La Cencerrada Vicente Blasco Ibáñez | Libros para Leer

 Título:    La Cencerrada

Autor:    Vicente Blasco Ibáñez   Listar as obras deste autor

Categoria:    Literatura

Idioma:    Espanhol


La Cencerrada Vicente Blasco Ibáñez


Vicente Blasco Ibañez
La Cencerrada

Fragmento


I
Todos los vecinos de Benimuslim acogieron con extrañeza la noticia.
Se casaba el tío Sento, uno de los prohombres del pueblo, el primer contribuyente
del distrito, y la novia era Marieta, guapa chica, hija de un carretero, que no aportaba al
matrimonio otros bienes que aquella cara morena, con su sonrisa de graciosos hoyuelos y
los ojazos negros que parecían adormecerse tras las largas pestañas, entre los dos roquetes de apretado y brillante cabello que, adornados con pobres horquillas, cubrían sus
sienes.
Por más de una semana esta noticia conmovió al tranquilo pueblecito que, entre una
inmensidad de viñas y olivares, alzaba sus negruzcos tejados, sus tapias de blancura
deslumbrante, el campanario con su montera de verdes tejas y aquella tone cuadrada y
roja, recuerdo de los moros que, destacaba, soberbia, sobre el intenso azul del cielo, su
corona de almenas rotas o desmoronadas como una encía vieja.
El egoísmo rural no salía de su asombro. Muy enamorado debía de estar el tío Sento
para casarse, violando tan escandalosamente las costumbres tradicionales. ¿Cuándo se
había visto a un hombre que era dueño de la cuarta parte del término, con más de cien
botas en la bodega y cinco mulas en la cuadra, casarse con una chica que de pequeña
robaba fruta o ayudaba en las faenas de las casas ricas para que le diesen de comer?
Todos decían lo mismo: «¡Ah, si levantase cabeza la siñá Tomasa, la primera mujer
del tío Sento, y viese que su caserón de la calle Mayor, sus campos y su estudi, con
aquella cama monumental de que tan orgullosa estaba, iba a ser para la mocosuela que en
otros tiempos le pedía una rebanada de pan!»

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Aquel hombre debía estar loco. No había más que ver el aire de adoración con que
contemplaba a Marieta, la sonrisa boba con que acogía todas sus palabras y las actitudes
de chaval con que se mostraba a los cincuenta y seis años bien cumplidos. Y las que más
protestaban contra aquel hecho inaudito eran las chicas de las familias acomodadas, que,
siguiendo las egoístas tradiciones, no hubieran tenido inconveniente en entregar su
morena mano a aquel gallo viejo, que se apretaba la exuberante panza con la faja de seda
negra y mostraba sus ojillos pardos y duros bajo el sombrajo de una cejas salientes y
enormes, que según expresión de sus enemigos, tenían más de media arroba de pelo.
La gente estaba conforme en que el tío Sento había perdido la razón. Cuanto poseía
antes de casarse y todo lo que había heredado de la siñá Tomasa iba a ser de Marieta, de
aquella mosca muerta, que había conseguido turbarle de tal modo que hasta las devotas a
la puerta de la iglesia murmuraban si la chica tendría hecho pacto con el Malo y habría
dado al viejo polvos seguidores.
El domingo en que se leyó la primera amonestación, el escándalo fué grande.
Después de la misa mayor, había que oír a los parientes de la siñá Tomasa: «Aquello era
un robo, sí, señor; la difunta se lo había dejado todo a su marido, creyendo que no la
olvidaría jamás, y ahora el muy ladrón, a pesar de sus años, buscaba un bocado tierno y le
regalaba lo de la otra. No había justicia en la Tierra si aquello se consentía. Pero ¡vaya
usted a reclamar en estos tiempos! Bien decía don Vicente, el siñor retor, que ahora todo 
está perdido. Debía mandar don Carlos, que es el único que persigue a los pillos.»
Así vociferaban en los corrillos de la plaza los que se creían perjudicados por el
futuro matrimonio, ayudándoles en la murmuración casi todos los vecinos de
Benimuslim.
El caso era que el tal casamiento no acabaría bien. Aquel vej esto-rio atacado de
rabia amorosa estaba destinado a llorar su calaverada. ¡Pequeños iban a ser los adornos!...
Todo el pueblo sabía que Marieta tenía un novio, Toni el Desganat, un vago que
había pasado la niñez con ella correteando por las viñas, y ahora, al ser mayor, la quería
con buen fin, esperando para casarse que le entrasen ganas de trabajar y perder la
costumbre de beberse en la taberna los cuatro terrones de su herencia en compañía de su
amigo el dulzainero Dimoni, otro perdido, que venía a buscarle del inmediato pueblo para
tomar juntos famosas borracheras, que dormían en los pajares.
Los parientes de la siñá Tomasa miraban ahora con simpatía al Desgarrat. Este se
encargaría de vengarlos.

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Y los mismos que antes le despreciaban, los ricachos que volvían la cara al
encontrarle, buscábanle en la taberna el día de la primera amonestación, plantándose ante
el muchachote, que estaba sentado en un taburete de cuerda, con la vistosa manta sobre
las rodillas, la colilla pegada al labio y la mirada fija en el porrón, que, herido por un rayo
de sol, reflejaba inquieta mancha roja sobre el cinc de la mesilla.
-~Che, Desgarrat! -le decían con sorna-. Marieta se casa.
Pero el Desgarrat acogía esta burla levantando los hombros. Aquello aún había de
verse. Hasta el fin nadie es dichoso, y él... ¡recordóns!, ya sabían todos que era muy
hombre para vérselas con el tío Sento, que también la echaba de terne.
Así era, y por lo mismo todos esperaban un choque ruidoso.
Allí iba a pasar algo.
Al tío Sento -según propia afirmación- nadie le ganaba a bruto. Levantaba mucho
peso en las elecciones, tenía grandes amigos en Valencia, había sido alcalde varias veces
y estaba acostumbrado a enarbolar en medio de la plaza el grueso gayato de Liria para
sacudirle dos palos con la mayor impunidad al primero que le incomodaba.
....

La Cencerrada	Vicente Blasco Ibáñez

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