Cuestiones Naturales Lucio Anneo Seneca | Descargar

 Título:    Cuestiones Naturales

Autor:    Lucio Anneo Seneca   

Categoria:    Filosofia

Idioma:    Espanhol



Cuestiones Naturales Lucio Anneo Seneca



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Fragmento

Libro primero
Prefacio
Tanto como se diferencia la filosofía de las demás artes, óptimo Lucilio, otra tanta
diferencia encuentro yo en la filosofía misma, entre la parte que se ocupa del hombre y la
que se refiere a los dioses. Más elevada y atrevida ésta, se ha permitido mucho: no
contentándose con lo que se ofrece a nuestra vista, sospechó que la naturaleza había
colocado más allá de lo que se ve algo más grande y más bello. En una palabra; entre una
y otra filosofía media tanto como entre Dios y el hombre. Enseña la primera lo que debe
hacerse en la tierra; la segunda, lo que se hace en el cielo. Una desvanece nuestros errores
y trae la luz que ilumina los engañosos caminos de la vida; la otra se eleva sobre esta
densa niebla en que nos agitamos, y sacándonos de la oscuridad, nos lleva al manantial
de la luz. Gracias doy en verdad a la naturaleza cuando, no contento con su parte pública,
penetro hasta en sus misterios más secretos; cuando aprendo de qué elementos se
compone el universo; quién es el arquitecto o conservador; qué es Dios; si está absorto en
su propia contemplación, o si algunas veces inclina hasta nosotros sus miradas; si crea
diariamente, o ha creado una vez sola; si forma parte del mundo o es el mundo mismo; si
todavía hoy puede dar nuevos decretos y modificar las leyes del destino, o si le es
imposible retocar su obra sin descender de su majestad y reconocer que se ha engañado:
necesario es sin duda que ame siempre las mismas cosas aquel que solamente puede amar
las perfectas, no siendo por esto menos libre ni menos poderoso, porque él mismo es su
necesidad. Si no pudiese elevarme a todo esto, para nada habría nacido. ¿A qué
regocijarme en este caso por encontrarme en el número de los vivos? ¿por digerir
comidas y bebidas? ¿por cuidar este débil y miserable cuerpo que perece en cuanto ceso
de rellenarlo? ¿por desempeñar toda mi vida el cargo de enfermero, y temer la muerte
para la cual nacemos todos? Quítame este inestimable placer, y no vale la existencia que
me extenúe por ella entre fatigas y sudores. ¡Oh, qué pequeño es el hombre mientras no
se eleva por encima de las cosas humanas! ¿Qué hacemos de admirable mientras
luchamos con nuestras pasiones? La misma victoria, si llegamos a conseguirla, ¿tiene
algo de sobrenatural? ¿Debemos gloriarnos porque no nos parecemos a los seres más
depravados? No veo por qué razón haya de admirarse nadie al encontrarse más robusto
que un enfermo. Mucha distancia hay de la robustez a la salud perfecta. Has escapado de
los vicios del alma; no finge tu frente; la voluntad ajena no te hace sujetar la lengua, ni
disimular tus sentimientos; huyes de la avaricia, que lo arrebata todo a los demás para
negárselo todo a sí misma; el libertinaje, que prodiga vergonzosamente el dinero que
gana por caminos más vergonzosos todavía; la ambición, que no lleva a las dignidades
sino por indignas bajezas. Pero nada has hecho hasta ahora; has escapado de muchos
escollos, pero no has escapado de ti mismo. La virtud a que aspiramos es magnífica, no
porque sea propiamente un bienestar exento de todo vicio, sino porque engrandece el
alma, la prepara al conocimiento de lo celestial y la hace digna de asociarse al mismo
Dios. La plenitud y consumación de la felicidad para el hombre, consiste en hollar todo
lo malo, elevarse y penetrar en el seno de la naturaleza. ¡Cuánto agrada desde en medio
de esos astros entre los que vaga su pensamiento, mirar con desprecio las grandezas de 
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los ricos y la tierra entera con todo su oro, no solamente aquel que ha arrojado de su seno
y entregado a los cuños de nuestra moneda, sino también el que guarda en sus entrañas
para la codicia de las edades venideras! Para desdeñar esos pórticos, esos artesonados
resplandecientes de marfil, esos bosques recortados, esos ríos obligados a pasar por
palacios, necesario es haber abarcado todo el ámbito del mundo, y dejado caer desde lo
alto una mirada sobre este pequeño orbe terráqueo, cuya mayor parte cubren los mares, y
la que sobresale, helada o abrasada, ofrece espantosas soledades. ¡He aquí, se dirá el
sabio, el punto que tantos pueblos se disputan con el hierro y el fuego! ¡Oh, qué ridículos
son los confines humanos! El Dacio no pasará el Ister; el Strymon limitará la Tracia; el
Eúfrates detendrá a los Parthos; el Danubio separará la Sarmática del Imperio romano; el
Rhin será el límite de la Germanía; el Pirineo dividirá las Galias y las Españas; inmensos
desiertos de arena se extenderán entre el Egipto y la Etiopía! Si se concediese a las
hormigas la inteligencia del hombre, ¿no harían como él muchas provincias del suelo de
una granja? Cuando te hayas elevado a las cosas verdaderamente grandes, siempre que
veas marchar ejércitos a banderas desplegadas, y, como si se tratase de algo importante,
correr jinetes a la descubierta o desplegarse sobre las alas, te sentirás movido a decir:
 It nigrum campis agmen.....(1)
Evoluciones son esas propias de hormigas que se agitan mucho en pequeño espacio.
¿Qué otra cosa las distingue de nosotros sino la pequeñez de su cuerpo? Un punto es este
en que navegáis, en que trabáis guerras, en que distribuís imperios, exiguos, aunque no
tengan otros límites que los dos Océanos. Allá arriba existen espacios sin término, a cuya
posesión se admite nuestra alma, con tal de que solamente lleve consigo la parte más
pequeña posible de su envoltura material, y que, purificada de toda mancha, libre de toda
traba, sea bastante ligera y bastante parca en sus deseos para volar hasta ellos. En cuanto
los toca, se alimenta de ellos y en ellos se desarrolla, encontrándose como libre de sus
cadenas y devuelta a su origen. El alma reconoce su divinidad en el deleite que le
producen las cosas divinas, que no contempla como ajenas, sino como propias. Con
serenidad contempla allí la salida y ocaso de los astros, y las diversas órbitas que
recorren sin confusión. Observa desde dónde comienza cada estrella a brillar para
nosotros, su grado más alto de elevación, la carrera que recorre y la línea hasta que
desciende. Espectadora curiosa, nada hay que no examine e investigue. ¿Por qué no
hacerlo? Sabe que todo esto le pertenece. ¡Cuánto desprecia entonces la estrechez de su
anterior domicilio! ¿Qué vale el espacio que media entre las costas más apartadas de
España y las Indias? Navegación de poquísimos días si hincha las velas buen viento.
¡Pero la región celestial abre carrera de treinta años al astro más rápido de todos que, sin
detenerse jamás, camina siempre con igual velocidad! Allí aprende al fin el hombre lo
que por tanto tiempo ha buscado, allí aprende a conocer a Dios. ¿Qué es Dios? El alma
del universo. ¿Qué es Dios? Todo lo que ves y todo lo que no ves. Si se le concede al fin
toda su grandeza, que es mucho mayor de cuanto puede imaginarse, si él solo es todo,
toda su obra está llena de él tanto en el interior como en el exterior. ¿Qué diferencia
existe, pues, entre la naturaleza de Dios y la nuestra? Que nuestra parte mejor es el alma,
y en Dios nada hay que no sea alma. Dios todo es razón, y en los mortales, por el
contrario, tal es su ceguedad, que a sus ojos este universo tan bello, tan regular y
constante en sus leyes, solamente es obra y juguete del acaso, que rueda entre los
fragores del trueno, nubes, tempestades y demás azotes que agitan la tierra y lo inmediato 
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a la tierra. Y esta locura no queda entre el vulgo, sino que se extiende a muchos que
quieren pasar por sabios. Hay quienes, reconociendo en sí mismos un espíritu, y espíritu
previsor, capaz de apreciar en sus detalles más pequeños lo que les afecta, tanto a ellos
como a los demás, niegan a este universo, de que formamos parte, toda inteligencia,
suponiéndole arrastrado por fuerza ciega, o por naturaleza inconsciente de lo que hace.
¿Y no consideras cuán útil es conocer estas cosas y determinar con exactitud sus
términos? ¿Hasta dónde alcanza el poder de Dios? ¿Forma él la materia que necesita, o
no hace más que usarla? ¿Es anterior la idea a la materia o la materia a la idea? ¿Hace
Dios todo lo que quiere o en muchos casos falta objeto a la ejecución, y en repetidas
ocasiones salen de manos del Supremo artífice obras defectuosas, no por falta de arte,
sino porque los elementos que emplea son contrarios al arte? -Admirar, meditar, estudiar
estas grandes cosas, ¿no es elevarse de la esfera de la propia mortalidad y pasar a mundo
mejor? Mas ¿para qué, dirás, te servirán estos estudios? Si no para otra cosa, al menos
para saber que todo es limitado cuando haya medido a Dios. Pero de esto hablaré
después.
 I. Vengamos ahora al asunto. Escucha lo que quiere la filosofía que se piense de los
fuegos que el aire hace mover en sentido transversal. La oblicuidad de su carrera y su
extraordinaria velocidad demuestran la fuerza con que son lanzados. Vese que no se
mueven por sí mismos, sino por extraño impulso. Estos fuegos tienen muchas y variadas
formas. A cierto género de éstos les llama Cabra Aristóteles. Si me preguntas por qué,
antes habrás de decirme por qué les llaman también Carneros. Si por el contrario, lo que
es mejor, suprimimos nosotros estas cuestiones sobre lo que han dicho otros,
adelantaremos más investigando la causa de los fenómenos, que extrañando que
Aristóteles llamase Cabra a un globo de fuego. Tal fue la forma del que, durante la guerra
de Paulo Emilio contra Perseo, apareció tan grande como la luna. Nosotros mismos
hemos visto más de una vez llamas que presentaban la figura de enorme globo, pero que
se desvanecían en su carrera. Por el tiempo en que murió Augusto se presentó este
prodigio; también lo vimos cuando la catástrofe de Seyano, y presagio igual anunció la
muerte de Germánico.-¡Cómo! me dirás, ¿tan imbuido estás en los errores que llegas a
creer que los dioses mandan señales precursoras de la muerte y que existe algo tan grande
en la tierra cuya caída resuene en todo el universo? -Ya hablaremos de eso en otro lugar.
Veremos si todos los acontecimientos se desarrollan en orden necesario; si de tal manera
se encuentran enlazados, que el precedente sea causa o presagio del que le sigue.
Veremos si los dioses cuidan de las cosas humanas, si la misma serie de las causas revela
por señales ciertas cuáles serán los efectos. Entre tanto creo que los fuegos que estamos
considerando nacen de violenta compresión del aire, arrojado, sin disiparse, hacia un lado
y luchando consigo mismo. De esta reacción nacen vigas, globos, antorchas, incendios. Si
la lucha es más débil y el aire solamente se encuentra rozado, por decirlo así, brotan luces
más pequeñas y las estrellas, al correr, arrastran su cabellera. En estos casos, tenues
centellas trazan en el cielo imperceptible y prolongada raya. Así es que no hay noche que
no ofrezca este espectáculo, porque no se necesita para él violenta conmoción del aire. En
fin, para decirlo brevemente, estos fuegos tienen la misma causa que el rayo, siendo
menos enérgicos. Las nubes que chocan ligeramente producen el relámpago; si el choque
es mayor, el rayo. Aristóteles lo explica de esta manera: «El globo terrestre exhala
muchos y diferentes vapores, unos secos, otros húmedos, algunos helados y otros 
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Cuestiones Naturales	Lucio Anneo Seneca

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