El Insigne Cohete Oscar Wilde

 

Título:    El Insigne Cohete

Autor:    Oscar Wilde   

Categoria:    Literatura

Idioma:    Español

El Insigne Cohete Oscar Wilde


El insigne cohete
Oscar Wilde
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El hijo del rey iba a casarse, así es que los regocijos eran generales. Había
esperado un año entero a la novia, y por fin había llegado. Era una princesa rusa, y
había hecho todo el camino desde Finlandia en un trineo tirado por seis renos. El
trineo tenía la forma de un gran cisne dorado, y entre las alas del cisne iba la
princesa misma. Su largo manto de armiño le caía hasta los pies y en la cabeza
llevaba un gorrito diminuto de tisú de plata. Era tan pálida como el palacio de nieve
en el que había vivido siempre. Tan pálida era que al recorrer las calles toda la
gente se quedaba admirada.
-Es como una rosa blanca -exclamaba la gente.
Y le arrojaban flores desde los balcones.
A la entrada del castillo estaba esperando el príncipe para recibirla. Tenía ojos
soñadores color violeta y cabellos como oro fino. Cuando la vio hincó una rodilla en
tierra y le besó la mano.
-Vuestro retrato era hermoso -musitó-, pero sois más hermosa que vuestro retrato.
Y la princesita se ruborizó.
-Antes parecía una rosa blanca -dijo un joven paje al que tenía más próximo-, pero
ahora parece una rosa roja.
Y toda la corte estaba complacida.
Durante los tres días que siguieron todo el mundo iba diciendo:
-Rosa blanca, rosa roja; rosa roja, rosa blanca.
Y el rey dio la orden de que doblaran la paga del paje. Como no recibía paga
alguna esto no le sirvió de mucho, pero se consideró un gran honor, y se publicó
debidamente en la Gaceta de la Corte.
Transcurridos tres días se celebraron las bodas. Fue una ceremonia magnífica, y
los novios iban de la mano andando bajo un palio de terciopelo púrpura bordado
con pequeñas perlas. Luego se celebró un banquete oficial que duró cinco horas. El
príncipe y la princesa se sentaron a la cabecera del gran salón y bebieron en copa
de claro cristal. Sólo los verdaderos enamorados podían beber en esa copa, pues si
la tocaran labios falaces se empañaría, tornándose gris y turbia.
-Está claro que se aman -dijo el pajecillo-, ¡tan claro como el cristal!
-¡Qué honor! -exclamaron todos los cortesanos. Después del banquete iba a haber
un baile. La novia tenía que bailar la danza de la rosa con el novio, y el rey había
prometido tocar la flauta. La tocaba muy mal, pero nadie se había atrevido a
decírselo nunca, porque era el rey. En verdad, sólo sabía dos melodías, y nunca
estaba completamente seguro de cuál de las dos estaba tocando, pero daba lo
mismo, pues hiciera lo que hiciera todo el mundo exclamaba:
-¡Encantador!, ¡encantador!
El final del programa era una gran quema de fuegos artificiales, que debían
dispararse exactamente a medianoche. La princesita no había visto nunca fuegos
artificiales, así es que el rey había ordenado que el pirotécnico de palacio estuviera
de servicio en el día de la boda.
-¿Cómo son los fuegos artificiales? -había preguntado ella al príncipe una mañana
cuando paseaba por la terraza.
-Son como la aurora boreal -dijo el rey, que siempre respondía a las preguntas
que se hacían a los demás-, sólo que mucho más naturales. Yo los prefiero a las
estrellas, pues siempre se sabe cuándo van a aparecer, y son tan deliciosos como
las melodías que yo toco con mi flauta. Ciertamente, debéis verlos. 
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Así es que al fondo de los jardines reales habían levantado un gran tablado. Y tan
pronto como el pirotécnico de palacio hubo puesto cada cosa en su sitio, los fuegos
artificiales empezaron a charlar.
-El mundo es ciertamente muy hermoso -exclamó un pequeño buscapiés-. Y si no,
mirad esos tulipanes amarillos; si fueran petardos de verdad, no podrían ser más
bonitos de lo que son. Me alegro mucho de haber viajado; viajar desarrolla el
espíritu de un modo asombroso, y acaba con todos los prejuicios.
-El jardín del rey no es el mundo, necio buscapiés -dijo una gran candela romana-;
el mundo es un lugar enorme y tardarías tres días en verlo del todo.
-Cualquier lugar que se ame es el mundo para uno -exclamó una girándula
taciturna, que de jovencita había estado muy unida a un viejo cajón de madera de
pino, y hacía alarde de tener el corazón hecho pedazos-; pero el amor ya no está de
moda, lo han matado los poetas. Han escrito tanto sobre él, que nadie les cree, y a
mí no me sorprende. El amor verdadero sufre y guarda silencio. Yo recuerdo que
una vez... Pero no importa ahora. Lo romántico pertenece al pasado.
-¡Qué tontería! -dijo la candela romana-, lo romántico nunca muere. Es como la
luna, y vive siempre. Los recién casados, por ejemplo, se aman tiernamente. Se lo
oí decir esta mañana a un cartucho de papel de estraza, que estaba casualmente
en el mismo cajón que yo, y que sabía las últimas noticias de la corte.
Pero la girándula negó con la cabeza:
-Lo romántico ha muerto, lo romántico ha muerto, lo romántico ha muerto -
musitaba.
Era una de esas que piensan que si se dice la misma cosa una y otra vez
repitiéndolo muchísimas veces acaba siendo verdad.
De pronto, se oyó una tos fuerte y seca, y todos miraron a su alrededor.
Procedía de un cohete alto y de porte arrogante, que estaba atado al extremo de
una larga varilla. Siempre tosía antes de hacer alguna observación, con el fin de llamar la atención.
-¡Ejem!, ¡ejem! -dijo.
Y todo el mundo se puso a escuchar, excepto la pobre girándula, que estaba
todavía meneando la cabeza y murmurando:
-Lo romántico ha muerto.
-¡Orden!, ¡orden en la sala! -gritó un petardo. Tenía algunas cualidades de político,
y siempre había desempeñado un papel relevante en las elecciones locales, de
modo que sabía usar las expresiones parlamentarias convenientes.
-Muerto y bien muerto -susurró la girándula; y se quedó dormida.
En cuanto hubo un completo silencio, el cohete tosió por tercera vez y empezó a
hablar. Hablaba con voz muy clara y lenta, como si estuviera dictando sus
memorias, y siempre miraba por encima del hombro a la persona a quien se dirigía.
Realmente tenía unos modales sumamente distinguidos.
-¡Qué afortunado es el hijo del rey -observó-, que va a casarse el mismo día en
que me van a disparar a mí! Verdaderamente, ni aunque lo hubieran dispuesto de
antemano hubiera podido resultar mejor para él; pero es que los príncipes siempre
tienen suerte.
-¡Válgame Dios! -dijo el pequeño buscapiés-, yo creía que era justo lo contrario, y
que nos iban a disparar en honor del príncipe.
-Puede que sea ese tu caso -respondió-; a decir verdad, no me cabe duda de que
es así, pero en el mío es diferente. Yo soy un cohete extraordinario, y desciendo de 
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padres insignes. Mi madre fue la girándula más célebre de su tiempo, y era famosa
por su grácil danza. Cuando hizo su gran aparición en público giró diecinueve veces
antes de dispararse, y cada vez que lo hacía lanzaba al aire siete estrellas color de
rosa. Tenía tres pies y medio de diámetro, y estaba cargada con pólvora de primera
calidad. Mi padre era un cohete, como yo, y de origen francés. Voló tan alto que la
gente temía que no volviera a bajar. Bajó, sin embargo, pues era amable por naturaleza, e hizo un descenso muy brillante, en una cascada de lluvia de oro. Los
periódicos dieron cuenta de su actuación en términos muy halagüeños; de hecho, la
Gaceta de la Corte lo llamó un triunfo del arte pilotécnico.
-Pirotécnico, pirotécnico, querrás decir -corrigió una bengala-. Sé que se dice
pirotécnico porque lo he visto escrito en mi caja de hojalata.
-Bien, pilotécnico es lo que he dicho -respondió el cohete en tono severo.
Y la bengala se sintió tan humillada que al punto empezó a intimidar a los
pequeños buscapiés, para mostrar que era todavía una persona de cierta
importancia.
-Estaba diciendo -prosiguió el cohete-, estaba diciendo... ¿Qué estaba yo
diciendo?
-Estabas hablando de ti mismo -replicó la candela romana.
-Naturalmente; ya sabía yo que estaba tratando de algún asunto interesante
cuando fui tan descortésmente interrumpido. Detesto la descortesía y cualquier falta
de educación, pues soy sensible en extremo. No hay nadie en el mundo entero tan
sensible como yo, estoy completamente seguro de ello.
-¿Qué es una persona sensible? -preguntó el petardo a la candela romana.
-Una persona que porque tiene ella callos siempre pisa a los demás -respondió la
candela romana en un susurro apenas audible.
Y el petardo casi explotó de risa.
-Haz el favor de decirme de qué te ríes -preguntó el cohete-; yo no me estoy
riendo.
-Me río porque soy feliz -replicó el petardo.
-Esa es una razón muy egoísta -dijo el cohete airadamente-. ¡.Qué derecho tienes
a ser feliz? Debieras pensar en los demás; de hecho, debieras estar pensando en
mí. Yo siempre pienso en mí, y espero que todos los demás hagan lo mismo, eso es
lo que se llama simpatía. Es una hermosa virtud, y yo la poseo en alto grado.
Supón, por ejemplo, que me ocurriera algo esta noche, ¡qué desgracia sería para
todos! El príncipe y la princesa no volverían a ser felices, toda su vida matrimonial
se echaría a perder; y en cuanto al rey, yo sé que no lo soportaría. Realmente,
cuando me pongo a reflexionar sobre la importancia de mi posición social me
conmuevo hasta casi derramar lágrimas.
-Si quieres agradar a los demás -exclamó la candela romana-, harías bien en
mantenerte seco.
-Ciertamente -corroboró la bengala, que estaba ya de mejor humor-; eso es de
sentido común.
-¡Sentido común!, ¡vaya cosa! -dijo el cohete indignado-; olvidas que yo no soy
común, sino extraordinario. Cualquiera puede tener sentido común, con tal de que
no tenga imaginación, pero yo sí tengo imaginación, pues no pienso nunca en las
cosas como son en realidad; siempre pienso en ellas como si fueran completamente
diferentes. En cuanto a mantenerme seco, evidentemente no hay nadie aquí que
pueda apreciar en absoluto un carácter emotivo. Por fortuna para mí, me tiene sin 
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cuidado. Lo único que le sostiene a uno en la vida es el ser consciente de la
inmensa inferioridad de todos los demás, y este es un sentimiento que yo he
cultivado siempre. Pero ninguno de vosotros tiene corazón, aquí estáis riéndoos y
divirtiéndoos precisamente como si los príncipes no acabaran de casarse.
-Bueno, en realidad, ¿y por qué no? -exclamó un pequeño globo de fuego-. Es
una ocasión del mayor regocijo, y cuando yo me remonte en el aire tengo la intención de contárselo a las estrellas. Veréis cómo parpadean cuando yo les hable
de la linda novia.
-¡Ah, qué modo tan trivial de considerar la vida! -dijo el cohete-; pero es justo lo
que yo me esperaba. No hay nada dentro de vosotros, estáis huecos y vacíos.
¡Cómo!, tal vez el príncipe y la princesa se vayan a vivir a un país en que haya un
río profundo, y acaso tengan sólo un hijo, un niño de cabello rubio y ojos violeta
como los del príncipe, y quizá un día salga a pasear con la niñera; y tal vez la niñera
se quede dormida al pie de un gran saúco; y quizá el niño se caiga al río profundo y
se ahogue. ¡Qué desgracia tan terrible! ¡Pobre gente!, ¡perder a su único hijo! ¡Es
verdaderamente demasiado terrible! Yo nunca podré soportarlo.
-Pero no han perdido a su hijo único -dijo la candela romana-; no les ha ocurrido
ninguna desgracia.
-Yo nunca dije que les hubiera ocurrido -replicó el cohete-; dije que pudiera
ocurrirles. Si hubieran perdido a su hijo único, no serviría de nada hablar más sobre
el asunto. Detesto a la gente que llora por el cántaro roto, como en el cuento de la
lechera. Pero cuando pienso que pudieran perder a su único hijo, ciertamente me
siento muy afectado.
-¡Ciertamente, afectado lo eres! -exclamó la bengala-. En realidad eres la persona
más afectada que he visto en mi vida.
-Y tú eres la persona más grosera que he visto yo en la mía -dijo el cohete-, y no
puedes entender mi amistad con el príncipe.
-¡Cómo, si ni siquiera le conoces! -rezongó la candela romana.
-Yo nunca dije que le conociera -respondió el cohete-. Me atrevo a decir que si le
conociera no sería amigo suyo de ningún modo. Es muy peligroso conocer a los
amigos.
-Realmente, sería mejor que no te mojaras -dijo el globo de fuego-. Eso es lo
importante.

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