, yo pasaba una vida de estudiante sin hambre y sin sarna, que es lo más que se
puede encarecer para decir que era buena; porque si la sarna y la hambre no fuesen tan unas
con los estudiantes, en las vidas no habría otra de más gusto y pasatiempo, porque corren
parejas en ella la virtud y el gusto, y se pasa la mocedad aprendiendo y holgándose.
»Desta gloria y desta quietud me vino a quitar una señora que, a mi parecer, llaman por ahí
razón de estado; que, cuando con ella se cumple, se ha de descumplir con otras razones
muchas. Es el caso que aquellos señores maestros les pareció que la media hora que hay de
lición a lición la ocupaban los estudiantes, no en repasar las liciones, sino en holgarse
conmigo; y así, ordenaron a mis amos que no me llevasen más al estudio. Obedecieron,
volviéronme a casa y a la antigua guarda de la puerta, y, sin acordarse señor el viejo de la
merced que me había hecho de que de día y de noche anduviese suelto, volví a entregar el
cuello a la cadena y el cuerpo a una esterilla que detrás de la puerta me pusieron.»
¡Ay, amigo Cipión, si supieses cuán dura cosa es de sufrir el pasar de un estado felice a un
desdichado! Mira: cuando las miserias y desdichas tienen larga la corriente y son continuas, o
se acaban presto, con la muerte, o la continuación dellas hace un hábito y costumbre en
padecellas, que suele en su mayor rigor servir de alivio; mas, cuando de la suerte desdichada y
calamitosa, sin pensarlo y de improviso, se sale a gozar de otra suerte próspera, venturosa y
alegre, y de allí a poco se vuelve a padecer la suerte primera y a los primeros trabajos y
desdichas, es un dolor tan riguroso que si no acaba la vida, es por atormentarla más viviendo.
«Digo, en fin, que volví a mi ración perruna y a los huesos que una negra de casa me
arrojaba, y aun éstos me dezmaban dos gatos romanos: que, como sueltos y ligeros, érales
fácil quitarme lo que no caía debajo del distrito que alcanzaba mi cadena.»
Cipión hermano, así el cielo te conceda el bien que deseas, que, sin que te enfades, me dejes
ahora filosofar un poco; porque si dejase de decir las cosas que en este instante me han
venido a la memoria de aquellas que entonces me ocurrieron, me parece que no sería mi
historia cabal ni de fruto alguno....




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