Libro: Fábulas de Felix Samaniego | Descargar Free

Título: Fábulas

Autor: Felix Samaniego
Categoria: Literatura
Idioma: Espanhol

Fábulas Felix Samaniego




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His Fábulas (1781–1784), one hundred and fifty-seven in number, were originally written for the boys educated in the school founded by the Biscayan Society. (Wikimedia)

Fragmento

Fábulas
Tomo I

Fábulas en verso castellano para el uso del
Real Seminario Vascongado
Duplex Libelli dos est: quod risum movet Et
quod prodenti vitam consilio monet.
(Phedro, Fáb., pról. lib. 1)
Prólogo

Muchos son los sabios, de diferentes siglos y
naciones, que han aspirado al renombre de
fabulistas; pero muy pocos los que han hecho
está carrera felizmente. Este conocimiento
debiera haberme retraído del arduo empeño de
meterme a contar fábulas en verso castellano.
Así hubiera sido; pero permítáme el público
protestar con sinceridad en mi abono, que en
esta empresa no ha tenido parte mi elección. Es
puramente obra de mi pronta obediencia, debida
a una persona, en quien respeto unidas las
calidades de tío, maestro y jefe.
En efecto, el director de la Real Sociedad
Vascongada, mirando la educación como a basa en
que estriba la felicidad púbica, emplea la
mayor parte de su celo patriótico en el cuidado
de proporcionar a los jóvenes alumnos del Real
Seminario Vascongado cuanto conduce a su
instrucción; y siendo, por decirlo así, el
primer pasto con que se debe nutrir el espíritu
de los niños las máximas morales disfrazadas en
el agradable artificio de la fábula, me destinó
a poner una colección de ellas en verso
castellano, con el objeto de que recibiesen

esta enseñanza, ya que no mamándola con la le-
che, según deseó Platónl a lo menos antes de

llegar a estado de poder entender el latín.
1. Samaniego toma esta idea, como otras de su
Prólogo, del Préface de La Fonntaine a sus
fábulas. Vid. ed. cit., págs. 5 y ss.
Desde luego di principio a mi obrilla. Apenas
pillaban los jóvenes seminaristas alguno de mis
primeros ensayos, cuando los leían y estudiaban
a porfia con indecible placer y facilidad,
mostrando en esto el deleite que les causa un
cuentecillo adornado con la dulzura y armonía
poética, y libre para ellos de las espinas de

la traducción, que tan desagradablemente les
punzan en los principios de su enseñanza.
Aunque esta primera prueba me asegura en parte
de la utilidad de mi empresa, que es la
verdadera recomendación de un escrito, no se
contenta con ella mi amor propio. Siguiendo
este su ambiciosa condición, desea que
respectivamente logren mis fábulas igual
acogida que en los niños, en los mayores, y aún
si es posible, entre los doctos; pero a la
verdad, esto no es tan fácil. Las espinas, que
dejan de encontrar en ellas los niños, las
hallarán los que no lo son, en los repetidos
defectos de la obra. Quizá no parecerán estos
tan de marca, dando aquí una breve noticia del
método que he observado en la ejecución de mi
asunto, y de las razones que he tenido para
seguirle.
Después de haber repasado los preceptos de la
fábula, formé mi pequeña librería de
fabulistas; examiné, comparé y elegí para mis
modelos, entre todos ellos, después de Esopo, a
Fedro y Lafontaine; no tardé en hallar mi
desengaño. El primero, más para admirado que
para seguido, tuve que abandonarlo a los
primeros pasos. Si la unión de la elegancia y
laconismo sólo está concedida a este poeta en
este género, ¿cómo podrá aspirar a ella quien
escribe en lengua castellana, y palpa los
grados que a esta le faltan para igualar a la
latina en concisión y energía? Este
conocimiento, en que me aseguró más y más la
práctica, me obligó a separarme de Fedro.
Empecé a aprovecharme del segundo (como se deja
ver en las fábulas de La Cigarra y la Hormiga,
El Cuervo y el Zorro, y alguna otra); pero
reconocí que no podía, sin ridiculizarme,
trasladar a mis versos aquellas delicadas
nuevas gracias y sales que tan fácil y
naturalmente derrama este ingenioso fabulista
en su narración.
No obstante, en el estudio que hice de este
autor hallé, no solamente que la mayor parte de
sus argumentos son tomados de Locmano2, Esopo y
otros de los antiguos, sino que no tuvo reparo
en entregarse a seguir su propio carácter tan
francamente, que me atrevo a asegurar que
apenas tuvo presente otro precepto en la
narración, que la regla general que él mismo
asienta en el prólogo de sus fábulas en boca de
Quintiliano: por mucho gracejo que se dé a la
narración, nunca será demasiado3. 2 Poeta gnómico árabe, legendario, mencionado en el Corán,
autor de cuarenta y una fábulas extraídas de Esopo, y
publicadas con una traducción latina por el orientalista
holandés Thomas von Erpen en 1614.
3 Citado por La Fontaine, ed. cit., pág. 7. Se trata de De
institutione oratoria libro N, 2, 116.
Con las dificultades que toqué al seguir en la
formación de mi obrita a estos dos fabulistas,
y con el ejemplo que hallé en el último, me
resolví a escribir, tomando en cerro los
argumentos de Esopo, entresacando tal cual de
algún moderno, y entregándome con libertad a mi
genio, no sólo en el estilo y gusto de la

narración, sino aun en el variar rara vez algún
tanto, ya del argumento, ya de la aplicación de
la moralidad; quitando, añadiendo o mudando
alguna cosa, que, sin tocar el cuerpo principal
del apólogo, contribuya a darle cierto aire de
novedad y gracia.
En verdad que, según mi conciencia, más de
cuatro veces se peca en este método contra los
preceptos de la fábula; pero esta práctica

licenciosa es tan corriente entre los fabulis-
tas, que cualquiera que se ponga a cotejar una

misma fábula en diferentes versiones, la
hallará tan transformada en cada una de ellas

respecto del original, que degenerando por gra-
dos de una en otra versión, vendrá a parecerle

diferente en cada una de ellas. Pues si con
todas est licencias o pecados contra las leyes
de la fábula ha habido fabulistas que han hecho
su carrera hasta llegar al templo de la
inmortalidad, ta qué meterme yo en escrúpulos
que ellos no tuvieron?
Si en algo he empleado casi nimiamente mi
atención, ha sido en hacer versos fáciles hasta
acomodarlos, según mi entender, a la
comprensión de los muchachos. Que alguna vez
parezca mi estilo, no sólo humilde, sino aun
bajo, malo es; mas ¿no sería muchísimo peor
que, haciéndolo incomprensible a los niños,
ocupasen éstos su memoria con inútiles coplas?
A pesar de mi desvelo, en esta parte desconfío
conseguir mi fin. Un autor moderno, en su
Tratado de educación4, dice que en toda la
colección de Lafontaine no conoce sino cinco o
seis fábulas en que brilla con eminencia la
sencillez pueril, y aun haciendo análisis de
algunas de ellas, encuentra pasajes
desproporcionados a la inteligencia de los
niños. Esta crítica ha sido para mí una
lección. Confesaré sinceramente que no he
acertado a aprovecharme de ella, si en mi
colección no se halla más de la mitad de
fábulas que en la claridad - y sencillez del
estilo no pueda apostárselas a la prosa más
trivial. Éste me ha parecido el solo medio de
acercarme al lenguaje en que debemos enseñar a
los muchachos; pero ¿.quién tendrá bastante
filosofía para acertar a ponerse en el lugar de
éstos, y medir así los grados a que llega la
comprensión de un niño?
4 Se trata de Jean Jacques Rousseau, en Émile ou de
l’éducation, libro II.
En cuanto al metro, no guardo uniformidad: no
es esencial a la fábula, como no lo es al
epigrama y a la lira, que admiten infinita
variedad de metros. En los apólogos hay tanta
inconexión de uno a otro como en las liras y
epigramas. Con la variedad de metros he
procurado huir de aquel monotonismo que

adormece los sentidos y se opone a la varia ar-
monía, que tanto deleita el ánimo y aviva la

atención. Los jóvenes que tomen de memoria
estos versos adquirirán, con la repetición de
ellos, alguna facilidad en hacerlos arreglados

a las diversas medidas a que por este medio
acostumbren su oído.
Verdad es que se hallará en mis versos gran
copia de endecasílabos pareados con la
alternativa de pies quebrados o de siete
sílabas, pero me he acomodado a preferir su
frecuente uso al de otros metros, por la
ventaja que no tienen los de estancias más
largas, en las cuales, por acomodar una sola
voz que falte para la clara explicación de la
sentencia, o queda confuso y como estrujado el
pensamiento, o demasiadamente holgado y lleno
de ripio.
En conclusión, puede perdonárseme bastante por
haber sido el primero en la nación que ha
abierto el paso a esta carrera, en que he
caminado sin guía, por no haber tenido a bien
entrar en ella nuestros célebres poetas
castellanos. Dichoso yo si logro que, con la
ocasión de corregir mis defectos, dediquen
ciertos genios poéticos sus tareas a cultivar
éste y otros importantes ramos de instrucción y
prove
cho. Mientras así no lo hagan, habremos de
contentarnos con leer sus excelentes églogas, y
sacar de sus dulcísimos versos casi tanta
melodía como de la mejor música del divino
Haydn, aunque tal vez no mayor enseñanza ni
utilidad.




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