Niebla Miguel de Unamuno

 Título:    Niebla

Autor:    Miguel de Unamuno   

Categoria:    Literatura

Idioma:    Espanhol

Niebla Miguel de Unamuno






MIGUEL DE UNAMUNO
NIEBLA
2
NIEBLA
Miguel de Unamuno
I
Al aparecer Augusto a la puerta de su casa extendió el brazo derecho, con la mano palma abajo y
abierta, y dirigiendo los ojos al cielo quedóse un momento parado en esta actitud estatuaria y augusta. No
era que tomaba posesión del mundo exterior, sino era que observaba si llovía. Y al recibir en el dorso de
la mano el frescor del lento orvallo frunció el sobrecejo. Y no era tampoco que le molestase la llovizna,
sino el tener que abrir el paraguas. ¡Estaba tan elegante, tan esbelto, plegado y dentro de su funda! Un
paraguas cerrado es tan elegante como es feo un paraguas abierto.
«Es una desgracia esto de tener que servirse uno de las cosas —pensó Augusto—; tener que
usarlas, el uso estropea y hasta destruye toda belleza. La función más noble de los objetos es la de ser
contemplados. ¡Qué bella es una naranja antes de comida! Esto cambiará en el cielo cuando todo nuestro
oficio se reduzca, o más bien se ensanche a contemplar a Dios y todas las cosas en Él. Aquí, en esta
pobre vida, no nos cuidamos sino de servirnos de Dios; pretendemos abrirlo, como a un paraguas, para
que nos proteja de toda suerte de males.»
Díjose así y se agachó a recogerse los pantalones. Abrió el paraguas por fin y se quedó un
momento suspenso y pensando: «y ahora, ¿hacia dónde voy? ¿Tiro a la derecha o a la izquierda?»
Porque Augusto no era un caminante, sino un paseante de la vida. «Esperaré a que pase un perro —se
dijo— y tomaré la dirección inicial que él tome.»
En esto pasó por la calle no un perro, sino una garrida moza, y tras de sus ojos se fue, como
imantado y sin darse de ello cuenta, Augusto.
Y así una calle y otra y otra.
«Pero aquel chiquillo —iba diciéndose Augusto, que más bien que pensaba hablaba consigo
mismo—, ¿qué hará allí, tirado de bruces en el suelo? ¡Contemplar a alguna hormiga, de seguro! ¡La
hormiga. ¡bah!, uno de los animales más hipócritas! Apenas hace sino pasearse y hacernos creer que
trabaja. Es como ese gandul que va ahí, a paso de carga, codeando a todos aquellos con quienes se
cruza, y no me cabe duda de que no tiene nada que hacer. ¡Qué ha de tener que hacer, hombre, qué ha
de tener que hacer! Es un vago, un vago como... ¡No, yo no soy un vago! Mi imaginación no descansa.
Los vagos son ellos, los que dicen que trabajan y no hacen sino aturdirse y ahogar el pensamiento.
Porque, vamos a ver, ese mamarracho de chocolatero que se pone ahí, detrás de esa vidriera, a darle al
rollo majadero, para que le veamos, ese exhibicionista del trabajo, ¿qué es sino un vago? Y a nosotros
¿qué nos importa que trabaje o no? ¡El trabajo! ¡El trabajo! ¡Hipocresía! Para trabajo el de ese pobre
paralítico que va ahí medio arrastrándose... Pero ¿y qué sé yo? ¡Perdone, hermano! —esto se lo dijo en
voz alta—. ¿Hermano? ¿Hermano en qué? ¡En parálisis! Dicen que todos somos hijos de Adán. Y este,
Joaquinito, ¿es también hijo de Adán? ¡Adiós, Joaquín! ¡Vaya, ya tenemos el inevitable automóvil, ruido y
polvo! ¿Y qué se adelanta con suprimir así distancias? La manía de viajar viene de topofobía y no de
filotopía; el que viaja mucho va huyendo de cada lugar que deja y no buscando cada lugar a que llega.
Viajar... viajar... Qué chisme más molesto es el paraguas... Calla, ¿qué es esto?»
Y se detuvo a la puerta de una casa donde había entrado la garrida moza que le llevara imantado
tras de sus ojos. Y entonces se dio cuenta Augusto de que la había venido siguiendo. La portera de la
casa le miraba con ojillos maliciosos, y aquella mirada le sugirió a Augusto lo que entonces debía hacer.
«Esta Cerbera aguarda —se dijo— que le pregunte por el nombre y circunstancias de esta señorita a que
he venido siguiendo y, ciertamente, esto es lo que procede ahora. Otra cosa sería dejar mi seguimiento
sin coronación, y eso no, las obras deben acabarse. ¡Odio lo imperfecto!» Metió la mano al bolsillo y no
encontró en él sino un duro. No era cosa de ir entonces a cambiarlo, se perdería tiempo y ocasión en ello.
—Dígame, buena mujer —interpeló a la portera sin sacar el índice y el pulgar del bolsillo—,
¿podría decirme aquí, en confianza y para inter nos, el nombre de esta señorita que acaba de entrar?
—Eso no es ningún secreto ni nada malo, caballero.

Niebla	Miguel de Unamuno



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Juan 3 16 Porque Dios amó tanto al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todos los que creen en él no perezcan, sino que tengan vida eterna.

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