La Sombra Hans Christian Andersen | Libros Gratuitos

 Título:    La Sombra

Autor:    Hans Christian Andersen   

Categoria:    Literatura Infantil

Idioma:    Espanhol


La Sombra Hans Christian Andersen




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1
La Sombra
Hans Christian Andersen
2

En los países cálidos, ¡allí sí que calienta el sol! La gente llega a parecer de caoba;
tanto, que en los países tórridos se convierten en negros. Y precisamente a los países
cálidos fue adonde marchó un sabio de los países fríos, creyendo que en ellos podía
vagabundear; como hacía en su tierra, aunque pronto se acostumbró a lo contrario. Él y
toda la gente sensata debían quedarse puertas adentro. Celosías y puertas se
mantenían cerradas el día entero; parecía como si toda la casa durmiese o que no
hubiera nadie en ella. Además, la callejuela con altas casas donde vivía estaba
construida de tal forma que el sol no se movía de ella de la mañana a la noche; era, en
realidad, algo inaguantable. Al sabio de los países fríos, que era joven e inteligente, le
pareció que vivía en un horno candente, y le afectó tanto, que empezó a adelgazar.
Incluso su sombra menguó y se hizo más pequeña que en su país; el sol también la
debilitaba. Tanto uno como otra no comenzaban a vivir hasta la noche, cuando el sol se
había puesto.
Era digno de verse. En cuanto entraba luz en el cuarto, la sombra se estiraba por
toda la pared, incluso hasta el techo, tenía que hacerlo para recuperar su fuerza. El
sabio salía al balcón, para desperezarse, y así que las estrellas asomaban en el
maravilloso aire puro, era para él como volver a vivir. En todos los balcones de la calle
–y en los países cálidos todos los huecos tienen balcones– había gente asomada,
porque uno tiene que respirar; por muy acostumbrado que se esté a ser de caoba.
Había gran animación, arriba y abajo. Los zapateros, los sastres, todo el mundo estaba
en la calle, fuera estaban las mesas y las sillas, y brillaban las luces –sí, más de mil
había encendidas–. Uno hablaba y otro cantaba, y la gente paseaba y rodaban los
coches, los asnos pasaban –¡tilín, tilín, tilín!– sonando los cascabeles. Había entierros y
cantos fúnebres, los chicos disparaban cohetes y las campanas volteaban –sí, había
una vida tremenda en la calle–. Sólo la casa frente a la del sabio extranjero estaba en
silencio completo. Y, sin embargo, alguien vivía en ella, porque había flores en el
balcón que crecían espléndidamente al calor del sol, para lo que necesitaban ser
regadas –luego alguien debía haber allí–. La puerta del balcón aparecía también
abierta por la tarde, pero el interior estaba en sombra, por lo menos en la habitación
delantera. De dentro llegaba sonido de música. Al sabio extranjero le pareció
extraordinaria la música, pero bien podía ser pura imaginación suya, porque todo lo
encontraba extraordinario en los países cálidos excepto lo referente al sol–. Su casero
dijo que no sabía quién había alquilado la casa, no se veía a nadie y en cuanto a la
música se refería, creía que era horriblemente aburrida.
–Es como si alguien tratase de ensayar una pieza que no puede dominar; siempre
la misma. «¡Pues lo tengo que sacar!», dice, pero no lo consigue por mucho que toque.
Una noche el extranjero despertó; dormía con la puerta del balcón abierta. La
cortina se levantó con el viento, y le pareció que venía una luz fantástica del balcón de
enfrente. Todas las flores resplandecían como llamas de los colores más espléndidos y
en medio de las flores se encontraba una esbelta, atractiva doncella, que parecía
también resplandecer. De tal forma le deslumbró, que abrió los ojos
desmesuradamente y se despertó del todo. De un salto estuvo en el suelo, muy
despacio se acercó a la cortina, pero la doncella había desaparecido, el resplandor se
había apagado; las flores no brillaban, pero seguían siendo tan bonitas como siempre; 
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la puerta estaba entornada y de las profundidades venía una música tan suave y
encantadora, que inspiraba los más dulces pensamientos. Era, sin embargo, como
cosa de magia. Y ¿quién vivía allí? ¿Dónde estaba la verdadera entrada? Todo el piso
bajo era una tienda tras otra y no era posible que la gente pasara por ellas.
Una noche el extranjero estaba sentado en su balcón, con una luz encendida en el
cuarto a espaldas suyas, por lo que, como es natural, su sombra estaba en la pared de
enfrente. Sí, allí estaba sentada exactamente enfrente entre las flores del balcón, y
cuando el extranjero se movía, también se movía la sombra, porque así es como hacen
las sombras.
–Parece como si mi sombra fuese el único ser vivo que se viera enfrente –dijo el
sabio–. Con qué delicadeza se sienta entre las flores. La puerta está entreabierta, ¡si la
sombra fuese tan lista como para entrar; mirar en torno suyo y venir después a
contarme lo que hubiera visto! Si, haz algo útil –dijo en broma–. ¡Vamos, entra!
¡Vamos, ahora!
Y le hizo gestos con la cabeza a la sombra, y la sombra le correspondió:
–¡Anda, pero no te pierdas!
Y el extranjero se levantó, y su sombra allá en el balcón de enfrente se levantó
también; y el extranjero se volvió y la sombra se volvió también; por si acaso alguien
hubiera estado observando, hubiera visto claramente que la sombra se colaba por la
puerta entornada de la casa de enfrente, al tiempo que el extranjero entraba en su
cuarto y corría la larga cortina tras de si.
A la mañana siguiente salió el sabio a tomar café y leer los periódicos.
–¿Qué pasa? –dijo, cuando salió al sol–. ¡Me he quedado sin sombra! Luego se
marchó anoche de verdad y no ha vuelto aún. ¡Qué fastidio!
Y eso le enojó, no tanto porque la sombra se hubiera ido, sino porque sabía de la
existencia de una historia sobre el hombre sin sombra, conocida por todos en su patria
allá en los países fríos, y en cuanto el sabio regresara y contase la suya, dirían que la
había copiado, y eso no le hacía maldita gracia. Por tanto, no diría una palabra, lo cual
estaba muy bien pensado.
Por la noche salió de nuevo al balcón. Había colocado la luz detrás de si, en la
debida posición, porque sabía que la sombra gusta de tener siempre a su dueño por
pantalla, pero no pudo atraerla. Se encogió, se estiró, pero no había sombra alguna
que volviera. Dijo:
–¡Ejem! ¡Ejem! –pero sin resultado.
Era un fastidio, pero en los países cálidos todo crece tan rápidamente que al cabo
de ocho días observó, con gran satisfacción, que le crecía una sombra de las piernas
cuando salía el sol –quizá la raíz había quedado dentro–. A las tres semanas, tenía una
sombra de considerables dimensiones que, cuando regresó a su patria en los países
nórdicos, creció más y más durante el viaje, hasta que al final era tan larga y tan
grande que la mitad hubiera bastado. 
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De esta forma regresó el sabio a su casa y escribió libros sobre cuanto había de
verdadero en el mundo, lo que había de bueno y de hermoso, y pasaron días y pasaron
años; pasaron muchos años.
Una noche estaba sentado en su cuarto cuando llamaron muy quedamente a la
puerta.
–¡Adelante! contestó, pero nadie entro.
Así es que fue a abrir y vio ante él a un hombre tan sumamente delgado que quedó
atónito. Por lo demás, el hombre iba espléndidamente vestido, debía ser una persona
distinguida.
–¿Con quién tengo el honor de hablar? –preguntó el sabio.
–¡Ah!, ya pensé que no me reconocería –dijo el hombre elegante–. Me he hecho
tan corpóreo que hasta tengo carne y ropas. Seguro que nunca había pensado usted
en verme en tal prosperidad. ¿No reconoce usted a su vieja sombra? No creía usted
que volviera, ¿verdad? Me ha ido espléndidamente desde que estuve con usted. ¡He
sido, en todos los sentidos, muy afortunado! Si tuviera que rescatar mi libertad, podría
hacerlo.
Y repiqueteó un manojo de preciosos dijes que colgaban del reloj y pasó la mano
por la gruesa cadena de oro que llevaba al cuello.
¡Huy!, todos los dedos fulguraron con anillos de diamantes, todos auténticos.
–No, no puedo hacerme idea de lo que significa esto –dijo el sabio.
–Ya, no es nada corriente –dijo la sombra–, pero usted tampoco es nada corriente
y yo, bien sabe usted, desde que era así de chiquito he seguido sus huellas. En cuanto
usted descubrió que yo estaba a punto para ir solo por el mundo, seguí mi camino. Me
encuentro en una situación excepcionalmente afortunada, pero me ha acometido cierto
deseo de volverle a ver antes de que usted muera, porque usted ha de morir. También
me gustaría visitar este país, porque la patria siempre tira. Veo que tiene usted otra
sombra. ¿Le debo algo a ella o bien a usted? Hágame el favor de decírmelo.
–¡Bueno! ¿Pero eres tú? –dijo el sabio–. ¡Es extraordinario! ¡Nunca habría creído
que la vieja sombra de uno pudiera regresar como persona!
–Dígame cuánto le debo –dijo la sombra–, porque no me gustaría deberle nada.
–¿Cómo puedes hablar así? –dijo el sabio–. ¿De qué deuda hablas? No me debes
nada. Me alegra extraordinariamente tu suerte. Siéntate, querido amigo, y cuéntame
cómo te ha ido y lo que viste en la casa de enfrente, allá en los países cálidos.
–Sí que le contaré –dijo la sombra, y se sentó–, pero antes me tiene usted que
prometer que no ha de decirle a nadie en la ciudad, caso de que nos encontremos, que
yo he sido su sombra. Pienso casarme; puedo de sobra mantener a una familia.
–¡Estáte tranquilo! –dijo el sabio–. No le diré a nadie quién eres en realidad. Ésta
es mi mano. ¡Palabra de hombre! 
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–¡Palabra de sombra! –dijo la sombra, que era lo que le correspondía decir.
Era, por otra parte, de veras notable lo humana que se había vuelto la sombra.
Vestía del más riguroso negro y el paño más selecto, botas de charol y sombrero que
podía cerrarse, hasta quedar reducido a corona y alas –sin hablar de lo ya mencionado:
dijes, cadenas de oro y anillos de diamantes–. Ya lo creo: la sombra iba
extraordinariamente bien vestida, y era precisamente esto lo que la hacía tan humana.
–Ahora voy a contarle –dijo la sombra, y plantó sus botas de charol lo más fuerte
que pudo sobre el brazo de la nueva sombra del sabio, que yacía como un perro
faldero a sus pies.
Y esto lo hizo bien por orgullo, bien con la intención de que se le quedase pegada.
Y la sombra del suelo permaneció quieta y en silencio, resuelta a no perder detalle;
deseaba, sobre todo, enterarse de cómo puede uno manumitirse y llegar a convertirse
en su propio señor.
–¿Sabe usted quién vivía en la casa de enfrente? –dijo la sombra–. ¡La más bella
de todas, la Poesía! Estuve allí tres semanas y su efecto ha sido como si hubiera vivido
tres mil años y hubiera leído cuanto se ha cantado y se ha escrito. Lo digo y es cierto.
¡Lo he visto todo y lo sé todo!
–¡La Poesía! –gritó el sabio–. Sí, sí, vive con frecuencia en las grandes ciudades,
en soledad. ¡La Poesía! ¡Si, la vi tan sólo un instante, pero el sueño pesaba en mis
ojos! Estaba en el balcón y brillaba como brilla la aurora boreal. ¡Cuenta, cuenta!
Estabas en el balcón, entraste por la puerta, ¿y después?
–Me encontré en la antesala –dijo la sombra–. Lo que usted siempre veía era la
antesala– No había luz alguna, sólo una especie de crepúsculo, pero las puertas daban
unas a otras en una larga serie de salas y salones; y estaba tan iluminado, que la luz
me hubiera matado de haber ido directamente ante la doncella; pero fui prudente, y
tomé tiempo, como debe hacerse.
–¿Y entonces qué viste? –preguntó el sabio.
–Lo vi todo, y se lo contaré, pero... no es orgullo por mi parte, pero... como ser libre
que soy y con los conocimientos que tengo, para no hablar de mi buena posición, mis
excelentes relaciones..., desearía que me llamase de usted.
–¡Dispense usted! –dijo el sabio–. Son los viejos hábitos los que más cuesta
abandonar. Tiene usted toda la razón y lo tendré presente. Pero cuénteme ahora lo que
vio.
–¡Todo! –dijo la sombra–. Lo vi todo y lo sé todo.
–¿Qué aspecto tenían los cuartos interiores? –preguntó el sabio–. ¿Eran como el
fresco bosque? ¿Eran como un templo? ¿Eran los cuartos como el cielo estrellado,
cuando se está en las altas montañas?
–¡Todo estaba allí! –dijo la sombra–. No entré hasta el final, me quedé en el cuarto
delantero, a media luz, pero era un puesto excelente, ¡lo vi todo y lo supe todo! He
estado en la corte de la Poesía, en la antesala. 
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–¿Pero qué es lo que vio? ¿Estaban en el gran salón los dioses de la Antigüedad?
¿Luchaban allí los viejos héroes? ¿Jugaban niños encantadores y contaban sus
sueños?
–Le digo que estuve allí y debe comprender que vi todo lo que había que ver. Si
usted hubiera estado allí, no se habría convertido en ser humano, pero yo sí. Y además
aprendí a conocer lo íntimo de mi naturaleza, lo congénito, el parentesco que tengo con
la Poesía. Sí, cuando estaba con usted no pensaba en ello, pero siempre, sabe usted,
al salir y al ponerse el sol, me hacía extrañamente largo; a la luz de la luna me
recortaba casi con mayor precisión que usted. Yo no entendía entonces mi naturaleza,
en la antesala se me reveló. Me volví ser humano. Al salir había completado mi
madurez, pero usted ya no estaba en los países cálidos. Me avergoncé como hombre
de ir como iba, necesitaba botas, trajes, todo este barniz humano, que hace
reconocible al hombre. Me refugié (sí, puedo decírselo, usted no lo contará en ningún
libro), me refugié en las faldas de una vendedora de pasteles, bajo ellas me escondí; la
mujer no tenía idea de lo que ocultaba. No salí hasta que llegó la noche; corrí por la
calle a la luz de la luna. Me estiré sobre la pared (¡qué deliciosas cosquillas produce en
la espalda!). Corrí arriba y abajo, curioseé por las ventanas más altas, tanto en el salón
como en la buhardilla. Miré donde nadie puede mirar, y vi lo que ningún otro ve, lo que
nadie debe ver. Si bien se considera, éste es un cochino mundo. No querría ser
hombre, si no fuera porque está bien considerado el serlo. Vi las cosas más
inimaginables en las mujeres, los hombres, los padres y los encantadores e
incomparables niños; vi –dijo la sombra– lo que ningún hombre debe conocer; pero lo
que todos se perecerían por saber: lo malo del prójimo. Si hubiera publicado un
periódico, ¡lo que se hubiera leído! Pero yo escribía directamente a la persona en
cuestión y se producía el pánico en todas las ciudades adonde iba. Llegaron a tenerme
terror y grandísima consideración. Los profesores me nombraron profesor, los sastres
me hacían trajes nuevos; no me faltaba de nada. El tesorero del reino acuñaba
monedas para mí y las mujeres decían que yo era muy guapo; y así llegué a ser el
hombre que soy. Y ahora me despido. Ésta es mi tarjeta. Vivo en la acera del Sol; y
estoy siempre en casa cuando llueve.
Y la sombra se marchó.
Pasó tiempo y tiempo y la sombra volvió.
–¿Cómo le va? –preguntó.
–¡Ay! –dijo el sabio–. Escribo acerca de lo verdadero, lo bueno y lo bello, pero
nadie se interesa por mi obra. Estoy desesperado, porque son cosas a las que concedo
gran importancia.
–Pues a mí no me ocurre igual –dijo la sombra–. Yo, mientras, engordando, que es
lo que hemos de procurar. Usted no entiende el mundo y terminará por caer enfermo.
Tiene que viajar. Me iré de viaje este verano. Venga conmigo. Me gustaría llevar un
compañero. ¿Quiere usted venir conmigo, como mi sombra? Será para mí un gran
placer el llevarle, ¡le pago el viaje!
–¡Qué disparate! –dijo el sabio.
–¡Según como se mire! –dijo la sombra–. El viajar le sentará de maravilla. Si 
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consiente usted en ser mi sombra, todo correrá de mi cuenta.
–¡Esto ya es el colmo! –protestó el sabio.
–Pero así va todo el mundo –dijo la sombra–, y así seguirá.
Y se marchó.
Las cosas no le iban nada bien al sabio, la pena y la preocupación seguían
haciendo presa en él, y sus opiniones sobre lo verdadero, lo bueno y lo bello
interesaban tanto al público como las rosas a una vaca; hasta que al final cayó enfermo
de consideración.
–¡Parece usted totalmente una sombra! –le decía la gente, y esto le produjo un
escalofrío, porque le hizo pensar en ella.
–Lo que debe hacer es tomar las aguas –dijo la sombra, que vino de visita–. No
hay nada igual. Le llevaré conmigo, por el aquel de nuestra vieja amistad. Yo pago el
viaje y usted se encarga de llevar un diario, con lo que me resultará el camino más
divertido. Quiero ir a un balneario, mi barba no crece como debiera (eso es también
una enfermedad), y una barba es algo indispensable. Sea razonable y acepte la
invitación, viajaremos como amigos, por supuesto.
Y así viajaron; la sombra hacía de señor y el señor hacía de sombra. Fueron juntos:
en coche, a caballo, a pie, al lado uno de otro, delante o detrás, según la posición del
sol. La sombra sabía ponerse siempre en el lugar del señor, mientras el sabio no
prestaba atención a semejante cosa. Tenía un corazón excelente y era sumamente
cortés y afectuoso, así que un día le dijo a la sombra:
–Puesto que nos hemos convertido en compañeros de viaje y, además, hemos
crecido juntos desde la infancia, ¿por qué no nos tuteamos? Sería más íntimo.
–En eso que dice contestó la sombra, que ahora era el verdadero señor –hay
mucha franqueza y buena intención, por lo que seré igualmente bienintencionado y
franco. Usted, como sabio que es, sabe sin duda lo especial que es la naturaleza. Hay
quien no aguanta el roce del papel gris, le pone enfermo. A otros se les pasa todo el
cuerpo si se rasca un clavo contra un vidrio. Lo mismo siento yo cuando le oigo
tutearme, es como si me empujasen de nuevo a mi primer empleo con usted. No se
trata de orgullo, sino, como verá, de una sensación. Pero si no puedo permitirle que me
trate de tú, con mucho gusto le tutearé a usted, como fórmula de compromiso.
Y así la sombra tuteó a su antiguo señor.
«¡Qué absurdo –pensó éste– que yo le hable de usted y él me tutee!»
Pero no tuvo más remedio que aguantarlo.
Al fin llegaron a un balneario, donde había muchos extranjeros, y entre ellos una
encantadora princesa que padecía la enfermedad de tener una vista agudísima, lo que
era en extremo alarmante.
Al instante observó que el recién llegado era por completo diferente a los otros. 
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–Dicen que ha venido para hacer crecer su barba, pero yo veo la verdadera causa:
no tiene sombra.
Llena de curiosidad, entabló inmediatamente conversación con el caballero
extranjero durante el paseo. Como princesa que era, no se andaba con muchos
miramientos, por lo que le dijo:
–A usted lo que le ocurre es que no tiene sombra.
–Vuestra Alteza Real debe haber mejorado notablemente –dijo la sombra–. Sé que
vuestra dolencia consiste en que veis demasiado bien, pero debe haber desaparecido;
estáis curada. Precisamente yo tengo una sombra muy extraña. ¿No habéis visto a la
persona que siempre me acompaña? Otros tienen una sombra vulgar; pero yo detesto
lo corriente. Igual que se viste al criado con librea de mejor paño que el que uno usa,
he ataviado a mi sombra como si fuese una persona. Ved que hasta le he
proporcionado una sombra. Es muy costoso, pero me gusta tener algo excepcional.
«¿Cómo? ¿Será posible que me haya curado de verdad? –pensó la princesa–.
¡Este balneario es único! El agua tiene en nuestros días propiedades asombrosas. Pero
no me marcho, porque ahora comienza a estar esto divertido. El extranjero me gusta
extraordinariamente. Con tal que no le crezca la barba y se marche.»
Por la noche, en el gran salón, bailaron la princesa y la sombra. Ella era ligera, pero
más aún lo era él. Nunca había tenido la princesa pareja semejante. Ella le dijo qué
país era el suyo y él lo conocía. Lo había visitado, en ocasión en que ella estaba
ausente. Había curioseado por las ventanas aquí y allá y visto de todo, por lo que pudo
contestar a la princesa y hacer alusiones que la dejaron estupefacta.
«Debe ser el hombre más sabio del mundo», pensó, tal era su admiración por lo
que sabia. Y cuando bailaron de nuevo, la princesa quedó enamoradísima, de lo que la
sombra se dio cuenta, porque ella le atravesaba con su mirada. A esto siguió otro baile
y ella estuvo a punto de decírselo, pero mantuvo su serenidad y pensó en su país y en
su reino, y en las muchas personas sobre las que reinaba.
«Es un sabio –se dijo–, lo cual es cosa buena. Y baila espléndidamente, lo cual es
también bueno. Pero me pregunto si tendrá conocimientos profundos, y eso es también
importante. Intentaré examinarle.»
Y entonces comenzó poco a poco a hacerle las más difíciles preguntas, que ni ella
misma hubiera podido contestar; y la sombra puso una cara sumamente extraña.
–¡No sabe usted la respuesta! –dijo la princesa.
–Lo aprendí de párvulo –dijo la sombra–. Creo que hasta mi sombra, allí junto a la
puerta, sabrá contestar.
–¡Su sombra! –dijo la princesa–. Sería en verdad extraordinario.
–Bueno, no digo que lo sepa –dijo la sombra–, pero creo que sí. Me ha seguido y
oído durante
tantos años, que creo que sí. Pero Vuestra Alteza Real permitirá que le advierta 
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que pone tanto empeño en hacerse pasar por una persona, que para tenerle de buen
humor; y debe estarlo para contestar bien, ha de ser tratado precisamente como una
persona.
–Me complacerá hacerlo –dijo la princesa.
Y se acercó al sabio que estaba junto a la puerta y habló con él del sol y de la luna,
de unos y de otros, y él contestó con todo acierto y cordura.
«¿Cómo será este hombre, cuando tiene una sombra tan sabía? –pensó ella–.
Será una auténtica bendición para mi pueblo y mi reino, si lo elijo como esposo.»
Y ambos estuvieron de acuerdo, la princesa y la sombra, pero nadie debía saberlo
antes de que ella regresase a su reino.
–¡Nadie, ni siquiera mi sombra! –dijo la sombra, y tenía sus particulares razones
para ello.
Tras esto, fueron al país donde reinaba la princesa, una vez que ella había
regresado.
–Escucha, amigo mío –dijo la sombra al sabio–. He llegado a ser cuan afortunado y
poderoso puede ser un hombre. Ahora haré algo extraordinario por ti. Vivirás siempre
conmigo en palacio, irás conmigo en mí carroza real y tendrás cien mil escudos al año.
Pero permitirás que todos te llamen sombra; no deberás decir nunca que fuiste hombre,
y una vez al año, cuando me siente al sol en el balcón para mostrarme al pueblo,
tendrás que tenderte a mis pies, como debe hacerlo una sombra. Has de saber que me
caso con la princesa. Esta noche será la boda.
–¡No, eso es monstruoso! –dijo el sabio–. ¡No quiero, no lo haré! ¡Sería defraudar
al país y a la princesa! ¡Lo diré todo! Que yo soy el hombre y tú la sombra. ¡Que
apenas si eres un disfraz!
–No lo creerá nadie –dijo la sombra–. ¡Sé razonable o llamo a la guardia!
–¡Iré a ver a la princesa! –dijo el sabio.
–Pero yo iré primero –dijo la sombra–, y tú irás al calabozo.
Y así fue, porque los centinelas le obedecieron, al saber que iba a casarse con la
princesa.
–¡Estás temblando! –dijo la princesa, cuando la sombra fue a visitarla–. ¿Ha
ocurrido algo? No irás a ponerte enfermo esta noche, en que vamos a casarnos.
–Me ha sucedido la cosa más terrible que pueda ocurrir –dijo la sombra–.
¡Imagínate (claro, una pobre cabeza de sombra como ésa es incapaz de resistir
mucho); imagínate, mi sombra se ha vuelto loca, cree que ella es el hombre y que yo
(imagínate, si puedes), que yo soy su sombra!
–¡Qué horror! –dijo la princesa–. ¿Lo habrán encerrado, supongo?
–Sí. Me temo que nunca recupere la razón. 
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–¡Pobre sombra! –dijo la princesa–. Qué desdicha para él. Sería una verdadera
obra de caridad liberarlo de la mezquina vida que lleva y cuando pienso en ello, creo
que se hace preciso el quitársela con toda discreción.
–Resulta cruel –dijo la sombra– porque era un buen sirviente.
Y pareció dar un suspiro.
–¡Qué nobles sentimientos! –dijo la princesa.
Por la noche, toda la ciudad estaba iluminada y los cañones hicieron ¡pum! y los
soldados presentaron armas. ¡Qué boda aquélla! La princesa y la sombra se asomaron
al balcón para mostrarse y recibir una vez más las aclamaciones.
El sabio no se enteró de nada, porque le habían quitado la vida. 

La Sombra	Hans Christian Andersen


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Juan 3 16 Porque Dios amó tanto al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todos los que creen en él no perezcan, sino que tengan vida eterna.

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