Primavera Triste Vicente Blasco Ibáñez | Libros para Leer OnLine

 Título:    Primavera Triste

Autor:    Vicente Blasco Ibáñez   

Categoria:    Literatura

Idioma:    Español


Primavera Triste Vicente Blasco Ibáñez




Vicente Blasco Ibañez
Primavera triste
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El viejo Tófol y la chicuela vivían esclavos de su huerto, fatigados por una
incesante producción.
Eran dos árboles más, dos plantas de aquel pedazo de tierra -no mayor que un
pañuelo, según decían los vecinos-, y del cual sacaban su pan a costa de fatigas.
Vivían como lombrices de tierra, siempre pegados al surco; y la chica, a pesar de su
desmedrada figura, trabajaba como un peón.
La apodaban la Borda, porque la difunta mujer del tío Tófol, en su afán de tener
hijos que alegrasen su esterilidad, la había sacado de la Inclusa. En aquel huertecillo
había llegado a los diecisiete años, que parecían once, a juzgar por lo enclenque de su
cuerpo, afeado aún más por la estrechez de unos hombros puntiagudos, que se curvaban
hacia afuera, hundiendo el pecho e hinchando la espalda.
Era fea; angustiaba a sus vecinas y compañeras de mercado con su tosecilla
continua y molesta; pero todas la querían. ¡Criatura más trabajadora! ... Horas antes de
amanecer, ya temblaba de frío en el huerto cogiendo fresas o cortando flores; era la
primera que entraba en Valencia para ocupar su puesto en el mercado; en las noches que
correspondía regar, agarraba valientemente el azadón y, con las faldas arremangadas,
ayudaba al tío Tófol a abrir bocas en los ribazos por donde se derramaba el agua roja de
la acequia, que la tierra, sedienta, y requemada, engullía con un glu-glu de satisfacción; y
los días que había remesa para Madrid, corría como loca por el huerto, saqueando los
bancales, trayendo a brazados los claveles y rosas, que los embaladores iban colocando
en cestos.
Todo se necesitaba para vivir con tan poca tierra. Había que estar siempre sobre
ella, tratándola como bestia reacia que necesita del látigo para marchar. Era una parcela
de un vasto jardín, en otro tiempo de los frailes, que la desmortización revolucionaria
había subdividido. La ciudad, ensanchándose amenazaba tragarse el huerto en su
desbordamiento de casas, y el tío Tófol, a pesar de hablar mal de sus terruños, temblaba
ante la idea de que la codicia tentase al dueño y los vendiese como solares.
Allí estaba su sangre: sesenta años de trabajo. No había un pedazo de tierra inactiva,
y aunque el huerto era pequeño, desde el centro no de veían las tapias: tal era la maraña
de árboles y plantas; nísperos y magnolieros, bancales de claveles, bosquecillos de
rosales, tupidas enredaderas de pasionarias y jazmines: todas cosas útiles, que daban
dinero y eran apreciadas por los tontos de la ciudad.
El viejo, insensible a las bellezas de su huerto, sólo ansiaba la cantidad. Quería
segar las flores en gavillas, como si fuesen hierba; cargar carros enteros de frutas
delicadas; y este anhelo de viejo avaro e insaciable martirizaba a la pobre Borda, que
apenas descansaba un momento, vencida por la tos, oía amenazas o recibía como brutal
advertencia un terronazo en los hombros.
Las vecinas de los inmediatos huertos protestaban. Estaban matando a la chica; cada
vez tosía más. Pero el viejo contestaba siempre lo mismo: había que trabajar mucho; el
amo no atendía razones en San Juan y en Navidad, cuando correspondía entregarle las
pagas de arrendamiento. Si la chica tosía era por vicio, pues no le faltaban su libra de pan
y su rinconcito en la cazuela de arroz; algunos días hasta comía golosinas: morcilla de
cebolla y sangre, por ejemplo; los domingos la dejaba divertirse, enviándola a misa como
una señora, y aún no hacía un año que le dió tres pesetas para una falda. Además, era su
padre, y el tío Tófol, como todos los labriegos de raza latina, entendía la paterni dad cual 
los antiguos romanos: con derecho de vida y muerte sobre los hijos, sintiendo cariño en lo
más hondo de su voluntad; pero demostrándolo con las cejas fruncidas y alguno que otro
palo.
La pobre Borda no se quejaba. Ella también quería trabajar mucho, para que nunca
le quitasen el pedazo de tierra, en cuyos senderos aún creía ver el zagalejo remendado de
aquella vieja hortelana, a la que llamaba madre cuando sentía la caricia de sus manos
callosas.
Allí estaba cuanto quería en el mundo: los árboles que la conocieron de pequeña y
las flores, que en su pensamiento inocente hacían surgir una vaga idea de maternidad.
Eran sus hijas, las únicas muñecas de su infancia, y todas las mañanas experimentaba la
misma sorpresa viendo las flores nuevas que surgían de sus capullos, siguiéndolas paso a
paso en su crecimiento, desde que, tímidas, apretaban sus pétalos, como si quisieran
retroceder y ocultarse, hasta que con repentina audacia estallaban como bombas de
colores y perfumes.
El huerto entonaba para ella una sinfonía interminable, en la cual la armonía de los
colores confundíase con el rumor de los árboles y el monótono canturreo de aquella
acequia fangosa y poblada de renacuajos, que, oculta por el follaje, sonaba como
arroyuelo bucólico.
En las horas de fuerte sol, mientras el viejo descansaba, iba la Borda de un lado a
otro, admirando las bellezas de su familia, vestida de gala para celebrar la estación. ¡ Qué
hermosa primavera! Sin duda, Dios cambiaba de sitio en las alturas, aproximándose a la
Tierra.
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Las azucenas de blanco raso, erguíanse con cierto desmayo, como las señoritas en
traje de baile que la pobre Borda había admirado muchas veces en las estampas; las
camelias, de color carnoso, hacían pensar en tibias desnudeces, en grandes señoras
indolentemente tendidas, mostrando los misterios de su piel de seda; las violetas
coqueteaban ocultándose entre las hojas para denunciarse con su perfume; las margaritas
destacábanse como botones de oro mate; los claveles, cual avalancha revolucionaria de
gorros rojos, cubrían los bancales y asaltaban los senderos; arriba, las magnolias
balanceaban su blanco cogollo como un incensario de marfil que esparcía incienso más
grato que el de las iglesias; y los pensamientos, maliciosos duendes, sacaban por entre el
follaje sus garras de terciopelo morado, y, guiñando las caritas barbudas, parecían decir a
la chica:
-Borda, Bordeta..., nos asamos. ¡Por Dios, un poquito de agua!
Lo decían, sí; oíalo ella, no con los oídos, sino con los ojos, y aunque los huesos le
dolían de cansada, corría a la acequia a llenar la regadera y bautizaba a aquellos pilluelos,
que bajo la ducha saludaban agradecidos.
Sus manos temblaban muchas veces al cortar el tallo de las flores. Por su gusto, allí
se quedarían hasta secarse; pero era preciso ganar dinero llenando los cestos que se
enviaban a Madrid.
Enviaba a las flores viéndolas emprender el viaje. ¡Madrid!... ¿Cómo sería aquello?
Veía una ciudad fantástica, con suntuosos palacios como los de los cuentos, brillantes
salones de porcelana con espejos que reflejaban millares de luces, hermosas señoras que
lucían sus flores; y tal era la intensidad de la imagen, que hasta creía haber visto todo
aquello en otros tiempos; tal vez antes de nacer.
En aquel Madrid estaba el señorito, el hijo de los amos, con el cual había jugado
muchas veces siendo niña, y de cuya presencia huyó avergonzada el verano anterior,
cuando, hecho un arrogante mozo, visitó el huerto. ¡Pícaros recuerdos! Ruborizábase
pensando en las horas que pasaron siendo niños, sentados en un ribazo, oyendo ella la
historia de Cenicienta, la niña despreciada convertida repentinamente en arrogante
princesa.
La eterna quimera de todas las niñas abandonadas venía entonces a tocarle en la
frente con sus alas de oro. Veía detenerse un soberbio carruaje en la puerta del huerto;
una hermosa señora la llamaba: <q Hija mía!..., por fin te encuentro»; ni más ni menos
que en la leyenda; después, los trajes magníficos, un palacio por casa, y, al final, como no
hay príncipes disponibles a todas horas para casarse, contentábase modestamente con
hacer su marido al señorito.
¿Quién sabe?... Y cuando más esperanzada se ponía en el futuro, la realidad la
despertaba en forma de brutal terronazo, mientras el viejo decía con voz áspera:
-¡Arre!, que ya es hora.
Y otra vez al trabajo, a dar tormento a la tierra, que se quejaba cubriéndose de
flores.
El sol caldeaba el huerto, haciendo estallar las cortezas de los árboles, en las tibias
madrugadas sudábase al trabajar como si fuese mediodía, y a pesar de esto, la Borda,
cada vez más delgada y tosiendo más.
Parecía que el color y la vida que faltaban en su rostro se lo arrebataban las flores, a
las que besaba con inexplicable tristeza.
Nadie pensó en llamar al médico. ¿Para qué? Los médicos cuestan dinero, y el tío
Tófol no creía en ellos. Los animales saben menos que las personas y lo pasan tan
ricamente sin médicos no boticas.
Una mañana en el mercado, las compañeras de la Borda cuchicheaban, mirándola
compasivamente. Su fino oído de enfermera lo escuchó todo. Caería cuando cayesen las
hojas.
Estas palabras fueron su obsesión. Morir... ¡ Bueno, se resignaba!; por el pobre
viejo lo sentía, falto de ayuda. Pero al menos que muriese como su madre, en plena
primavera, cuando todo el huerto lanzaba risueño su loca carcajada de colores: no cuando
se despuebla la tierra, cuando los árboles parecen escobas, y las apagadas flores de
invierno se alzan tristes de los bancales.
¡Al caer las hojas!... Aborrecía los árboles, cuyos ramajes se desnudaban como
esqueletos del otoño; huía de ellos como si su sombra fuese maléfica, y adoraba una
palmera que el siglo anterior plantaron los frailes; esbelto gigante, con la cabeza coronada
de un surtidor de ondulantes plumas.
Aquellas hojas no caían nunca. Sospechaba que tal vez fuese una tontería; pero su
afán por lo maravilloso le hacía sentir esperanzas, y, como el que busca la curación al pie
de imagen milagrosa, la pobre Borda pasaba los ratos de descanso al pie de la palmera,
que la protegía con la sombra de sus punzantes ramas.
Allí pasó el verano viendo cómo el sol, que no la calentaba, hacía humear la tierra,
cual si de sus entrañas fuese a sacar un volcán; allí la sorprendieron los primeros vientos
del otoño, que arrastraban las hojas secas. Cada vez estaba más delgada, más triste, con
una finura tal de percepción que oía los sonidos más lejanos, Las mariposas blancas que
revoloteaban en torno de su cabeza pegaban las alas en el sudor frío de su frente, como si
quisieran tirar de ella, arrastrándola a otros mundos, donde las flores nacen
espontáneamente, sin llevarse en sus colores y perfumes algo de la vida de quien las
cuida.
Las lluvias de invierno no encontraron ya a la Borda. Cayeron sobre el encorvado
espinazo del viejo, que estaba, como siempre, con la azada en las manos y la vista en el
surco.
Cumplía su destino con la indiferencia y el valor de un disciplinado soldado de la
miseria. Trabajar, trabajar mucho para que no faltase la cazuela de arroz y la paga al amo.
Estaba solo: la chica había seguido a su madre. Lo único que le quedaba era aquella
tierra traidora que se chupaba a las personas y acabaría con él, cubierta siempre de flores, 
perfumada y fecunda, como si sobre ella no hubiese soplado la muerte. Ni siquiera se
había secado un rosal para acompañar a la pobre Borda en su viaje.
Con sus setenta años tenía que hacer el trabajo de dos; removía la tierra con más
tenacidad que antes, sin levantar la cabeza, insensible a la engañosa belleza que le
rodeaba, sabiendo que era el producto de su esclavitud, animado únicamente por el deseo
de vender bien la hermosura de la Naturaleza, y segando las flores con el mismo
entusiasmo que si segara hierba.
FIN

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