Ego te Absolvo Oscar Wilde | Libros interesantes

Título:    Ego te Absolvo

Autor:    Oscar Wilde   

Categoria:    Literatura

Idioma:    Español



 Ego te Absolvo Oscar Wilde


Ego te absolvo
Oscar Wilde 

Fragmento

I
 Bajo sus boinas azules, ennegrecidas por la pólvora y
manchadas por el polvo de los caminos, los soldados de
Miralles tienen caras de bandidos, con su piel color hollín
y sus barbas y cabelleras descuidadas. Desde hace cinco
largas semanas se arrastran por las carreteras, sin casi
dormir, sin casi descansar, tiroteando en cualquier
momento con una rabia creciente.
 ¿No acabarán con aquellos bandidos liberales? Don
Carlos habíales prometido, sin embargo, que después de
las fatigas de Estella, España seria suya.
Todos ellos tienen sed de venganza y de sangre, y la
alegría de verterla es la que les mantiene en pie, por muy
cansados y rendidos que se encuentren.
 Vascos, navarros, catalanes, hijos de desterrados que
murieron de hambre y de miseria en tierras extranjeras,
sienten rabia de fieras contra aquellos soldados que les
disputan el camino de la meseta de Castilla, la vía de los
palacios en los que han jurado establecer al legítimo rey
para repartirse, sobre las gradas del trono restaurado, los
cargos del reino y las riquezas de los vencidos.
 Entre estos montañeses y los hombres de los partidos
nuevos no median únicamente rencores políticos: existen,
sobre todo, y antes que nada, viejas cuentas de asesinatos
impunes, saqueos sin indemnizar, incendios sin revancha.
Por eso, cuando un soldado de Concha cae entre sus
manos, ¡infeliz de él!, paga por los demás, por los que se
escurren.
 -Hermano, hay que morir -le dicen, apoyándole contra
una roca.
El hombre inicia el signo de la cruz, y no bien
desciende su mano en un amén más lento, los fusiles,
alineados a diez pasos de su pecho, vomitan la muerte.
La víctima se desploma como un guiñapo y no se
vuelve a hablar de la cosa.
 Los buitres de los Pirineos hacen lo demás.
Si el cura de Miralles, un hombrecillo rechoncho y
encorvado, de ojos semicerrados, con la sotana
arremangada, pasa junto a los guerrilleros, se cuelga su
fusil al hombro y absuelve o bendice al moribundo con
gesto rápido.
A veces, sin separar sus ojos del catalejo marino que le
sirve para escudriñar rocas o encinares, confiesa al
prisionero.
¡Un general es responsable de la vida de sus tropas, qué
diantre!
Liberal, pero, eso sí, católico, el prisionero no parece
sorprendido del extraño doble oficio del sacerdote
soldado.
Es necesario que le confiese, puesto que van a fusilarle,
y es muy natural que le fusilen, puesto que se había dejado
coger y porque él fusilaría lo mismo si hubiera cogido un
prisionero.
 Esta lógica satisface por completo las débiles
exigencias de su cerebro de campesino arrancado del
terruño para doblar la cerviz bajo los arreos militares.
Y, además, ¿para qué luchar con este hecho brutal de la
muerte amenazadora, inmediata, inevitable?
 Puesto que tiene que llegar, se trata solamente de hacer
el equipaje bien para presentarse con todo en orden
cuando le corresponda hacer su entrada en el más allá
inevitable.

....


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