Noche de Bodas Vicente Blasco Ibáñez

 Título:    Noche de Bodas

Autor:    Vicente Blasco Ibáñez   

Categoria:    Literatura

Idioma:    Español

Noche de Bodas Vicente Blasco Ibáñez



Vicente Blasco Ibañez
Noche de bodas

I
Fué aquel jueves, para Benimaclet, un verdadero dia de fiesta.
No se tiene con frecuencia la satisfacción de que un hijo del pue blo, un arrapiezo,
al que se ha visto corretear por las calles descalzo y con la cara sucia, se convierta, tras
años y estudios, en todo un señor cura: por esto, pocos fueron los que dejaron de asistir
a la primera misa que cantaba Visantet, digo mal, don Vicente, el hijo de la siñá
Pascuala y el tio Nelo, conocido por el Bollo.
Desde la plaza, inundada por el tibio sol de primavera, en cuya atmósfera
luminosa moscas y abejorros trazaban sus complicadas contradanzas brillando como
chispas de oro, la puerta de la iglesia, enorme boca por la que escapaba el vaho de la
multitud, parecia un trozo de negro cielo, en el que se destacaban como simétricas
constelaciones los puntos luminosos de los cirios.
¡Qué derroche de cera! Bien se conocia que era la madrina aquella señora de
Valencia, de la que los Bollos eran arrendatarios, la cual habia costeado la carrera del
chico.
En toda la iglesia no quedaba capillita ni hueco donde no ardiesen cirios; las
arañas, cargadas de velas, centelleaban con irisados reflejos, y al humo de la cera uniase
el perfume de las flores, que formaban macizos sobre la mesa del altar, festoneaban las
comisas y pendian de las lámparas en apretados manojos.
Era antigua la amistad entre la familia de los Bollos y la siñá Tona y su hija,
famosas floristas que tenian su puesto en el mercado de Valencia, y nada más natural
que las dos mujeres hubiesen pasado a cuchillo su huerto, matando la venta de una
semana para celebrar dignamente la primera misa del hijo de la siñá Pascuala.
Parecia que todas las flores de la vega habian huido para refugiarse alli,
empujándose medrosicas hacia la bóveda. El Sacramento asomaba entre dos enormes
pirámides de rosas, y los santos y ángeles del altar mayor aparecian hundidos hacia el
dorado vientre en aquella nube de pétalos y hojas que, a la luz de los cirios, mostraban
todas las notas de color, desde el verde esmeralda y el rojo sanguineo hasta el suave
tono del nácar.
Aquella muchedumbre, que, estrujándose, olia a lana burda y sudor de salud,
sentiase en la iglesia mejor que otras veces, y encontraba cortas las dos horas de
ceremonia.

Acostumbrados los más de ellos a recoger como oro los nauseabundos residuos de
la ciudad, a revolver a cada instante en sus campos los estercoleros, en los cuales estaba
la cosecha futura, su olfato estremeciase con intensa voluptuosidad, halagado por las
frescas emanaciones de las rosas y los claveles, los nardos y las azucenas, a las que se
unia el oriental perfume del incienso. Sus ojos turbábanse con el incesante centelleo de
aquel millar de estrellas rojas, y les causaba extraña embriaguez el dulce lamento de los
violines, la grave melopea de los contrabajos, y aquellas voces que desde el coro, con
acento teatral, cantaban en un idioma desconocido, todo para mayor gloria del Bollo.
La muchedumbre estaba satisfecha. Miraba la deslumbrante iglesia como un
palacio encantado que fuese suyo. Asi, entre músicas, flores e incienso, debia estarse en
el cielo, aunque un poco más anchos y sudando menos.
Todos se hallaban en la casa de Dios por derecho propio. Aquel que estaba alli
arriba, sobre las gradas del altar, cubierto de doradas vestiduras, moviéndose con
solemnidad entre azuladas nubecillas, y a quien el predicador dedicaba sus más
tonantes periodos, era uno de los suyos, uno más que se libraba del rudo combate con la
tierra para hacer concebir incesantemente a sus cansadas entrañas.
Los más le habian tirado de la oreja, por ser mayores; otros habian jugado con él a
las chapas, y todos le habian visto ir a Valencia a recoger estiércol con el capazo a la
espalda, o arañar con la azada esos pequeños campos de nuestra vega que dan el
sustento a toda una familia.
Por esto su gloria era la de todos; no habia quien no creyese tener su parte en
aquel encumbramiento, y las miradas estaban fijas en el altar, en aquel mocetón
fornido, moreno, lustroso, resto viviente de la invasión sarracena, que asomaba por
entre niveos encajes sus manazas nervudas y vellosas, más acostumbradas a manejar la
azada que a tocar con delicadeza los servicios del altar.
También él, en ciertos momentos, paseaba su mirada, con expresión de ternura,
por aquel apiñado concurso. Sentado en sillón de terciopelo, entre sus dos diáconos,
viejos sacerdotes que le habian visto nacer, oia conmovido la voz atronadora del
predicador ensalzando la importancia del sacerdote cristiano y elogiando el nuevo
combatiente de la fe, que con aquel acto entraba a formar parte de la milicia de la
Iglesia.

Si; era él: aquel dia se emancipaba de la esclavitud del terruño, entraba en este
mundo poderoso que no repara en origenes; escala accesible a todos, que se remonta
desde el misero cura, hijo de mendigos, al vicario de Dios; tenia ante su vista un
porvenir inmenso, y todo lo debia a sus protectores, a aquella buena señora, obesa y
sudorosa, bajo la mantilla de blonda y el negro traje de terciopelo, y a su hijo, al que el
celebrante, por la costumbre de humilde arrendatario, habia de llamar siempre el
señorito.
Noche de Bodas	Vicente Blasco Ibáñez


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