Libro: El Establo de Eva de Vicente Blasco Ibáñez

 Título:    El Establo de Eva

Autor:    Vicente Blasco Ibáñez   

Categoria:    Literatura

Idioma:    Español

El Establo de Eva Vicente Blasco Ibáñez


Vicente Blasco Ibañez
El establo de Eva

Fragmento

Siguiendo con mirada famélica el hervor del arroz en la paella, los segadores de la
masía, escuchaban al tío Correchola, un vejete huesudo que enseñaba por la entreabierta
camisa un matorral de pelos grises.
Las caras rojas, barnizadas por el sol, brillaban con el reflejo de las llamas del
hogar: los cuerpos rezumaban el sudor de la penosa jornada, saturando de grosera
vitalidad la atmósfera ardiente de la cocina, y a través de la puerta de la masía, bajo un
cielo de color violeta en el que comenzaban a brillar las estrellas, veíanse los campos
pálidos e indecisos en la penumbra del crepúsculo, unos segados ya, exhalando por las
resquebrajaduras de su corteza el calor del día, otros con ondulantes mantos de espigas,
estremeciéndose bajo los primeros soplos de la brisa nocturna.

Publicidade


El viejo se quejaba del dolor de sus huesos. ¡Cuánto costaba ganarse el pan! ... Y
este mal no tenía remedio: siempre existían pobres y ricos, y el que nace para víctima
tiene que resignarse. Ya lo decía su abuela: la culpa era de Eva, de la primera mujer...
¿De qué no tendrán culpa ellas?
Y al ver que sus compañeros de trabajo -muchos de los cuales lo conocían poco
tiempo- mostraban curiosidad por enterarse de la culpa de Eva, el tío Correchola
comenzó a contar, con pintoresco valenciano, la mala partida jugada a los pobres por la
primera mujer.
El suceso se remontaba nada menos que a algunos años después de haber sido
arrojado del Paraíso el rebelde matrimonio, con la sentencia de ganarse el pan trabajando.
Adán se pasaba los días destripando terrones y temblando por sus cosechas; Eva
arreglaba, en la puerta de su masía, sus zagalejos de hojas..., y cada año un chiquillo más
formándose en tomo de ellos un enjambre de bocas que sólo sabían pedir pan, poniendo
en un apuro al pobre padre.
De cuando en cuando revoloteaba por allí algún serafin, que venía a dar un vistazo
al mundo para contar al Señor cómo andaban las cosas de aquí abajo después del primer
pecado.
-~Niño!... ¡Pequeñín! -gritaba Eva con la mejor de sus sonrisas-. ¿Vienes de arriba?
¿Cómo está el Señor? Cuando le hables, dile que estoy arrepentida de mi desobediencia...
¡Tan ricamente que lo pasábamos en el Paraíso!... Dile que trabajamos mucho, y sólo
deseamos volver a verle para convencernos de que no nos guarda rencor.
-Se hará como se pide -contestaba el serafín.
Y con dos golpes de ala, visto y no visto, se perdía entre las nubes. Menudeaban los
recado s de este género, sin que Eva fuese atendida. El Señor permanecía invisible, y
según noticias, andaba muy ocupado en el arreglo de sus infinitos dominios, que no le
dejaban un momento de reposo.
Una mañana, un correveidile celeste se detuvo ante la masía.
-Oye, Eva: si esta tarde hace buen tiempo, es posible que el señor baje a dar una
vueltecita. Anoche, hablando con el arcángel Miguel, preguntaba: «~,Qué será de
aquellos perdidos?»

Eva quedó como anonadada por tanto honor. Llamó a gritos a Adán, que estaba en
un bancal vecino doblando, como siempre, el espinazo. ¡La que se armó en la casa! Lo 
mismo que en víspera de la fiesta del pueblo, cuando las mujeres vuelven de Valencia
con sus compras. Eva barrió y regó la entrada de la masía, la cocina y los estudis; puso a
la cama la colcha nueva, fregoteó las sillas con jabón y tierra, y entrando en el aseo de las
personas, se plantó su mejor saya, endosando a Adán una casaquilla de hojas de higuera
que le había arreglado para los domingos.
Ya creía tenerlo todo corriente, cuando le llamó la atención el griterío de su
numerosa prole. Eran veinte o treinta..., o Dios sabe cuántos. ¡Y cuán feos y repugnantes
para recibir al Todopoderoso! El pelo enmarañado, la nariz con costras, los ojos
pitarrosos, el cuerpo con escamas de suciedad.
-~,Cómo presento esta pillería -gritaba Eva-. El Señor dirá que soy una descuidada,
una mala madre... ¡Claro, los hombres no saben lo que es bregar con tanto chiquillo!
Después de muchas dudas, escogió los preferidos Qqué madre no los tiene!), lavó
los tres más guapitos, y a cachetes llevó hasta el retablo a todo aquel rebaño triste y
sarnoso, encerrándolo, a pesar de sus protestas.
Ya era hora. Una nube blanquísima y luminosa descendía por el horizonte, y el
espacio vibraba con rumor de alas y la melodía de un coro que se perdía en el infinito,
repitiendo con mística monotonía:
¡Hosanna!, ¡hosanna!...Ya echaban pie a tierra, ya venían por el camino, con tal
resplandor que parecía que todas las estrellas del cielo ha bían bajado a pasear por entre
los bancales de trigo.
....
El Establo de Eva	Vicente Blasco Ibáñez


>> 10 Obras de Vicente Blasco Ibáñez


LexiWiki es un sitio sobre cultura en general que aborda temas como literatura, películas, educación, religión, música, libros gratuitos de dominio público, para descargar y leer en cualquier tecnología como smartphones, tablets o tabletas, computadores portátiles, laptops entre otros. Todo el contenido es informativo y no debe considerarse como un servicio
Publicaciones relacionados, sugeridos y anuncios

 
Acerca | Condiciones de Uso | Politica de Cookies | Politica de Privacidad

Juan 3 16 Porque Dios amó tanto al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todos los que creen en él no perezcan, sino que tengan vida eterna.

voltar