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Los Tres Mosqueteros Alexandre Dumas

 Título:    Los Tres Mosqueteros

Autor:    Alexandre Dumas   

Categoria:    Literatura

Idioma:    Español


Los Tres Mosqueteros Alexandre Dumas


Alejandro Dumas

Los tres mosqueteros

Indice

I. Prefacio
I. Los tres presentes del señor D'Artagnan padre
II. La antecámara del señor de Tréville
III. La audiencia
IV. El hombro de Athos, el tahalíde Porthos y el pañuelo de Aramis
V. Los mosqueteros del rey y los guardias del señor cardenal
VI. Su majestad el rey Luis XIII
VII. Los mosqueteros por dentro
VIII. Una intriga de corte
IX. D'Artagnan se perfila
X. Una ratonera en el siglo XVII
XI. La intriga se anuda
XII. Georges Villiers, duque de Buckingham
XIII. El señor Bonacieux
XIV. El hombre de Meung
XV. Gentes de toga y gentes de espada
XVI. Donde el señor guardasellos Séguier buscó más de una vez la campana para tocarla como
lo hacía antaño
XVII. El matrimonio Bonacieux
XVIII. El amante y el marido
XIX. Plan de campaña
XX. El viaje
XXI. La condesa de Winter
XXII. El ballet de la Merlaison
XXIII. La cita
XXIV. El pabellón
XXV. Porthos
XXVI. La tesis de Aramis
XXVII. La mujer de Athos
XXVIII. El regreso

XXIX. La caza del equipo
XXX. Milady
XXXI. Ingleses y franceses
XXXII. Una cena de procurador
XXXIII. Doncella y señora
XXXIV. Donde se trata del equipo deAramis y de Porthos.
XXXV. De noche todos los gatos son pardos
XXXVI. Sueño de venganza
XXXVII. El secreto de Milady
XXXVIII. Cómo, sin molestarse, Athos encontró su equipo
XXXIX. Una visión
XL. El cardenal
XLI. El sitio de la Rochelle .
XLII . El vino de Anjou . .
XLIII. El albergue del Colombier-Rouge .
XLIV. De la utilidad de los tubos de estufa
XLV. Escena conyugal
XLVI. El bastión Saint-Gervais
XLVII. El consejo de los mosqueteros
XLVIII. Asunto de familia
XLIX. Fatalidad
L. Charla de un hermano con su hermana
LI. Oficial
LII. Primera jornada de cautividad
LIII. Segunda jornada de cautividad
LIV. Tercera jornada de cautividad
LV. Cuarta jornada de cautividad
LVI. Un recurso de tragedia clásica
LVII. Evasión
LVIII. Lo que pasó en Portsmouth el 23de agosto de 1628
LIX. En Francis
LX. El convento de las Carmelitas de Béthune
LXI. Dos variedades de demonios
LXII. Gota de agua
LXIII. El hombre de la capa roja
LXIV. El juicio
LXV. La ejecución
LXVI. Conclusión
LXVII. Epílogo

Prefacio

EN EL QUE SE RACE CONSTAR QUE,
PESE A SUS NOMBRES EN «OS» Y EN «IS»,
LOS HEROES DE LA HISTORIA QUE VAMOS
A TENER EL HONOR DE CONTAR
A NUESTROS LECTORES
NO TIENEN NADA DE MITOLOGICO

Hace aproximadamente un año, cuando hacía investigaciones en la Biblioteca Real para mi
historia de Luis XIV, di por casualidad con las Memorias del señor D'Artagnan, impresas -como la
mayoría de las obras de esa época, en que los autores pretendían decir la verdad sin ir a darse
una vuelta más o menos larga por la Bastilla- en Amsterdam, por el editor Pierre Rouge. El título
me sedujo: las llevé a mi casa, con el permiso del señor bibliotecario por supuesto, y las devoré.
No es mi intención hacer aquí un análisis de esa curiosa obra, y me contentaré con remitir a
ella a aquellos lectores míos que aprecien los cuadros de época. Encontrarán ahí retratos
esbozados de mano maestra; y aunque esos bocetos estén, la mayoría de las veces, trazados
sobre puertas de cuartel y sobre paredes de taberna, no dejarán de reconocer, con tanto
parecido como en la historia del señor Anquetil, las imágenes de Luis XIII, de Ana de Austria, de
Richelieu, de Mazarino y de la mayoría de los cortesanos de la época.
Mas, como se sabe, lo que sorprende el espíritu caprichoso del poeta no siempre es lo que
impresiona a la masa de lectores. Ahora bien, al admirar, como los demás admirarán sin duda,
los detalles que hemos señalado, lo que más nos preocupó fue una cosa a la que, por supuesto,
nadie antes que nosotros había prestado la menor atención.
D'Artagnan cuenta que, en su primera visita al señor de Tréville, capitán de los mosqueteros
del rey, encontró en su antecámara a tres jóvenes que servían en el ilustre cuerpo en el que él
solicitaba el honor de ser recibido, y que tenían por nombre los de Athos, Porthos y Aramis.
Confesamos que estos tres nombres extranjeros nos sorprendieron, y al punto nos vino a la
mente que no eran más que seudónimos con ayuda de los cuales D'Artagnan había disimulado
nombres tal vez ilustres, si es que los portadores de esos nombres prestados no los habían
escogido ellos mismos el día en que, por capricho, por descontento o por falta de fortuna, se
habían endosado la simple casaca de mosquetero.
Desde ese momento no tuvimos reposo hasta encontrar, en las obras coetáneas, una huella
cualquiera de esos nombres extraordinarios que tan vivamente habían despertado nuestra
curiosidad.
Sólo el catálogo de los libros que leímos para llegar a esa meta llenaría un folletón entero cosa
que quizá fuera muy instructiva, pero a todas luces poco divertida para nuestros lectores. Nos
contentaremos, pues, con decirles que en el momento en que, desalentados de tantas
investigaciones infructuosas, Ibamos a abandonar nuestra búsqueda, encontramos por fin,
guiados por los consejos de nuestro ilustre y sabio amigo Paulin Paris, un manuscrito in-folio, con
la signatura núm. 4772 ó 4773, no lo recordamos exactamente, titulado así:
Memorias del señor conde de la Fère, referentes a algunos de los sucesos que pasaron en
Francia hacia finales del reinado del rey Luis Xlll y el comienzo del reinado del rey Luis XIV.

Adivínese si fue grande nuestra alegría cuando, al hojear el manuscrito, última esperanza
nuestra, encontramos en la vigésima página el nombre de Athos, en la vigésima séptima el
nombre de Porthos y en la trigésima primera el nombre de Aramis.
El descubrimiento de un manuscrito completamente desconocido, en una época en que la
ciencia histórica es impulsada a tan alto grado, nos pareció casi milagroso. Por eso nos
apresuramos a solicitar permiso para hacerlo imprimir con objeto de presentarnos un día con el
bagaje de otros a la Academia de inscripciones y bellas letras, si es que no conseguimos, cosa
muy probable, entrar en la Academia francesa con nuestro propio bagaje. Debemos decir que

ese permiso nos fue graciosamente otorgado; lo que consignamos aquí para desmentir pú-
blicamente a los malévolos que pretenden que vivimos bajo un gobierno más bien poco dispuesto

con los literatos.
Ahora bien, lo que hoy ofrecemos a nuestros lectores es la primera parte de ese manuscrito,
restituyéndole el título que le conviene, comprometiéndonos a publicar inmediatamente la
segunda si, como esta mos seguros, esta primera parte obtiene el éxito que merece.
Mientras tanto, como el padrino es un segundo padre, invitamos al lector a echar la culpa de su
placer o de su aburrimiento a nosotros y no al conde de La Fère.
Sentado esto, pasemos a nuestra historia.

Otros
  1. Escritos Completos de San Francisco de Asís
  2. El Cuervo Edgar Allan Poe
  3. Agudeza Gascona Marquês de Sade
Los Tres Mosqueteros	Alexandre Dumas


El Castillo Franz Kafka

 Título:    El Castillo

Autor:    Franz Kafka   

Categoria:    Literatura

Idioma:    Español



El Castillo Franz Kafka


I
LA LLEGADA1
Cuando K llegó era noche cerrada. El pueblo estaba cubierto por una
espesa capa de nieve. Del castillo2
 no se podía ver nada, la niebla y la
oscuridad lo rodeaban, ni siquiera el más débil rayo de luz delataba su
presencia. K permaneció largo tiempo en el puente de madera que
conducía desde la carretera principal al pueblo elevando su mirada hacia
un vacío aparente.
Se dedicó a buscar un alojamiento; en la posada aún estaban
despiertos, el hostelero no tenía ninguna habitación para alquilar, pero
permitió, sorprendido y confuso por el tardío huésped, que K durmiese en
la sala sobre un jergón de paja. K se mostró conforme. Algunos
campesinos aún estaban sentados delante de sus cervezas pero él no
quería conversar con nadie, así que él mismo cogió el jergón del desván y
lo situó cerca de la estufa. Hacía calor, los campesinos permanecían en
silencio, aún los examinó un rato con los ojos cansados antes de
dormirse.
Pero poco después le despertaron. Un hombre joven, vestido como si
fuese de la ciudad, con un rostro de actor, ojos estrechos y cejas espesas
permanecía a su lado junto al posadero. Los campesinos todavía seguían
allí, algunos habían dado la vuelta a sus sillas para ver y escuchar mejor.
El joven se disculpó muy amablemente por haber despertado a K, se
presentó como el hijo del alcaide del castillo y después dijo: 

Otros
  1. Un Medico Rural Franz Kafka
  2. Mansfield Park Jane Austen
  3. Ion Platon

El Castillo	Franz Kafka


Elegías (Selección) Sixto Propercio

 Título:    Elegías (Selección)

Autor:    Sixto Propercio   

Categoria:    Literatura

Idioma:    Español

Elegías (Selección) Sixto Propercio




Elegías
(selección)
Sixto Propercio

I, 1
Cintia, fue ella la primera, me atrapó con su mirada,
pobre de mí, que fuera antes inmune a los deseos.
Bajó Amor luego la altivez constante de mis ojos
y aplastó mi cráneo bajo el peso de sus pies.
Llegó a enseñarme a rehuir a las chicas honestas,
malvado, y a vivir sin sentido.
Y este furor mío no remite todo un año,
aunque me fuerzo a tener a los dioses contra mí.
Milanión, sin rehuir, Tulo, esfuerzo alguno,
sometió la fiereza de la impasible Jásida.
Pues ya erraba insensato por los valles Partenios,
e iba a enfrentarse con las fieras hirsutas;
él, incluso, herido por la clava de Hileo,
gimió su dolor por las rocas Arcadias.
Logró así dominar a la chica veloz:
Implorar vale tanto en amor como una heroicidad.
En mi caso, Amor inepto no pergeña ya artimañas
ni sabe. como antes, seguir senderos seguros.
Mas vosotras, que exhibís la falacia de que os lleváis la luna
y os esforzáis en fuegos mágicos rezando encantamientos,
¡Cambiad, venga ya, el pensar de mi dueña
y haced que su rostro palidezca más que el mío!
Así he de creer que estrellas y torrentes
podéis conducir con cantos Citeinos.
Y vosotros, que me ayudáis tarde en mi caída, amigos,
buscadle un remedio a mi corazón enfermo.
Hierro y fuegos crueles aguantaré fuerte,
si, al menos, puedo expresar libremente mi ira.
Llevadme entre pueblos recónditos, llevadme por mares,
donde mujer alguna sepa mi paradero:
Vosotros quedáos, que un dios os atiende con fácil oído,
y vivid para siempre por parejas en controlado amor.
A mí, nuestra Venus me somete a noches de amargura
y Amor, en calma, no se va de mí un momento.
Guardáos, os lo advierto, de este mal; controle a cada uno
su cuita y no cambie el objeto de su amor constante.
Que si alguien tarda en prestar atención a mis consejos,
¡Con qué dolor profundo ha de pensar en mis palabras!
I, 2
¿Qué sacas de andar, vida mía, con el pelo enjoyado
y ondular pliegues trasparentes en túnica de Cos?
¿Qué de esparcir por tu cabeza mirra del Orontes
y hacerte tributaria de modas extranjeras,
perder tu encanto natural con afeites comprados
sin dejar que brille tu cuerpo por sus propios méritos?
Créeme, no exige maquillajes tu belleza:

no gusta a Amor desnudo quien amaña su presencia.
Mira qué colores emite la tierra radiante,
cómo nacen mejor las hiedras por su cuenta
y crecen las matas más robustas en valles solitarios
y el agua sabe seguir su curso sin ayuda.
En la playa, atrae el colorido de sencillos guijarros
y las aves cantan bien dulcemente sin normas.
Febe, la Leucípida, no apasionó así a Castor,
ni su hermana Hilaira a Pólux, con afeites;
ni a Idas le enconó otrora con Febo su pasión
por la hija de Eveno, a orillas de su padre;
ni se atrajo su marido Frigio con falso candor
Hipodamia, llevada sobre ruedas extrañas:
Mas sus rostros presentábanse libres de gemas,
cual se exhibe el color en las tablas de Apeles.
No ansiaban vulgarmente atraerse amantes:
bastante belleza les daba su modestia.
Yo no temo ya ser para ti más vil que todos esos:
Si una chica gusta a un hombre bien ornada está;
sobre todo si Febo te dona sus poemas,
Calíope su lira Aonia de buen grado,
y tus palabras seductoras tienen gracia especial,
todas esas cosas que aprueban Venus y Minerva.
Con ellas, serás siempre lo más grato de mi vida,
mientras te hastíen esas míseras ostentaciones.
I, 3
Cual yació, al zarpar la nave de Teseo,
lánguida la Cnosia en la playa desierta;
cual durmió su primer sueño la Cefea
Andrómeda, ya libre de las duras rocas;
cual Edónida cansada de danzas incesantes
cae sobre el césped Apidano;
vi a Cintia respirar muelle quietud
reposando su cabeza sobre manos indolentes.
Yo arrastraba ebrios efluvios por abusar de Baco,
blandían antorchas los esclavos en la noche cerrada.
Sin perder el sentido por completo, probé a acercarme
a ella y me senté dulcemente en su cama;
y, aunque me impulsaban, arrastrado por un doble ardor,
a la vez Amor y Líber, dos crueles dioses,
a deslizar mi brazo con cuidado y tocarla inconsciente,
a disponer mis fuerzas e iniciar a besos el combate,
no osaba turbar la calma de mi dueña,
por miedo a sus broncas de fiereza bien probada.
Mas seguía yo quieto mirándola con ojos atentos,
como Argos los cuernos extraños de la Ináquida.
Ya me quitaba guirnaldas de la frente
y las ponía, Cintia, en tus sienes.
Ya me entretenía en retocar tus cabellos deslizados
y dejaba algún fruto furtivo en la palma de tu mano.
Derrochaba toda clase de presentes a tu sueño ingrato,

presentes que, al volverte, rodaban a veces de tu regazo;
cuantas veces emitías suspiros con gesto inusual,
creía, preocupado por vanos auspicios,
que alguna pesadilla te causaba insólitos temores,
que alguien, por la fuerza, te obligaba a ser suya.
Hasta que la luna pasó ante tus ventanas,
luna aplicada de minuciosa luz
y abrió con sus rayos ligeros tus apretados párpados.
Y me dijo con el codo apoyado en su blando lecho:
«¿Por fin te devuelve a mi cama la ofensa de otra,
que te ha echado de casa y te cierra su puerta?
¿Dónde has consumido largas horas de mi noche,
ay de mí, hasta cansarte, al fin de las estrellas?
¡Así llegues a pasar, rufián, las mismas noches
que siempre me haces soportar, pobre de mí!
Poco ha que engañaba mi sueño con hilo púrpura
y cantaba, rendida, después con la lira de Orfeo;
entretanto, abandonada, me quejaba en susurros
del tiempo que pasas tantas veces en amores extraños:
luego el sopor me llevó desfallecida en sus alas felices.
Así acabó la cuita de mis lágrimas.»
I, 6
Ya no temo conocer contigo el mar de Adria,
ni por aguas Egeas llevar mis velas, Tulo,
con quien puedo subir a los montes Rifeos
y pasar al otro lado las tierras de Memnón;
mas me impide marchar la voz de una chica en mis brazos,
y sus ruegos severos a veces, mudada la color.
Ella me arguye su pasión toda la noche,
y gime que no hay dioses si la dejo;
dice que ya no es mía, me amenaza,
lo que una amante triste a su hombre ingrato.
Yo no puedo resistir un momento sus quejas:
¡Muérase quien pueda amar con indolencia!
¿Tanto me vale conocer la docta Atenas
y admirar las arcaicas riquezas de Asia?
¿Y que así me organice un escándalo al zarpar la nave,
Cintia, y se arañe la cara con mano histérica,
y diga al viento opuesto que le deben besos,
que no hay nada más cruel que un hombre desleal?
Tú prueba a superar los fascios logrados por tu tío,
y recuerda a nuestros aliados las viejas leyes que olvidaron.
Pues nunca has dedicado tu tiempo a amar,
tu cuita ha sido siempre las armas de tu patria.
¡Que ese niño no te acarree nunca mis penas,
ni todo lo que mis lágrimas han conocido!
Déjame, a quien siempre quiso humillar la fortuna,
que entregue mi ánima a la última abyección.
Muchos han muerto a gusto en su amor eterno,
en cuyo número también me ha de cubrir la tierra.
Yo no nací destinado a loas ni a guerras:

Los hados quieren que sufra esta milicia.
Tú irás por donde se extiende la tierra Jonia, o por donde
la Lidia arada tiñe el agua del Pactolo,
a sesgar la tierra con tus pies o el ponto con tus remos;
tendrás parte en la forja de un imperio:
Entonces, si tienes un momento para recordarme,
sabrás que vivo bajo una dura estrella.
II, 1
Os preguntáis por qué describo amores tantas veces
por qué a mis labios llega siempre una obra dulce.
Ni Calíope ni Apolo me los cantan.
Mi propia amiga excita mi imaginación.
Si la haces pasear deslumbrante en túnica de Cos,
sobre túnicas de Cos tratará todo el volumen;
si veo que su pelo despeinado le salpica la frente,
le gustará ensoberbecerse por mis loas a sus cabellos;
si sus dedos de marfil tocan en la lira una canción,
me admiro del arte que imprime a sus manos dóciles:
Si declina su mirada en pos del sueño,
halla mil nuevos temas mi poesía.
Si arrebato sus ropas y, desnuda, me hace frente,
entonces compongo extensamente auténticas Ilíadas:
Haga lo que haga, diga lo que diga
de una nimiedad nace una historia desmedida.
Pues, si los hados, Mecenas, me hubieran concedido
que pudiera guiar al combate tropas heroicas,
yo no cantaría a los Titanes, ni sobre el Olimpo
al Osa, para llegar por el Pelión hasta los cielos,
ni a la antigua Tebas, o a Pérgamo, fama de Homero,
la unión de dos mares por orden de Jerjes, o el primer
reino de Remo o el valor de la altiva Cartago,
la amenaza de los Cimbrios y las gestas de Mario:
Recordaría las hazañas guerreras de tu César, y tú,
tras el gran César, serías mi segundo tema.
Pues cuantas veces Módena o las piras civiles de Filipos
cantara, o la guerra naval con Sicilia en fuga,
o los lares destruidos a la antigua raza Etrusca,
o la toma de las costas del faro Tolomeico,
o cantara a Egipto y su Nilo cuando arrastrado
a la ciudad, iba débil con siete brazos cautivos,
o a la cerviz de reyes circundadas por grilletes de oro,
o las proas de Accio avanzando la vía sacra;
siempre asociárate mi musa a aquellas gestas,
perdida la paz o recobrada, caudillo fiable:
Teseo en el infierno es mi testigo, y en la tierra
Aquiles, él con el Ixionida, éste con el Menotiada.
***
Mas ni la guerra contra Zeus de Flegreo y Encelado
ha de entonarse en el pecho delicado de Calímaco,
ni mi sensibilidad se aviene a un verso enérgico,
que fije el nombre de César entre sus ancestros Frigios.

De vientos el marino, de bueyes habla el labrador,
cuenta el soldado sus heridas, el pastor sus ovejas;
Yo prefiero contar las refriegas de mi justo lecho:
cada uno pase el día en la actividad que pueda.
Loa es morir enamorado; otra loa, si se logra
de un solo amor gozar: ¡que goce yo solo del mío!
Ella suele hablar mal, si no yerro, de las chicas ligeras;
y no aprueba del todo la Ilíada por Helena.
Si Fedra es mi madrastra y he de probar sus venenos,
no afectarán los venenos a su hijastro, o si debo
caer bajo los filtros de Circe, o si la Cólquida
me hierve su caldera en fuegos de Yolcos,
que una sola mujer ha apresado mis sentidos
y han de sacar mis restos de su casa.
Cualquier medicina sana los dolores humanos:
sólo al amor no le gustan los médicos.
Macaón sanó las piernas heridas de Filoctetes,
el Filírida Quirón los ojos de Fénix,
y el dios de Epidauro, con hierbas Cretenses,
devolvió a Androgeo de la muerte a su hogar patrio;
el joven Misio que se sintió herido por Hemonia
espada, de la misma espada sintió su curación.
Mas si alguien logra corregir mi daño, él sólo
podrá poner frutos al alcance de Tántalo;
él llenará a las vírgenes las tinas con sus cántaros,
no pese el agua para siempre en sus tiernos cuellos;
él soltará también a Prometeo de la roca Cáucasa
los brazos y echará al ave del centro de su pecho.
Pues, cuando los hados reclamen mi vida
y sea un breve nombre sobre un poco de mármol,
Mecenas, esperanza que admira nuestra juventud,
gloria que hace justicia con mi vida y mi muerte,
si un día tus pasos te acercan a mi tumba,
frena tu carro Britano de armazón cincelado,
y dile así llorando a mis cenizas mudas:
«Una chica insensible fue el hado de este infeliz.»
II, 12
Quienquiera que pintó a Amor niño
¿No crees que tuvo mano sorprendente?
Él fue el primero en ver amantes viviendo desquiciados,
y grandes bienes perderse en vanas cuitas.
No le añadió, así mismo, sin razón, alas airosas
e hizo que el dios volara en el corazón humano:
Pues nos dejamos a merced de las olas una y otra vez,
y no hay lugar donde descansen nuestras auras.
Bien armada fue su mano de flechas de arpón
y un carcaj de Cnosos cuelga de sus hombros:
Pues no hiere ilusos antes de ver al enemigo,
y nadie sale sano de aquel impacto.
En mí siguen sus dardos y sigue su imagen infantil:
Mas seguro que ha perdido sus alas;

porque, ay, nunca vuela de mi pecho,
y dentro de mi sangre da guerra sin cesar.
¿Qué gusto encuentras en habitar mis secas médulas?
Si hay vergüenza, ¡Tírale a otro tus dardos!
Es mejor probar con sanos tus venenos: No soy yo,
sino mi tenue sombra, lo que maltratas.
Si la echas a perder, ¿Quién habrá que cante así
(esta mi Musa baladí te clama grandemente)
que alabe los rasgos y los dedos y los negros ojos
de una chica y hasta sus andares sensuales?
II, 15
¡Oh feliz de mí! ¡Oh noche para mí radiante! ¡Oh lecho,
que has ganado dicha con mis goces!
¿Cuántas cosas nos dijimos a la luz del candil
y vaya gresca hubo al apagar la luz!
Pues me hizo frente a ratos con el pecho desnudo,
y a veces me entretuvo vestida de túnica.
Ella abrió mis ojos, que caían de sueño
a besos y me dijo: «¿Es que duermes, remolón?»
¡Qué variación de abrazos nos intercambiamos! ¡Cuánto
tiempo mis besos se quedaron en tus labios!
No ayuda interferir a Venus moviéndose a ciegas:
Por si lo ignoras, en amor, los ojos son los guías.
Paris mismo, cuentan que cayó por la Laconia,
desnuda al levantarse del lecho de Menelao:
Y Endimión prendó desnudo a la hermana de Febo,
dicen, y se acostó con la diosa desnuda.
Conque, si persistes en la idea de dormir vestida,
probarás cómo mis manos desgarran tu ropa:
Más aún, si me desborda la ansiedad,
le enseñarás a tu madre los brazos marcados.
No te impiden jugar unos pechos caídos:
Si a alguna le preocupa que parió, fíjese en ello.
Mientras los hados nos dejan, saciemos de amor nuestros ojos:
Te llega una larga noche, no ha de volver el día.
¡Si quisieras que nos ligara una cadena juntos,
sin que un día lograra deshacerla!
Sírvante de ejemplo las palomas unidas por su amor,
macho y hembra en vínculo total.
Yerra quien le busca fin a un amor insensato:
Un amor verdadero no sabe ser comedido.
Antes al labrador le engañará la tierra sin productos,
más pronto el Sol conducirá caballos negros,
y empezarán los ríos a retornar sus aguas a las fuentes,
y habrá peces sedientos sobre un mar árido,
que podamos transferir nuestro dolor a otro:
Yo seré suyo mientras viva y muerto seré suyo.
Que si acepta concederme con ella tales noches,
incluso un año será una larga vida.
Y si me da muchas, llegaré a inmortal en ellas:
Sólo en una noche, cualquiera puede ser incluso dios.

Si todos quisieran pasar una vida como esa,
y yacer con el cuerpo bien cargado de vino,
no habría espada cruel ni nave de guerra,
ni el mar de Accio revolvería huesos nuestros,
ni, acosada tantas veces por sus propios triunfos,
Roma estaría cansada de soltarse el cabello.
Nuestros descendientes bien podrán loarnos esto:
Mis tragos no han ofendido a dios alguno.
Tú, mientras hay luz, ¡No desprecies el fruto de la vida!
Si das todos los besos, darás pocos.
Y como las hojas han dejado las guirnaldas secas,
esas que ves nadar, esparcidas por tantas copas,
a nosotros, amantes que a tanto aspiramos,
acaso nos traerá la muerte el día de mañana.
II, 20
¿Por qué lloras más que Briseida en su rapto? ¿Por qué
lloras con más triste congoja que Andrómaca cautiva?
¿Por qué, insensata, aburres a los dioses con mi traición?
¿Por qué te quejas así de que haya decaído mi lealtad?
E1 fúnebre pájaro de la noche Ática no arma
tanta bulla entre hojas Cecropias con sus quejas;
tampoco Niobe, soberbia ante seis pares de sepulcros,
derrama tantas lágrimas desde el Sípilo atento.
A mí, pueden atarme los brazos con nudos de bronce
y guardar tus miembros en la morada de Danae.
Por ti, vida mía, romperé las cadenas de bronce,
y asaltaré la férrea casa de Danae.
Lo que me digan de ti, lo dicen a oídos sordos:
Tú, al menos no dudes de mi seriedad.
Te juro por los huesos de mi madre y de mi padre
(si te engaño, ¡caigan sus cenizas sobre mí!),
que seguiré a tu lado, vida, hasta la oscuridad final:
Sólo una voluntad se nos llevará a ambos, sólo un día.
Pues si no me detuvieran tu fama o tu belleza,
podría retenerme la dulzura de servirte.
Ya van siete órbitas de la luna llena,
y las encrucijadas no dejan de hablar de ti y de mí:
Se me hizo franca a veces, entre tanto, tu puerta,
se me hizo, a veces, sitio en tu cama.
No he comprado noche alguna con benditos obsequios;
si algo llegué a ser, lo fui por tu carácter generoso.
Aunque muchos te buscaban, tú sólo me buscaste a mí:
¿Puedo no recordar tu inclinación?
¡Vejadme, pues, trágicas Erinias y en tu
infernal juicio, condéname, Eaco!
¡Vague mi pena entre las aves de Titio,
empuje luego piedras con esfuerzo de Sísifo!
No te me humilles con cartas suplicantes:
Que mi fidelidad llegará hasta el fin como empezó.
Pues merezco, para siempre, ser el solo amante
que no desiste pronto ni acomete en vano.

II, 34 A
¿Cómo va uno a describirle a Amor el rostro de su dueña?
A mi amiga, así, casi me la roban.
Hablo por experiencia, no hay nadie fiel en amor:
todos pretenden a la mujer hermosa y no es raro.
Aquel dios enemista parientes, separa amigos
y provoca guerras fúnebres entre aliados.
Un adúltero huésped hospedó Menelao:
¿Y no se fue la Cólquida con un desconocido?
Tú, Linceo, ¿Has podido, pérfido, tentar
a mi cuita? ¿Y las manos no se te cayeron?
¿Y si ella no llega a resistir con tanta decisión?
¿Podrías seguir viviendo en tamaña vileza?
Párteme el corazón con una espada o envenéname:
¡Deja, ay, en paz al menos a mi dueña!
Puedes compartir mi vida, mi persona,
te admito, amigo, que domines mis asuntos:
Sólo respétame el lecho, te lo ruego, sólo el lecho.
Por rival, no puedo soportar ni a Júpiter.
Hasta yo compito con mi propia sombra que no es nada,
estúpido, porque a veces me encelan celos estúpidos,
Sólo hay una causa, por la que disculpo tan grave traición,
que erraban tus palabras por exceso de vino.
No volverá a engañarme un ceño de vida severa:
Todos saben ya lo bien que sienta amar.
II, 34 B
¡Mi propio Linceo está loco de amor tardío!
Me alegra que tú al menos frecuentes mis dioses.
¿De qué te valdrá ahora tu saber de Socráticos
libros o poder hablar del transcurso de las cosas?
¿De qué te sirven los versos selectos del Erecteo?
En un amor profundo, nada ayuda vuestro anciano.
Tú imitarás a Filitas glosador de las Musas,
es mejor, y los sueños del sencillo Calímaco.
Pues aunque cuentes otra vez del Etolio Aquelao,
cómo fluyó su caudal quebrantado de amor profundo,
y cómo el Meandro tortuoso por el campo Frigio
erra y esquivan sus aguas hasta el cauce,
y en qué forma Arión, el caballo hablador del triste
Adrastro, venció en los funerales de Arquemor,
no te servirán el orgullo de la cuádriga Anfiarea,
o las ruinas tan gratas a Júpiter de Capaneo.
Deja de engarzar palabras de coturno Esquileo,
deja, y fragméntalas en coros líricos.
Empieza ya a incluirlas en molde ajustado,
y atiende tus pasiones, poeta insensible.
Tú no irás más a salvo, que Antímaco o que Homero:
Una chica orgullosa desprecia hasta a los grandes dioses.
Mas no sucumbe un toro al arado agobiante,
antes de que sus cuernos ligues con fuertes sogas,

ni tú podrás soportar amores implacables:
Que antes habré de dominar tu agresividad.
Ellas no suelen preguntar la razón del Universo,
ni por qué esfuerzan sus corceles la luna y su hermano
ni si va a quedar algo tras las fatigas Estigias,
ni si estallan los rayos lanzados por decreto.
Mírame, yo heredé de mi casa una pequeña fortuna
no un triunfo de mi abuelo en un Marte remoto
¡Cómo reino en la fiesta entre un mont6n de chicas
por un genio al que tú restas importancia!
Válgame dormir tendido entre guirnaldas de ayer,
que un dios certero llegó a mis huesos con sus dardos;
las costas de Accio con Febo por guardián y las naves
del fuerte César, puede cantarlas Virgilio,
que suscita ahora las armas del Troyano Eneas
y los muros plantados en las playas Lavinias.
¡Ceded, autores Romanos! ¡Ceded, griegos!
Nace no sé qué mejor que la Ilíada:
Tú cantas bajo los pinos del umbroso Galeso
a Tirsis y a Dafnis de gastadas flautas,
cómo pueden seducir a las chicas diez manzanas
y un cabrito arrebatado de las ubres que mamaba.
¡Feliz, si compras baratos tus amores con manzanas!
A esta ingrata ya puede cantarle el propio Títiro.
¡Feliz Coridón que al virginal Alexis, las delicias
de su amo campesino, intenta ganárselo!
Aunque él repose, cansado, de su flauta
lo alaban sin esfuerzo las Hamadríadas.
Tú cantas según cánones del viejo poeta Ascreo,
en qué llano crece el trigo, la uva en qué collado.
Logras con tu lira experta un canto semejante
cual el Cintio templa al toque de sus dedos.
No obstante, este género no aburrirá a lector alguno,
ya sea torpe en el amor o experimentado.
Pues en inspiración no es inferior aunque en voz lo sea,
el cisne armonioso cedió al canto espontáneo del ganso.
Varrón, incluso, acabado su Jasón los componía
Varrón llama que abrasaba a su Leucadia;
cantáronlo también las obras del sensual Catulo,
por ellas se conoce a Lesbia incluso más que Helena;
también las páginas de Calvo los difunden,
al cantar las exequias de la pobre Quintilia.
¡Cuántas heridas por la hermosa Licoris, lavó
al morir, Galo, con el agua infernal!
Por cierto, que Cintia está alabada en versos de Propercio,
por si Fama quiere incluirme entre todos aquéllos.

Otros
  1. Mansfield Park Jane Austen
  2. Ion Platon
  3. Logica D. Andres Piquer
  4. Poesías Antonio Machado
Elegías (Selección)	Sixto Propercio


El Misterio de Marie Roget Edgar Allan Poe

 Título:    El Misterio de Marie Roget

Autor:    Edgar Allan Poe   

Categoria:    Literatura

Idioma:    Español

El Misterio de Marie Roget Edgar Allan Poe


EL MISTERIO DE MARIE ROGET1
EDGAR ALLAN POE
(Continuación de «Los crímenes de la calle Morgue»)

Hay series ideales de acaecimientos que corren paralelos a los reales. Rara vez
coinciden; por lo general. Los hombres y las circunstancias modifican la serie ideal
perfecta, y sus consecuencias son por lo tanto igualmente imperfectas. Tal ocurrió con
la Reforma: en vez del protestantismo tuvimos el luteranismo.
(NOVALIS, Moral Ansichten) 

Otros
  1. Venganza Moruna Vicente Blasco Ibáñez
  2. Nativa Eduardo Acevedo Díaz
  3. Fábula de Polifemo y Galatea Luis de Góngora y Argote
  4. Romance de lobos, comedia barbara Ramon del Valle-Inclan
  5. El Album Anton Tchekov

el-misterio_Marie_Roget


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Ego te Absolvo Oscar Wilde

Título:    Ego te Absolvo

Autor:    Oscar Wilde   

Categoria:    Literatura

Idioma:    Español



 Ego te Absolvo Oscar Wilde


Ego te absolvo
Oscar Wilde 
I
 Bajo sus boinas azules, ennegrecidas por la pólvora y
manchadas por el polvo de los caminos, los soldados de
Miralles tienen caras de bandidos, con su piel color hollín
y sus barbas y cabelleras descuidadas. Desde hace cinco
largas semanas se arrastran por las carreteras, sin casi
dormir, sin casi descansar, tiroteando en cualquier
momento con una rabia creciente.
 ¿No acabarán con aquellos bandidos liberales? Don
Carlos habíales prometido, sin embargo, que después de
las fatigas de Estella, España seria suya.
Todos ellos tienen sed de venganza y de sangre, y la
alegría de verterla es la que les mantiene en pie, por muy
cansados y rendidos que se encuentren.
 Vascos, navarros, catalanes, hijos de desterrados que
murieron de hambre y de miseria en tierras extranjeras,
sienten rabia de fieras contra aquellos soldados que les
disputan el camino de la meseta de Castilla, la vía de los
palacios en los que han jurado establecer al legítimo rey
para repartirse, sobre las gradas del trono restaurado, los
cargos del reino y las riquezas de los vencidos.
 Entre estos montañeses y los hombres de los partidos
nuevos no median únicamente rencores políticos: existen,
sobre todo, y antes que nada, viejas cuentas de asesinatos
impunes, saqueos sin indemnizar, incendios sin revancha.
Por eso, cuando un soldado de Concha cae entre sus
manos, ¡infeliz de él!, paga por los demás, por los que se
escurren.
 -Hermano, hay que morir -le dicen, apoyándole contra
una roca.
El hombre inicia el signo de la cruz, y no bien
desciende su mano en un amén más lento, los fusiles,
alineados a diez pasos de su pecho, vomitan la muerte.
La víctima se desploma como un guiñapo y no se
vuelve a hablar de la cosa.
 Los buitres de los Pirineos hacen lo demás.
Si el cura de Miralles, un hombrecillo rechoncho y
encorvado, de ojos semicerrados, con la sotana
arremangada, pasa junto a los guerrilleros, se cuelga su
fusil al hombro y absuelve o bendice al moribundo con
gesto rápido.
A veces, sin separar sus ojos del catalejo marino que le
sirve para escudriñar rocas o encinares, confiesa al
prisionero.
¡Un general es responsable de la vida de sus tropas, qué
diantre!
Liberal, pero, eso sí, católico, el prisionero no parece
sorprendido del extraño doble oficio del sacerdote
soldado.
Es necesario que le confiese, puesto que van a fusilarle,
y es muy natural que le fusilen, puesto que se había dejado
coger y porque él fusilaría lo mismo si hubiera cogido un
prisionero.
 Esta lógica satisface por completo las débiles
exigencias de su cerebro de campesino arrancado del
terruño para doblar la cerviz bajo los arreos militares.
Y, además, ¿para qué luchar con este hecho brutal de la
muerte amenazadora, inmediata, inevitable?
 Puesto que tiene que llegar, se trata solamente de hacer
el equipaje bien para presentarse con todo en orden
cuando le corresponda hacer su entrada en el más allá
inevitable.
II
 Aquella noche, al ponerse el sol, hallábase Pedro
Careaga de centinela en la sima de Mallorta, cuando una
mujer con un mulo dobló por el sendero de Buenavista.
Tiró al azar y fue el mulo el que cayó. La mujer corrió
hacia él sin darle tiempo a cargar otra vez, y cuando la
tuvo en la punta del cañón, el navarro no pudo decidirse a
tirar.
 La hembra era bella y deseable, con sus largos cabellos
negros que caían en cascada hasta sus piernas, sus labios
rojos y sus pupilas brillantes.
 Pedro Careaga olvidó, por su prisionera, la causa de
don Carlos y la Libertad.
La mujer, que tenía miedo, le juró además que adoraba
al «rey neto». Le probó que no detestaba las caricias
perfumadas con pólvora de guerra y que Pedro Careaga
era, si no el más hermoso de los mortales, por lo menos el
más mimado de los vencedores: todo esto entre las moles
de piedra de la sima de Mallorta.
Los brazos de la prisionera rodeaban aún, como un
collar de oro moreno, el cuello curtido de Careaga, cuando
llegó Joaquín Martínez a relevarle.
 -¡Eh, poquito a poco! -dijo-. Hay que repartir,
caballerito. Las noches son frescas. No es bueno dormir
sin capote, compañero. Ya veo que eres hombre
precavido: dosel de pelo, brazos tibios como pañuelo del
cuello y manta de carne suave. ¡Me llegó la vez, amigo!
Careaga se levantó y, colocando detrás de él a la
prisionera, respondió:
-¡Te llegó la vez, mequetrefe! Donde reina Careaga, no
hay otro rey. Si las noches son frescas, ve a calentarte
contra esa mula que ha tirado patas arriba mi carabina, o si
no tira tú otra. ¡Mi botín es mío, como Navarra es del rey
Carlos, hijo de judía!
Joaquín Martínez se echó el fusil a la cara, e iba a tirar,
cuando la mujer, de un brinco salvaje, desvió el cañón y
mandó la bala a perderse en las nubes.
 Alzándose de hombros, Martínez tiró el arma
descargada y de un navajazo en pleno vientre tendió en el
suelo a la prisionera de Careaga.
 -¡Ah canalla! -aulló el navarro precipitándose hacia
adelante y blandiendo su carabina.
Pero un nuevo navajazo cortó en sus labios el rosario
de las blasfemias. Y se desplomó arrojando una espuma
blanquecina por la comisura de los labios en el charco de
sangre que salía del cuerpo de la mujer destripada,
Atraído por el ruido de la detonación, llegaba Aliralles
seguido de unos cuantos hombres.
Con sus ojos casi desprovistos de cejas por el estallido
de un mal fusil, el cura bandolero abarcó la escena.
 -¡Puercos! -gruñó sordamente-. Veamos la hembra.
¡Hermosa mujer despachada de un negro navajazo! ¡De
qué te ha servido, inocente narciso! Careaga, por lo
menos, ha gozado. Bien, muchacho -repuso dirigiéndose a
Martínez, cuyos ojos no se despegaban de él-, ¡es muy
bonito eso de querer robar el botín de un companero! ¡Eh,
vosotros! Dejadme confesar a este pagano; aquí no se os
necesita para nada. Di tu «confiteor» Martínez, y haz acto
de contrición.
-«Ego te absolvo» -murmuró Miralles con un gesto de
bendición-. ¡Puercos, malditos hijos de p... que se
destrozan por una hembra!
Y en seguida, encañonando bruscamente su fusil hacia
el individuo, le abrasó los sesos sobre los dos cadáveres.
 -¡Si les dejase uno hacer a estos mocitos -refunfuñó- no
tendría don Carlos ejército dentro de poco!


Otros
  1. Algunos Poemas a Lesbia Caio Valério
  2. Werther Johann Wolfgang von Goethe
  3. David Copperfield Charles Dickens
  4. Naufragios Álvar Núñez Cabeza de Vaca
  5. Manfredo George Gordon Byron
  6. Escudo de la Ciudad Franz Kafka
Ego te Absolvo	Oscar Wilde


Cómo se Filosofa a Martillazos Friedrich Wilhelm Nietzsche

 Título:    Cómo se Filosofa a Martillazos

Autor:    Friedrich Wilhelm Nietzsche   

Categoria:    Filosofia

Idioma:    Español




Cómo se Filosofa a Martillazos Friedrich Wilhelm Nietzsche


Friedrich Nietzsche
Cómo se filosofa a martillazos
PREFACIO
CONSERVAR en los problemas sombríos y de abrumadora responsabilidad la alegría serena, es cosa
harto difícil, y, sin embargo, ¿hay algo más necesario que la alegría serena? Nada sale bien si no
participa en ello la alegre travesura. Soló el exceso de fuerza es la prueba de fuerza. Una transmutación
de todos los valores, interrogante negro y tremendo que proyecta sombras sobre quien lo plantea, obliga a
cada instante a buscar el söl y sacudir una seriedad pesada, una seriedad que se ha vuelto demasiado
pesada. Para este fin, bienvenidos sean todos los medios; cada caso es un caso de buena suerte. Sobre
todo, la guerra. La guerra siempre ha sido la grande cordura de todos los espíritus que se han vuelto
demasiado íntimos y profundos; hasta en la herida hay virtud curativa. Desde hace tiempo la siguiente
máxima, cuyo origen escamoteo a la curiosidad erudita, ha sido mi divisa:
 increscunt animi, virescit volnere virtus.
Otro solaz, que bajo ciertas circunstancias me es aún más grato, consiste en tantear ídolos... Existen en
el mundo más ídolos que realidades; tal es mi “mal de ojo” respecto a este mundo, como también mi “mal
de oído”... Interrogar con el martillo y oír acaso coma respuesta ese famoso sanida hueco que dice de
intestinos aquejados de flatosidad, ¡qué deleite supone para uno que tiene oídos aún detrás de los oídos!;
para mí, avezado sicólogo y seductor ante el que precisamente lo que quisiera permanecer calladito tiene
que hacerse oír...
También este escrito-como lo revela el título-es ante todo solaz, rincón soleado, escapada a la sociedad,
de un sicólogo. ¿Acaso también una nueva guerra? ¿Se tantean nuevos ídolos?... Este pequeño escrito es
una gran declaración de guerra; y en cuanto al tanteo de ídolos, esta vez no son ídolos de la época, sino
ídolos eternos los que aquí se tocan con el martillo como con el diapasón; no existen ídolos más antiguos,
más convencidos, más inflados... ni más huecos... Lo cual no impide que sean los más creídos. Por otra
parte, sobre lodo en el caso más distinguido, no se los designa en absoluto con el nombre de ídolo...
Turín, 30 de septiembre de 1888,
día en que quedó concluido el libro
primero de la Transmutación de todos los valores.
FRIEDRICH NIETZSCHE

>> 10+ Clásicos Filosoficos. Libros para Filosofar <<

1. De la Tranquilidad de Animo Lucio Anneo Seneca
2. Dialéctica de la Naturaleza Friedrich Engels
4Moral Aristóteles
5Política Aristóteles
6. Aforismos Y Sentencias Hipócrates
7. Cómo se Filosofa a Martillazos Friedrich Wilhelm Nietzsche
8Ser Infeliz Franz Kafka
9Crimen y Castigo Dostoievski
10. Así Habló Zaratustra Nietzsche

Cómo se Filosofa a Martillazos	Friedrich Wilhelm Nietzsche


Hipias Mayor Platón

 Título:    Hipias Mayor

Autor:    Platão   

Categoria:    Filosofia

Idioma:    Español



Hipias Mayor Platón




Platón
HIPIAS MAYOR
INTRODUCCIÓN
El Hipias Mayor es un diálogo aporético: el problema planteado queda sin resolver al finalizar la discusión. Tiene una extensión de casi el
doble que el Hipias Menor, y este dato es, sin duda, suficiente para explicar los adjetivos comparativos que sirven para distinguir un diálogo
del otro. Aunque en la Antigüedad no existió problema sobre la autenticidad de este diálogo, algunos filólogos han puesto en duda, en los
dos últimos siglos, la atribución de est e diálogo a Platón. Parece tan difícil admitir las objeciones alegadas, como creer ciegamente en la autenticidad del diálogo. En todo caso, esta obra figurará siempre en el
corpus platónico, porque, a pesar de los problemas que pueda suscitar
su atribución a la pluma de Platón, es una obra de corte platónico en lo
literario, en lo filosófico y en la forma general del tratamiento del tema.
La cuestión discutida en este diálogo es la de lo bello en sí mismo, la
esencia que debe subyacer a todas las cosas bellas para que sean bellas.
En principio podría parecer que se trata de un estudio independiente
sobre este tema al que más tarde el autor le hubiera asignado los nombres de Hipias y Sócrates para defender las partes, y al que hubiera colocado una bella y artística introducción que va hasta 286c, donde empieza el verdadero tema del diálogo. Hásta tal punto la parte dedicada al
tema de lo bello en sí constituye un. bloque bien caracterizado. Sin embargo, los dialogantes no pueden ser otros que Sócrates e Hipias. En el
caso de Sócrates, no hay la menor duda. La introducción de ese personaje de carácter áspero en la búsque da de la verdad, precisamente desde
las primeras lineas en que se aborda el tema de lo bello, así como su
constante presencia a lo largo de todo el resto del diálogo, nos demuestran que el tema está tratado desde el supuesto de que Sócrates es un interlocutor obligado. Quizá no parece tan obligado que el otro interlocutor haya de ser Hipias, pero la verdad es que el personaje está perfilado
muy frecuentemente y muy bien. Es imposible en el diálogo tomar el
tema separándolo de los interlocutores; la trabazón es completa. Es cl aro que el tema del diálogo podría haberse tratado con dialo gantes no caracterizados, pero en el caso de este diálogo se puede decir que no ha
sido escrita una sola línea sin tener presente que los que dialogaban
eran, precisamente, Sócrates e Hipias.
Admitido lo que precede, como no puede ser por menos, comprobamos que la bella parte introductiva está, concretamente, destinada a la
caracterización de los dos personajes, especialmente de Hipias, puesto
que Sócrates aparece diseñado por contraste y, además, es ya un personaje canónico. Nos encontramos, pues, con un diálogo completamente
trabado desde el principio hasta el fin con unidad interna precisa. Dos
rasgos llaman, sin embargo, la atención: la ironía y la agresividad. Se
trata sólo de una distinción de grado. Los dos personajes se expresan
con más dureza de la habitual. La irritación de Hipias y la dura ironía
de Sócrates desde 300c hasta 302a, así como las últimas palabras de
Hipias en 304a, dejan una impresión de agresividad que no aparece en
otros diálogos. Sin duda, hay más pasión, por ejemplo, en la discusión
de Calicicles con Sócrates en el Gorgias, pero ese apasionamiento, e
incluso irritación, no deja la impresión de la enemistad a flor de piel 
que se observa en nuestro diálogo. La ironía de Sócrates, antes aún de
entrar en el tema de lo bello, no es una ironía contra los argumentos sino contra la persona, cuya descalificación se busca.
Es difícil explicarse por qué Platón decidió enfrentar dos veces, como únicos dialogantes, a Sócrates y a Hipias. No lo ha hecho con Protágoras ni con Gorgias, sofistas más representativos que Hipias. Puede
ser que no quisiera volver a tocar a Protágoras, muerto casi un tercio de
siglo antes de que Platón pudiera tener la idea de dar su nombre a un
segundo diálogo. Gorgias era ya un anciano de cerca de 100 años al que
no parecía oportuno hacer aparecer de nuevo en un diálogo. En cambio,
Hipias era más joven y, durante algún tiempo, cuando ya Gorgias era
muy viejo, debió de ser el sofista de más prestigio. Nuevamente, como
en el Hipias Menor, se trata a este sofista muy por debajo de sus méritos reales. La imagen que nos llega a través de los dos diálogos resalta
los defectos de Hipias -que ciertamente debió de ser un pozo de vanidad- sin hacer visibles sus notables méritos. Un juicio sobre Hipias
sacado de su actuación en los dos diálogos citados tendría algo que ver
con una parte de la real idad, pero no daría la medida de lo que real -
mente fue este sofista. Es curioso considerar que, si es cierto que Platón
le dedicó dos diálo gos, las dos veces lo haya tratado del mismo modo.
El Hipias Mayor ha dado lugar a la discusión de si el concepto de lo
bello en sí, es decir, el que las cosas bellas son bellas por la presen cia
de lo bello, no es ya el comienzo de la teoría platónica de las ideas. Una
afirmación semejante aparece en el Eutifrón 6d. Parece evidente que,
de la pura abstracción socrática a la «teoría de las ideas», hay una vía
en la que sería difícil determinar un punto exacto en el que se pro duzca
el término de la una y el comienzo de la otra. Es el contexto general de
un diálogo el que permite afirmar qué expresiones de este tipo deben
ser tomadas en uno u otro sentido. El contexto de Hipias Mayor no da
lugar a pensar que Platón se haya desprendido todavía de los moldes
socráticos.
NOTA SOBRE LA TRADUCCION
Para la versión española se ha seguido el texto de BURNET, Platonis
Opera, vol. III, Oxford, 1903 (reimpresión, 1974).

Hipias Mayor	Platón


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