Discurso del Método René Descartes


Título:    Discurso del Método

Autor:    René Descartes

Categoria:    Literatura

Idioma:    Espanhol



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Discurso del Método René Descartes

René Descartes​ también llamado Renatus Cartesius (en escritura latina) (La Haye en Touraine, 31 de marzo de 1596-Estocolmo, Suecia, 11 de febrero de 1650), fue un filósofo, matemático y físico francés, considerado como el padre de la geometría analítica y de la filosofía moderna​, así como uno de los protagonistas con luz propia en el umbral de la revolución científica (Wikipedia)

Descartes es considerado el primer filósofo moderno. 

Su contribución a la epistemología es esencial, así como a las ciencias naturales por haber establecido un método que ayudó en su desarrollo. 

Descartes creó, en sus obras Discurso sobre método y meditaciones, la base de la ciencia contemporánea.


  • Filosofía
  • El padre de la filosofía moderna
  • Las reglas del método
  • Propósito literario
  • La duda metódica
  • La metafísica
  • Teoría de las dos sustancias
  • Física
  • Matemáticas
  • Óptica


Prólogo

El Discurso del Método es una obra de plenitud mental. Exceptuando
algunos diálogos de Platón, no hay libro alguno que lo supere en profundidad y en
variedad de intereses y sugestiones. Inaugura la filosofía moderna; abre nuevos cauces a
la ciencia; ilumina los rasgos esenciales de la literatura y del carácter franceses; en
suma, es la autobiografía espiritual de un ingenio superior, que representa, en grado
máximo, las más nobles cualidades de una raza nobilísima. (1)
No podemos aspirar, en este breve prólogo, a presentar el pensamiento y la
obra de Descartes en la riquísima diversidad de sus matices filosóficos, literarios,
científicos, artísticos, políticos y aun técnicos. Nos limitaremos, pues, a la filosofía; y
aun dentro de este terreno, expondremos sólo los temas generales de mayor virtualidad
histórica. El pensamiento cartesiano es como el pórtico de la filosofía moderna. Los
rasgos característicos de su arquitectura se encuentran reproducidos, en líneas generales,
en la estructura y economía ideológica de los sistemas posteriores. Descartes propone
un grupo de problemas a la reflexión filosófica, y ésta se emplea en descifrarlos durante
más de un siglo; hasta que una nueva transformación del punto de vista trae a los
primeros planos de la conciencia nuevos intereses especulativos y prácticos, que inician
nuevos métodos y orientaciones del pensamiento. Kant es quien, por una parte, remata y
cierra el ciclo cartesiano y, por otra, inaugura un nuevo modus philosophandi. La
historia de la filosofía no es, como muchos creen, una confusa y desconcertante
sucesión de doctrinas u opiniones heterogéneas, sino una razonable continuidad de
ordenadas superaciones.

El Renacimiento
Sin embargo, la gran dificultad que se presenta al historiador del
cartesianismo es la de encontrar el entronque de Descartes con la filosofía precedente.
No es bastante, claro está, señalar literales consecuencias entre Descartes y San
Anselmo, ni hacer notar minuciosamente que ha habido en el siglo XV y XVI tales o
cuales filósofos que han dudado, y hasta elogiado la duda, o que han hecho de la razón
natural el criterio de la verdad, o que han escrito sobre el método, o que han encomiado
las matemáticas. Nada de eso es antecedente histórico profundo, sino a lo sumo
coincidencias de poca monta, superficiales, externas, verbales. En realidad, Descartes,
como dice Hamelin, «parece venir inmediatamente después de los antiguos».
Pero entre Descartes y la escolástica hay un hecho cultural - no sólo científico -,
de importancia incalculable: el Renacimiento. Ahora bien, el Renacimiento está en
todas partes más y mejor representado que en la filosofía. Está eminentemente expreso
en los artistas, en los poetas, en los científicos, en los teólogos, en Leonardo de Vinci,
en Ronsard, en Galileo, en Lutero, en el espíritu, en suma, que orea con un nuevo y
reconfortante aliento las fuerzas todas de la producción humana. A este espíritu
renacentista hay que referir inmediatamente la filosofía cartesiana. Descartes es el
primer filósofo del Renacimiento.

La Edad Media no ha sido seguramente una época bárbara y oscura. Hay, sin
duda, en el juicio corriente que hacemos de ese período, un error de perspectiva, o,
mejor dicho, un error de visión que proviene de que la vivísima luz del Renacimiento
nos ciega y deslumbra, impidiéndonos ver bien lo que queda allende esta aurora. Pero es
innegable que el pensamiento científico y filosófico necesita, como condición para su
desarrollo, un medio apropiado que fomente la libre reflexión individual. Cuando la
conciencia del individuo queda reducida a reflejar la conciencia colectiva del grupo
social, el pensamiento se hace siervo de los dogmas colectivos; el hombre se recluye en
el organismo superior de la nación o clase, y el concepto de lo humano se disuelve y
desaparece bajo el montón de reales jerarquías y de objetivas imposiciones sociales.
Así, cuando en el siglo XVI el espíritu comienza a desligarse de los estrechos lazos que
lo tenían opreso, esta liberación aparece como un descubrimiento del. hombre por el
hombre. Como un soldado que, después del combate, en medio de un montón de
cadáveres, vuelve poco a poco a la vida, se palpa, respira, alza la vista, extiende los
brazos y parece convencerse al fin de su propia existencia, así también el Renacimiento
posee la fragante ingenuidad alegre de quien por primera vez se descubre a sí mismo y
exclama: «Yo soy un ser que piensa, siente, quiere, ama y odia; esta naturaleza que me
rodea es bella y luminosa, y la vida nos ha sido dada por un Dios justo y benévolo, para
vivirla con entereza y plenitud.»
La conciencia individual es el más grande invento del nuevo modo de pensar.
Y todo en la ciencia, en el arte, en la sensibilidad renacentista se orienta hacia esa
exaltación de la subjetividad del hombre. El criterio de autoridad abandona su puesto a
la convicción íntima basada en la evidencia. Las oscuras entidades metafísicas se
deshacen en la clara sucesión de razones matemáticas. La desconfianza, el odio hacia la
naturaleza, son sustituidos por una optimista y alegre visión de las infinitas bondades
que moran en el impulso espontáneo, en el directo hacer de las cosas. El universo es
como un libro en donde está escrita la verdad suprema. Y para entender la lengua en que
está compuesto, no hace falta más que la razón misma del hombre, la matemática
aplicada a la experiencia. (2)

Así, pues, por una parte, la exigencia máxima del espíritu científico es, en el
Renacimiento, la claridad evidente de la razón individual; por otra parte, la solidez de la
nuova scienza proviene ante todo de su carácter matemático y experimental; en fin, la
fuente purísima de todo valor, especulativo y práctico, se encuentra ahora en el sujeto,
en la interioridad de la reflexión personal creadora. Todos estos nuevos anhelos, esa
nueva sensibilidad teórica y moral, imponen nuevos rumbos al pensamiento filosófico;
danle por de pronto libertad para manifestarse original y creador; pero también le
indican una orientación inédita, y, por decirlo así, un problema virgen: hallar una
definición del hombre que baste a explicar la objetividad de su producción científica y
artística. Descartes es el primero que sistemáticamente edifica la filosofía de este nuevo
mundo mental.

Vida de Descartes
Nació Renato Descartes en La Haya, aldea de la Touraine, el 31 de mayo de
1596. Era de familia de magistrados, nobleza de toga. Su padre fue consejero en el
Parlamento de Rennes, y el amor a las letras era tradicional en la familia. «Desde niño -
cuenta Descartes en el Discurso del Método- fui criado en el cultivo de las letras.»
Efectivamente, muy niño entró en el colegio de la Flèche, que dirigían los jesuitas. Allí
recibió una sólida educación clásica y filosófica, cuyo valor y utilidad ha reconocido
Descartes en varias ocasiones. Habiéndole preguntado cierto amigo suyo si no sería
bueno elegir alguna universidad holandesa para los estudios filosóficos de su hijo,
contestóle Descartes: «Aun cuando no es mi opinión que todo lo que en filosofía se
enseña sea tan verdadero como el Evangelio, sin embargo, siendo esa ciencia la clave y
base de las demás, creo que es muy útil haber estudiado el curso entero de filosofía
como lo enseñan los jesuitas, antes de disponerse a levantar el propio ingenio por
encima de la pedantería y hacerse sabio de la buena especie. Debo confesar, en honor de
mis maestros, que no hay lugar en el mundo en donde se enseñe mejor que en la
Flèche.»
El curso de filosofía duraba tres años. El primero se dedicaba al estudio de la
lógica de Aristóteles. Leíanse y comentábanse la Introducción de Porfirio, las
Categorías, el Tratado de la interpretación, los cinco primeros capítulos de los
Primeros analíticos, los ocho libros de los Tópicos, los Últimos analíticos, que servían
de base a un largo desarrollo de la teoría de la demostración, y, por último, los diez
libros de la Moral. En el segundo año estudiábanse la Física y las Matemáticas; en el
tercer año se daba la Metafísica de Aristóteles. Las lecciones se dividían en dos partes:
primero el maestro dictaba y explicaba Aristóteles o Santo Tomás; luego el maestro
proponía ciertas quæstiones sacadas del autor y susceptibles de diferentes
interpretaciones. Aislaba la quæstio y la definía claramente, la dividía en partes, y la
desenvolvía en un magno silogismo, cuya mayor y menor iba probando sucesivamente.
Los ejercicios que hacían los alumnos consistían en argumentaciones o disputas. Al
final del año algunos de estos certámenes eran públicos.
Sabemos el nombre del profesor de filosofía que tuvo Descartes en la Flèche.
Fue el padre Francisco Véron. Pero en realidad la enseñanza era totalmente objetiva e
impersonal. Las normas de estos estudios estaban minuciosamente establecidas en
órdenes y estatutos de la Compañía... «Cuiden muy bien los maestros de no apartarse de
Aristóteles, a no ser en lo que haya de contrario a la fe o a las doctrinas universalmente
recibidas... Nada se defienda ni se enseñe que sea contrario, distinto o poco favorable a
la fe, tanto en filosofía como en teología. Nada se defienda que vaya contra los axiomas
recibidos por los filósofos, como son que sólo hay cuatro géneros de causas, que sólo
hay cuatro elementos, etc. ... etcétera... (3).
Semejante enseñanza filosófica no podía por menos de despertar el anhelo de
la libertad en un espíritu de suyo deseoso de regirse por propias convicciones.
Descartes, en el Discurso del Método, nos da claramente la sensación de que ya en el
colegio sus trabajos filosóficos no iban sin ciertas íntimas reservas mentales. Su juicio
sobre la filosofía escolástica, que aprendió, como se ha visto, en toda su pureza y
rigidez, es por una parte benévolo y por otra radicalmente condenatorio. Concede a esta
educación filosófica el mérito de aguzar el ingenio y proporcionar agilidad al intelecto;
pero le niega, en cambio, toda eficacia científica: no nos enseña a descubrir la verdad,
sino sólo a defender verosímilmente todas las proposiciones.
Salió Descartes de la Flèche, terminados sus estudios, en 1612, con un vago,
pero firme, propósito de buscar en sí mismo lo que en el estudio no había podido
encontrar. Este es el rasgo renacentista que, desde el primer momento, mantiene y
sustenta toda la peculiaridad de su pensar. Hallar en el propio entendimiento, en el yo,
las razones últimas y únicas de sus principios, tal es lo que Descartes se propone. Toda
su psicología de investigador está encerrada en estas frases del Discurso del Método:
«Y no me precio tampoco de ser el primer inventor de mis opiniones, sino solamente de
no haberlas admitido ni porque las dijeran otros ni porque no las dijeran, sino sólo
porque la razón me convenció de su verdad.»
Después de pasar ocioso unos años en París, deseó recorrer el mundo y ver
de cerca las comedias que en él se representan; pero «más como espectador que como
actor». Entró al servicio del príncipe Guillermo de Nassau y comenzaron los que
pudiéramos llamar sus años de peregrinación. Guerreó en Alemania y Holanda; sirvió
bajo el duque de Baviera; recorrió los Países Bajos, Suecia, Dinamarca. Refiérenos en el
Discurso del Método cómo en uno de sus viajes comenzó a comprender los
fundamentos del nuevo modo de filosofar. Su naturaleza, poco propicia a la exaltación y
al exceso sentimental, debió, sin embargo, sufrir en estos meses un ataque agudo de
entusiasmo; tuvo visiones y oyó una voz celeste que le encomendaba la reforma de la
filosofía; hizo el voto, que cumplió más tarde, de ir en romería a Nuestra Señora de
Loreto.
Permaneció en París dos años; asistió, como voluntario del ejército real, al
sitio de la Rochela y, en 1629, dio fin a este segundo período de su vida de soldado
dilettante, viajero y observador.
Decidió consagrarse definitivamente a la meditación y al estudio. París no
podía convenirle; demasiados intereses, amigos, conversaciones, visitas, perturbaban su
soledad y su retiro. Sentía, además, con aguda penetración, que no era Francia el más
cómodo y libre lugar para especulaciones filosóficas, y, con certero instinto, se recluyó
en Holanda. Vivió veinte años en este país, variando su residencia a menudo, oculto,
incógnito, eludiendo la ociosa curiosidad de amigos oficiosos e importunos. Durante
estos veinte años escribió y publicó sus principales obras: El Discurso del Método, con
la Dióptrica, los Meteoros y la Geometría, en 1637; las Meditaciones metafísicas, en
1641 (en 1647 se publicó la traducción francesa del duque de Luynes, revisada por
Descartes); los Principios de la filosofía, en 1644 (en latín primero, y luego, en 1647, en
francés); el Tratado de las pasiones humanas, en 1650.
Su nombre fue pronto celebérrimo y su persona y su doctrina pronto fueron
combatidas. Uno de los adeptos del cartesianismo, Leroy, empezó a exponer en la
Universidad de Utrecht los principios de la filosofía nueva. Protestaron violentos los
peripatéticos, y emprendieron una cruzada contra Descartes. El rector Voetius acusó a
Descartes de ateísmo y de calumnia. Los magistrados intervinieron, mandando quemar
por el verdugo los libros que contenían la nefasta doctrina. La intervención del
embajador de Francia logró detener el proceso. Pero Descartes hubo de escribir y
solicitar en defensa de sus opiniones, y aunque al fin y al cabo obtuvo reparación y
justicia, esta lucha cruel, tan contraria a su modo de ser pacífico y tranquilo, acabó por
hastiarle y disponerle a aceptar los ofrecimientos de la reina Cristina de Suecia.
Llegó a Estocolmo en 1649. Fue recibido con los mayores honores. La corte
toda se reunía en la biblioteca para oírle disertar sobre temas filosóficos, de física o de
matemáticas. Poco tiempo gozó Descartes de esta brillante y tranquila situación. En
1650, al año de su llegada a Suecia, murió, acaso por no haber podido resistir su
delicada constitución los rigores de un clima tan rudo. Tenía cincuenta y tres años.

En 1667 sus restos fueron trasladados a París y enterrados en la iglesia de
Saint-Etienne du Mont. Comenzó entonces una fuerte persecución contra el
cartesianismo. El día del entierro disponíase el P. Lallemand, canciller de la
Universidad, a pronunciar el elogio fúnebre del filósofo, cuando llegó una orden
superior prohibiendo que se dijera una palabra. Los libros, de Descartes, fueron
incluidos en el índice, si bien con la reserva de donec corrigantur. Los jesuitas excitaron
la Sorbona contra Descartes, y pidieron al Parlamento la proscripción de su filosofía.
Algunos conocidos clérigos hubieron de sufrir no poco por su adhesión a las ideas
cartesianas. Durante no poco tiempo fue crimen en Francia el declararse cartesiano.
Después de la muerte del filósofo, publicáronse: El mundo, o tratado de la
luz (París, 1677). Cartas de Renato Descartes sobre diferentes temas, por Clerselier
(París, 1667). En la edición de las obras póstumas de Amsterdam (1701), se publicó por
vez primera el tratado inacabado: Regulæ ad directionem ingenii, importantísimo para el
conocimiento del método.
La mejor edición de Descartes es la de Ch. Adam y P. Tannery, París 1897-
1909.
Sobre Descartes, además de las historias de la filosofía, pueden leerse en
francés:
L. Liard. Descartes.
O. Hamelin. Le système de Descartes. París, 1911.


Discurso del Método René Descartes



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