Kim Rudyard Kipling

 Título:    Kim

Autor:    Rudyard Kipling   

Categoria:    Literatura

Idioma:    Espanhol

Kim Rudyard Kipling


Fragmento

Capítulo I
¡Oh vosotros, los que seguís la Senda Estrecha,
guiados por el resplandor de Tophet al juicio Final,
sed condescendientes cuando los gentiles
rezan a Buda en Kamakura!
Buda en Kamakura
A pesar de las órdenes municipales, Kim estaba sentado a horcajadas sobre Zam-Zammah, el viejo cañón que se alza sobre una plataforma de ladrillo enfrente de la Ajaib-Gher (la Casa Maravillosa, como llaman los indígenas al Museo de Lahore) (1). Quien posea a Zam-Zammah, ese «dragón que vomita fuego», posee todo el Panjab (2), porque el gran cañón de bronce verdoso es siempre lo primero que figura en el botín del conquistador.
A Kim no le faltaba algo de razón -acababa de desalojar de allí a puntapiés al chiquillo de Lala Dinanathporque era inglés, y los ingleses son dueños del Panjab. Aunque su color era tan oscuro como el de cualquier indígena, aunque hablaba generalmente el idioma del país, y el inglés con leve sonsonete recortado, y aunque se asociaba con los pilletes del bazar en términos de la más perfecta igualdad, Kim era un niño blanco, si bien de la clase más miserable. La mestiza que lo cuidaba (fumaba opio y tenía una tienda de muebles usados en la plaza donde tienen su parada los coches de alquiler más baratos) les dijo a los misioneros que era hermana de la madre de Kim; ésta había sido niñera de la familia de un coronel y se casó con Kimball O’Hara, joven sargento del regimiento irlandés de los Mavericks (3), que fue después empleado en los ferrocarriles de Sind, Panjab y Delhi Y su regimiento regresó a Inglaterra sin él. La madre de Kim murió de cólera en Ferozepore (4), y O’Hara se volvió un borracho holgazán, que recorría la línea con aquel niño, de ojos penetrantes, entonces de unos tres años de edad. Asociaciones benéficas y capellanes desearon hacerse cargo del niño, pero O’Hara los despachó a todos, hasta que tropezó con la mujer que fumaba opio (6), aprendió ese vicio y murió como los blancos pobres mueren en la India.
Kim	Rudyard Kipling
Al morir, toda su fortuna se reducía a tres papeles: uno, al cual llamaba ne varietut , porque tenía estas
palabras escritas encima de su firma; otro era el «certificado de liberación», y el tercero la partida de nacimiento de Kim. En sus gloriosas horas de opio acostumbraba a decir que esos papeles harían un hombre del pequeño Kimball. En modo alguno debía Kim desprenderse de ellos, pues los consideraba mágicos -de esa magia que practican los hombres en la gran Jadoo-Gher, blanca y azul, que se alza detrás del museo; la
Casa Mágica, como llamamos nosotros a la Logia Masónica.

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