La Sombra Hans Christian Andersen

Título:  La Sombra

Autor:  Hans Christian Andersen   

Categoria:  Literatura Infantil

Idioma:  Espanhol


La Sombra Hans Christian Andersen



La Sombra Hans Christian Andersen

La Sombra

Hans Christian Andersen

Fragmento

En los países cálidos, ¡allí sí que calienta el sol! La gente llega a parecer de caoba;
tanto, que en los países tórridos se convierten en negros. Y precisamente a los países
cálidos fue adonde marchó un sabio de los países fríos, creyendo que en ellos podía
vagabundear; como hacía en su tierra, aunque pronto se acostumbró a lo contrario. Él y
toda la gente sensata debían quedarse puertas adentro. Celosías y puertas se
mantenían cerradas el día entero; parecía como si toda la casa durmiese o que no
hubiera nadie en ella. Además, la callejuela con altas casas donde vivía estaba
construida de tal forma que el sol no se movía de ella de la mañana a la noche; era, en
realidad, algo inaguantable. Al sabio de los países fríos, que era joven e inteligente, le
pareció que vivía en un horno candente, y le afectó tanto, que empezó a adelgazar.
Incluso su sombra menguó y se hizo más pequeña que en su país; el sol también la
debilitaba. Tanto uno como otra no comenzaban a vivir hasta la noche, cuando el sol se
había puesto.
Era digno de verse. En cuanto entraba luz en el cuarto, la sombra se estiraba por
toda la pared, incluso hasta el techo, tenía que hacerlo para recuperar su fuerza. El
sabio salía al balcón, para desperezarse, y así que las estrellas asomaban en el
maravilloso aire puro, era para él como volver a vivir. En todos los balcones de la calle
–y en los países cálidos todos los huecos tienen balcones– había gente asomada,
porque uno tiene que respirar; por muy acostumbrado que se esté a ser de caoba.
Había gran animación, arriba y abajo. Los zapateros, los sastres, todo el mundo estaba
en la calle, fuera estaban las mesas y las sillas, y brillaban las luces –sí, más de mil
había encendidas–. Uno hablaba y otro cantaba, y la gente paseaba y rodaban los
coches, los asnos pasaban –¡tilín, tilín, tilín!– sonando los cascabeles. Había entierros y
cantos fúnebres, los chicos disparaban cohetes y las campanas volteaban –sí, había
una vida tremenda en la calle–. Sólo la casa frente a la del sabio extranjero estaba en
silencio completo. Y, sin embargo, alguien vivía en ella, porque había flores en el
balcón que crecían espléndidamente al calor del sol, para lo que necesitaban ser
regadas –luego alguien debía haber allí–. La puerta del balcón aparecía también
abierta por la tarde, pero el interior estaba en sombra, por lo menos en la habitación
delantera. De dentro llegaba sonido de música. Al sabio extranjero le pareció
extraordinaria la música, pero bien podía ser pura imaginación suya, porque todo lo
encontraba extraordinario en los países cálidos excepto lo referente al sol–. Su casero
dijo que no sabía quién había alquilado la casa, no se veía a nadie y en cuanto a la
música se refería, creía que era horriblemente aburrida.
–Es como si alguien tratase de ensayar una pieza que no puede dominar; siempre
la misma. «¡Pues lo tengo que sacar!», dice, pero no lo consigue por mucho que toque.
Una noche el extranjero despertó; dormía con la puerta del balcón abierta. La
cortina se levantó con el viento, y le pareció que venía una luz fantástica del balcón de
enfrente. Todas las flores resplandecían como llamas de los colores más espléndidos y
en medio de las flores se encontraba una esbelta, atractiva doncella, que parecía
también resplandecer. De tal forma le deslumbró, que abrió los ojos
desmesuradamente y se despertó del todo. De un salto estuvo en el suelo, muy
despacio se acercó a la cortina, pero la doncella había desaparecido, el resplandor se
había apagado; las flores no brillaban, pero seguían siendo tan bonitas como siempre;

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la puerta estaba entornada y de las profundidades venía una música tan suave y
encantadora, que inspiraba los más dulces pensamientos. Era, sin embargo, como
cosa de magia. Y ¿quién vivía allí? ¿Dónde estaba la verdadera entrada? Todo el piso
bajo era una tienda tras otra y no era posible que la gente pasara por ellas.
Una noche el extranjero estaba sentado en su balcón, con una luz encendida en el
cuarto a espaldas suyas, por lo que, como es natural, su sombra estaba en la pared de
enfrente. Sí, allí estaba sentada exactamente enfrente entre las flores del balcón, y
cuando el extranjero se movía, también se movía la sombra, porque así es como hacen
las sombras.
–Parece como si mi sombra fuese el único ser vivo que se viera enfrente –dijo el
sabio–. Con qué delicadeza se sienta entre las flores. La puerta está entreabierta, ¡si la
sombra fuese tan lista como para entrar; mirar en torno suyo y venir después a
contarme lo que hubiera visto! Si, haz algo útil –dijo en broma–. ¡Vamos, entra!
¡Vamos, ahora!
Y le hizo gestos con la cabeza a la sombra, y la sombra le correspondió:
–¡Anda, pero no te pierdas!
Y el extranjero se levantó, y su sombra allá en el balcón de enfrente se levantó
también; y el extranjero se volvió y la sombra se volvió también; por si acaso alguien
hubiera estado observando, hubiera visto claramente que la sombra se colaba por la
puerta entornada de la casa de enfrente, al tiempo que el extranjero entraba en su
cuarto y corría la larga cortina tras de si.
A la mañana siguiente salió el sabio a tomar café y leer los periódicos.
–¿Qué pasa? –dijo, cuando salió al sol–. ¡Me he quedado sin sombra! Luego se
marchó anoche de verdad y no ha vuelto aún. ¡Qué fastidio!
Y eso le enojó, no tanto porque la sombra se hubiera ido, sino porque sabía de la
existencia de una historia sobre el hombre sin sombra, conocida por todos en su patria
allá en los países fríos, y en cuanto el sabio regresara y contase la suya, dirían que la
había copiado, y eso no le hacía maldita gracia. Por tanto, no diría una palabra, lo cual
estaba muy bien pensado.
Por la noche salió de nuevo al balcón. Había colocado la luz detrás de si, en la
debida posición, porque sabía que la sombra gusta de tener siempre a su dueño por
pantalla, pero no pudo atraerla. Se encogió, se estiró, pero no había sombra alguna
que volviera. Dijo:
–¡Ejem! ¡Ejem! –pero sin resultado.
Era un fastidio, pero en los países cálidos todo crece tan rápidamente que al cabo
de ocho días observó, con gran satisfacción, que le crecía una sombra de las piernas
cuando salía el sol –quizá la raíz había quedado dentro–. A las tres semanas, tenía una
sombra de considerables dimensiones que, cuando regresó a su patria en los países
nórdicos, creció más y más durante el viaje, hasta que al final era tan larga y tan
grande que la mitad hubiera bastado.

La Sombra Hans Christian Andersen


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